Este viernes seguimos exponiendo algunos escarceos sobre el gran músico alemán Felix Mendelssohn cuyas composiciones son exuberantes y extraordinariamente bellas, como el viento constelado y la ternura del alba, como Casiopea de quien aprendo todos los días el secreto de la serenidad amorosa.
De los conciertos para instrumento solista que compuso Mendelssohn, ninguno puede superar la belleza serena y la fluidez melódica del Concierto en mi menor para violín. En toda su estructura es una obra feliz escrita por un corazón dichoso que se expresa con un lirismo elevado, dentro de una perfección formal admirable. Todo en esta partitura es risueño, inspirado, con una pasión que en modo alguno puede tener relación con Berlioz o Shumann.
El sueño de una noche de verano es la muestra más asombrosa de la precocidad fértil de Mendelssohn. La obertura de esta obra fue compuesta a los diecisiete años, y ya en plena madurez creadora el rey de Prusia le encargó que escribiera una música incidental para las representaciones de la comedia de Shakespeare. A pesar de los 17 años que separan la obertura de los 13 números posteriores de la música incidental, la unidad de la obra es absoluta, como si el impulso creador fuera de la misma época.
El compositor captó la esencia del texto de Shakespeare y su música se enraíza con autenticidad en el mundo de Hadas y ensueño del argumento.
Del mismo viaje que originó la Sinfonía Escocesa surgió la obertura las Hébridas o La gruta del Fingal. Mendelssohn hizo una sugestiva pintura orquestal de la cueva y del ruido de las olas del océano en un tema que se desarrolla con destreza no exenta de fantasía. Más que obertura alcanza la grandeza del poema sinfónico, igual que la partitura de Mar en calma y viaje feliz página compuesta sobre poesías de Goethe.
Hay en los temas melódicos de esta obra una plasticidad y una belleza que no se corresponden con la poca difusión de dicha obra. Para ilustrar el drama Ruy Blas de Víctor Hugo, Mendelssohn escribió otra obertura bautizada con el mismo nombre de la obra teatral. Es de una música brillante, notablemente vigorosa, sin el menor efectismo.
Sobre su música para piano, son ocho cuadernos que contienen cuarenta y ocho Canciones sin palabras para piano. Pensamientos íntimos, efusiones líricas de un raro encanto, estas piezas constituyen un género nuevo que tiene el carácter de una canción.
La más popular es Canción de primavera, pero la elegante belleza de estas composiciones está también en Las Hilanderas, Gondoleros venecianos, Marcha fúnebre y el Duetto. La producción pianística de Mendelssohn se completa con el delicioso Rondo capriccioso y las magistrales Variaciones serias piezas de opuesto carácter que llevan invariablemente la huella de la distinción musical del autor.
Los oratorios Elias y Paulus son las obras más representativas de la música vocal de Mendelssohn, casi en los linderos de Haendel. En el siglo XIX estas composiciones fueron más apreciadas que sus partituras instrumentales.
La construcción de Paulus tiene un claro ejemplo en los oratorios de Haendel, mientras que Elias significa la fusión más perfecta de los elementos haendelianos con el estilo del himno inglés y la profundidad de la canción alemana.
La faceta dramática de Félix Mendelssohn es muy interesante y auténtica, aunque el aspecto hedonista de su música se sobrepone y es mayormente visible.
Es francamente hermoso el Te Deum anglicano. El salmo 141 es probablemente la mejor obra coral del compositor. La cantata La noche de Walpurgis puede considerarse una obra maestra de la producción dramática del autor, con un detalle descriptivo admirable. De la obra de este intenso compositor alemán, son las canciones el género que menos difusión ha alcanzado. Su estilo se acerca más al sistema estrófico de la escuela berlinesa y a las maneras de Zelter, maestro de Mendelssohn. Deben destacarse, sin embargo, Die Liebende schreibt y Neue Liebe así como sus encantadores dúos para voces femeninas.