La soledad, la adolescencia y el destino singular de las personas en las grandes ciudades dominan en el filme mexicano «Dos abrazos» de Enrique Begne, entre los favoritos de la XXII edición del Festival de Cine Latinoamericano de Trieste, que se concluirá el sábado.
El contacto físico, «los abrazos», en el filme de Begne entre el adolescente Paco y la cajera de un supermercado, Silvina, cuyo amor platónico alivia los problemas familiares y escolásticos, se cruzan con los abrazos solidarios de un taxista y una joven que acude a atender las últimas horas de vida de un padre casi desconocido.
La narración de historias a través de personajes que se cruzan, método empleado con maestría en la película, resulta eficaz para introducir al espectador en mundos austeros y en ocasiones sórdidos del continente latinoamericano.
Begne, de 40 años, autor de numerosos y exitosos comerciales así como de documentales, presenta con «Dos abrazos» su primer largometraje, basado en el guión de Paula Marcovich, seleccionado por Fedecine, entre los productores.
El filme de Begne, que ganó el premio a la mejor opera prima del festival de Tribeca de Nueva York en mayo de este año, participó también con éxito en el festival de Guadalajara (México).
Divido prácticamente en dos partes, el filme retrata con sobriedad la indiferencia, el desamor y el impacto entre las nuevas generaciones por el desmoronamiento de la familia tradicional y a la vez deja un mensaje esperanzador: el afecto rompe cualquier aislamiento.
Privado del clásico calor y color latinoamericano, la película fue aplaudida por el público, que este año ha disminuido en la sección concurso mientras acude en mayor número a las retrospectivas dedicadas al escritor colombiano Gabriel García Márquez y al cineasta chileno Miguel Littin, presidente del jurado.
«El cine latinoamericano está en el pasado y no ve el futuro», comentó a la AFP otro miembro del jurado, Gian Vittorio Baldi, vencedor de dos Leones de Oro de Venecia por sus sorprendentes cortometrajes y célebre productor de filmes de Jean-Luc Godard, Robert Bresson y Pier Paolo Pasolini.
Pese al uso de tecnologías ultramodernas, buena parte de los 14 filmes que compiten en Trieste suelen tener un estilo muy académico, con el encuadre y el montaje tradicional, subraya el cineasta.
Es el caso del filme «El árbol» del argentino Gustavo Fontán, de 47 años, basado en la filmación por más de un año de la vida diaria de sus padres, divididos ante la posibilidad de segar un viejo árbol del jardín de casa en el barrio Banfield del Gran Buenos Aires.
Las imágenes fijas, algunas recortadas, como los zapatos que cumplen la barrida diaria del piso lleno de hojas secas, los escasos diálogos, el ritmo casi fiel de la vida de dos ancianos, con sus gestos lentos y conversaciones obvias, concilian ejercicio de estilo con poesía.
Otro filme que podría considerarse como un ejercicio de estilo es el brasileño «Cine Tapuia», de Rosemberg Cariry, una suerte de musical antropológico.
La película de Cariry, de 54 años, autor de numerosos documentales entre ellos «Juazerio. La nueva Jerusalén», explora los orígenes del mestizaje brasileño y se basa en el mito de la bella Iracema que se enamoró del colonizador Martim Soares Moreno.
La leyenda contemporánea de Iracema, ilustrada con canciones modernas y a través del viaje por los pueblos perdidos de la región del Ceará, siempre acompañada por el padre ciego y una vieja camioneta para proyectar filmes mudos, trae a la memoria la legendaria cinematografía brasileña de los años 60 y autores como Glauber Rocha, padre del Cinema Novo.