El arrecife de Motaguilla es un apéndice de la Cordillera de Coral de Belice. Se extiende desde Amber Gris al norte, por más de 150 kilómetros hasta el sur. Motaguilla se ubica a unas dos millas mar adentro de la desembocadura del Canal de los Ingleses.
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Con Pablo Camblor, Biólogo Director de la Organización ZOEA, visitamos el arrecife en el año 2000. La muerte de Luz Murube, su esposa cambió la brújula en su vida. No volvió a regresar a Guatemala como habíamos planeado. Con Cristy, mi esposa, los vimos luchar juntos durante nuestra visita a Laguna Grande en Madrid el año 2001.
En esos tiempos de la visita de Pablo, era frecuente encontrar tigres caminando por la arena de las playas. Se les podía ver contemplando las olas del mar, igual que los leones en la costa africana que describe Hemingway en su historia de El Viejo y El Mar. La fotografía de la huella de un tigre en Motagua Viejo dejada impresa sobre la arena, la conservo como una obra de arte de Pablo. Está tan artísticamente lograda que a través de ella uno puede imaginar el porte y la majestuosidad del animal.
Lo que con Pablo no pudimos concluir, lo logró de un plumazo en una visita relámpago Christian Sperizen en el año 2003. Christian un joven aventurero de gran encanto personal, vivía en Livingston. Había estado buceando por varios años en un atolón vecino a Tailandia, en donde realizó un trabajo para National Geografic. Christian además de increíble buceador es un sibarita, sabe arreglar una mesa con la técnica de un chef y prepara un pescado como para chuparse los dedos. Después de practicar algunas inmersiones en Motaguilla su pronóstico fue claro: el arrecife podía ser salvado y recuperada su riqueza biológica. Para eso era necesario cuidar el coral del arrecife y prohibir la pesca de langosta y de caracol Abulón por algunos años. Una de las características más notables del lugar es su ubicación dentro del panorama oceánico. Una plataforma en donde la profundidad oscila entre los 10 y 20 metros seguida de una caída libre. Una pared, un verdadero abismo, de más de dos mil metros de profundidad. Ese abismo en el Golfo hizo que los hombres de Hernán Cortez cuando lo cruzaron le llamaran El Golfo De Las Honduras. Al Serviola de la nave no le alcanzó la cuerda para medir el sondaje. En esos abismos oceánicos el silencio y la soledad son tan impresionantes que a cualquier hombre normal hacen sentir miedo.
Por aquellos años conocí a don Cristóbal Sopón, un hombre nacido en el Altiplano de San Marcos, que vivía intrigado por no saber en dónde dejaba yo mi helicóptero cuando visitaba el Canal. El buen señor, parecía no saber que yo no tenía siquiera lancha propia para desplazarme por aquellos lugares. Vivía Sopón en las márgenes del Río San Francisco que se vierte en el Canal casi en su desembocadura. Enfrente a su propiedad pescábamos con mi hijo ílvaro cualquier cantidad de róbalos. Como un auténtico pionero llevó un tractor montado sobre dos canoas. Descombró una buena parte de la montaña y sembró pasto metiéndole algunos cientos de cabezas de ganado de una raza indefinida. Hacia su vida con una hija, quien se quedaba a veces temporadas largas en aquella soledad. Alguien me dijo que Sopón tenía su historia, se había visto envuelto en una disputa y había matado dos hombres. Había construido una cabaña que más parecía un fortín, como las que usaron los Boers para sobrevivir en ífrica del Sur. Era de troncos gruesos, con barro y pedazos de metal entre las hendiduras, no tenía ventanas sino dos troneras y una sola puerta al frente. En cada una de las troneras tenía dispuesta una escopeta con munición regada en el suelo, esperaba sin duda que algún día alguien quisiera cobrársela o abusar de su hija. Nada de eso pasó. Supe que la muchacha no tuvo ningún problema y se fue a vivir con un hombre de Puerto Cortez. El viejo vendió el lugar y se marchó a Petén en busca de nuevos horizontes. (continuará)