Memoria del canal de los ingleses (III entrega)


Al poco tiempo de estar atendiendo la consulta médica en Remolino, me alejé un dí­a caminando por la playa, de pronto como si fuera un espejismo, se me apareció una imponente construcción de dos plantas montada sobre bases de cemento. Construida con madera de buena calidad y techada con palma, lucia como la casa patronal de alguna plantación en el sudeste asiático. A su alrededor se veí­a un engramado perfecto que más parecí­a un campo de golf.

Doctor Mario Castejón
castejon1936@hotmail.com

Hacia atrás aquella casona terminaba a las orillas de una laguna de agua clara. Era Laguna Escondida, el lugar de recreo de Paul Stevens un gringo adinerado del Caribe, quien usaba la casa para disfrutar con sus amigos en un ambiente fuera de lo común. En ocasiones viajaban en helicóptero saliendo de la capital para llegar en unas horas y vivir el brutal contraste entre la ciudad y aquel rincón perdido en medio de la selva y el mar Caribe.

La casa, además de la belleza natural circundante tení­a todo lo necesario: energí­a eléctrica, agua corriente, cocina de lujo y una despensa bien surtida. Los pescadores de las vecindades le llamaban El Hotel por la gran cantidad de gente que entraba y salí­a, acostumbraban a sentarse en la orilla del mar para curiosear lo que sucedí­a en la casa. Uno de ellos me comentó que lo que más los atraí­a era ir a ver los culos de las gringas cuando se quitaban el bikini, para bañarse en cueros a la luz de la luna. Todo aquello terminó cuando un dí­a de noviembre de 1999, los dioses del mar decidieron que aquello era demasiado ostentoso para competir con la belleza del lugar y desataron el huracán Mitch que barrió con la costa del Golfo de Honduras. Ese rincón del Golfo, es como quien dice, la sala de partos en donde nacen las depresiones tropicales que asolan año con año el Caribe.

Una año después del Mitch me comuniqué con el gringo quien ya no tení­a ningún interés por regresar ni por arreglar aquel lugar. Con la ayuda del guardián y sus hijos sacamos cualquier cantidad de basura y restos acumulados después del paso del huracán. Se construyó una escalera para tener acceso al segundo nivel, techando con palma un área de estar y un dormitorio. El resto de lo que quedaba de la construcción no se cubrió y quedó expuesto a la lluvia, por las noches los boquetes del techo dejaban ver las estrellas como si aquello fuera un observatorio .De cualquier forma el lugar tení­a un encanto especial, estaba tan cerca del mar que a veces daba la impresión de haber sido construido entre las olas. Varios años pasamos yendo y viniendo de aquel sitio, alternando la consulta médica con lo que pomposamente llamaba estudios en vivo sobre la naturaleza y la vida salvaje, la verdad es que yo mismo no sabí­a que querí­a decir con aquello.

Como era de esperar, me picó ganas de andar y me fui alejando, explorando la selva cenagosa hacia el Este buscando las marismas en donde desemboca el Motagua. Una selva cenagosa, inhóspita, cuajada de tábanos y zancudos. Es el desaguadero del gran rí­o hacia el mar, dejando a su paso lagunetas y ciénagas que son el vividero de los cocodrilos de agua salada. Es también refugio de lo que quedó de la fauna que por siglos pobló aquellos lugares, que hoy se han convertido en hábitat de sobrevivencia.

En ese tiempo conocí­ a Otto Román, un arqueólogo que hacia poco habí­a dejado la dirección del Parque Nacional Tikal. Sin pensarlo mucho se fue conmigo a trabajar con la idea de delimitar el área de estancia y paso de los cocodrilos en una de las muchas barras del rí­o llamada Motagua Viejo. Conseguimos una lancha tiburonera de veinticinco pies con todo lo necesario: Cemento, barras de hierro, alambre de amarre, sierras y alicates para cortar metal, además de dos frágiles canoas en las que apenas cabí­an dos personas. Con otros dos compañeros contratados en la aldea de San Francisco del Mar iniciamos el trabajo y así­ fue como conocí­ a Teodoro, el hijo de don David Zaldivar de quien me referiré más adelante. A Otto Román le tocó la parte más dura, yo estaba recién operado, después de un cólico biliar y no podí­a hacer fuerza. A mi compañero no le faltó voluntad para hacer lo que habí­a que hacer hasta que pescó una disenterí­a. Pasaba el dí­a entero corriendo por la playa, agobiado por la diarrea y reponiéndose bebiendo litros de suero oral, de fabricación casera. Al cabo de cinco dí­as pasó el mal que lo dejó consumido, con unas quince libras de menos.

Para celebrar la vuelta de Otto al mundo de los vivos, ese dí­a principió un temporal. A las seis de la tarde se dejó venir un viento salvaje que barrió con los toldos del campamento y amenazaba con arrastrarnos detrás. A medianoche se detuvo el aire y cayó el diluvio. No paraba de llover y como a eso de las tres de la mañana estábamos empapados. Hablando a gritos, bajo el fragor de la tormenta, oí­ la voz de Otto quien se habí­a cubierto con un pedazo de plástico. Me anunciaba que ya se le habí­an mojado las nalgas y no tení­a un lugar seco en el cuerpo. Fue la señal para abrir una botella de un mal whisky hecho en Guatemala, que en aquellas circunstancias resultó ser un tesoro. Nos sentamos como dos gentleman uno frente al otro, sin hacer caso del chubasco y terminamos la botella hablando de mil cosas muertos de la risa. Al estar con el estómago vací­o la borrachera nos agarro duro, pero ya no sentimos el frí­o de la madrugada.

Dos años atrás habí­amos estado algunas noches en el mismo lugar con los biólogos de la Organización ZOEA encabezados por Pablo Camblor, un espí­ritu generoso de clara inteligencia, rebosante de valores. Ante el avance inexorable de la frontera agrí­cola que no respeta áreas protegidas pensamos que lo mejor serí­a monjonear aquel hábitat, levantar un plano topográfico y constituir una posesión en el lugar. Al fin y al cabo no hablábamos de reclamar petróleo o diamantes, aquello eran ciénagas pobladas de cocodrilos a punto de extinción. En ese tiempo todaví­a se encontraban tigres en aquel lugar, por la mañana se podí­an ver sus huellas alrededor del campamento. Los imaginábamos espiándonos en la oscuridad mientras conversábamos alrededor de la fogata. Pablo me envió la fotografí­a de una de esas huellas tan bien lograda que es una verdadera obra de arte, al verla uno se puede imaginar al animal que estaba parado sobre ella.

(continuará)