El establo de Belén, en donde nació el tiernito Jesús, que constituye un simbolismo de fe del catolicismo internacional, y en especial de los guatemaltecos que la sostienen fervorosamente en estos días con la creación de los nacimientos o belenes caseros, traídos por nuestro Santo Hermano Pedro, ha sufrido una metamorfosis consumista, pues, según la publicidad, se sitúa en los amplios espacios de los almacenes importadores de cuanto producto es susceptible de vender y comprar.
En la Navidad de otro tiempo también se hacía regalos, especialmente a los niños, pero estos eran modestos, pues la tecnología aún no los había alcanzado como lo hacen en la actualidad las grandes industrias de ultramar, que han menester captar mucho dinero, con lo que a la vez destruyen el clima cuyas consecuencias ya las estamos percibiendo.
La Navidad, entre nosotros era así en lejanas épocas. Ya casi a las doce de la noche del veintitrés de diciembre, las señoras salían de su casa todo correr cubiertas con su manto de burato o de seda, negros, acompañadas de su familia, y también los hombres solteros y los muchachos, bien trajeados y con sombrero, pues en la iglesia, cercana a su vivienda, las campanas ya habían dado el tercer repique, y al regresar a casa después de haberse confesado y comulgado, a degustar el delicioso tamal negro o colorado con una exquisita taza de chocolate caliente.
Cuando éramos un poquito más grandes que niños, pues también nacimos tiernitos, varios solíamos acompañar las posadas previas a la Nochebuena, a la par de numerosas personas mayores, sonando chinchines, matracas, y el clásico tu tu ti cu tu de los caparazones de tortuga, o bien cargando un farol con su candela, o pelearnos por cargar el anda, y en la casa en donde la recibían, a beber ponche calientito.
¡Ah!, estoy olvidando decir que el repique de campanas se escuchaba bien lejos de cada iglesia, pues era ésta una ciudad tranquila y silenciosa. Durante el día, el mismo grupito de patojos íbamos a ver los Nacimientos en las vecindades, lo mismo que los de las iglesias, que aún los hay. En la octava avenida y octava calle del hoy Centro Histórico, en donde hay un almacén grande de venta de telas, hacían un enorme Nacimiento de movimiento.
Para esos días ni por asomo se sabía de ese barrigón, mofletudo y barbado Santa Claus, precursor del Chapulín Colorado, que vuela en un trineo, que como lo he dicho otras veces, no tiene nada que hacer en la tierra de la Eterna Primavera, en donde todo es verdor, incluso me atrevo a decir que esa bella canción de Blanca Navidad, tampoco se ajusta a nosotros, pues ya ni siquiera el cono del volcán de Agua amanece con su corona de nieve, como antaño. En donde he visto nieve, con un gran frío, es en Palestina de los Altos, cuando amanece con un albo manto que al calentar el sol se derrite.
Por otra parte, como se celebra la Navidad actualmente, deviene en discriminación gracias al gordinflón ese, pues alienta en los niños, especialmente en los hijitos de familias económicamente degradadas, sueños frustrantes, pues ellos también le mandan cartas a ese Chapulinón, solicitándole juguetes que miran en las páginas diaristas o en la televisión, y así el veinticinco de diciembre los van a buscar en sus calcetines, y al no hallarlos porque sus papás no tienen dinero para comprárselos, se entristecen.
Pero con todo eso, las vísperas navideñas insuflan alegría y buenas intenciones. Por fortuna hay quienes tratan de conservar nuestras tradiciones, construyen Nacimientos, con los que le demuestran al Divino Tiernito que no lo han olvidado. Que le incienso, oro y mirra que le llevaron al recién nacido, los tres Reyes Magos, perdure en el corazón de todos los guatemaltecos, y anticipadas: ¡Felices Pascuas!