MEMORIA DEL CANAL DE LOS INGLESES


Queriendo alargar el tiempo de vigilia durante las noches lo veí­a navegar en el cielo, su luz aparecí­a cada ciclo en un lugar distinto del horizonte. Era el Transbordador Espacial, adentro imaginaba a los astronautas en posiciones extrañas, tomándole el pulso a las estrellas. Aquellas noches en la playa de Laguna Escondida el cielo estaba tachonado de ellas. Pensaba cuánto debió haber gozado Ptolomeo, el astrónomo incansable, descubriendo constelaciones que hoy enriquecen con sus nombres el zodí­aco.

Doctor Mario Castejón

Afuera del rancho destartalado, entre el océano y la laguna en las noches de verano, alcanzaba a ver el mar iluminado por la luna de creciente. A lo lejos, hasta donde se perdí­a la vista, más allá de las olas, veí­a la linterna de mano de un pescador parpadeando en la oscuridad. Una vez a la semana, las luces del crucero noruego, repleto de turistas, se movilizaba en cámara lenta, con su mundo de diversiones a bordo. En una ocasión un relámpago que generó millones de voltios, lo iluminó casi como que fuera de dí­a.

En aquella inmensidad, dejaba ir mi pensamiento y con él mis recuerdos. Me encontraba en la orilla del mar junto a la selva en el Canal de los Ingleses, esa tierra prodigiosa de Izabal, muy cerca de donde desemboca el Motagua, señor de los rí­os de Oriente. Me sacaban de esos pensamientos los monos saraguates aullando en los árboles vecinos iniciando un concierto. Sus voces agudas y roncas, recorrí­an en notas dispares el pentagrama musical.

Cada noche, el ritual de preparar un sitio para descansar se repetí­a pasado el crepúsculo, la hora infaltable del zancudero. No echaba de menos la luz eléctrica, encendí­a un par de candelas y una lámpara de campo para leer. Me entretení­a sintonizando en onda corta paí­ses lejanos, los locutores hablaban en lenguas extrañas interrumpidas por la estática. Radio Beijing era de las escogidas, bonita música sin entender nada de lo que decí­an.

Fueron muchos dí­as y noches de cada año los que pasé en aquellas marismas. Cuando veo para atrás y descuento los malos dí­as, la mayorí­a fueron buenos. Allí­ vi desgranarse esos años desde el 97 al 2005, viviendo experiencias que me cambiaron interiormente. Pienso que la mayorí­a de ellas fueron para bien. Algunas fortalecieron mi espí­ritu y me ensañaron a pensar en esos extraños designios de Dios para cada una de sus criaturas.

Los dí­as se me pasaban volando, las noches se hací­an más largas, pero ayudaban a pensar más. Principiaba la faena con los primeros rayos de sol en el saliente. Aparecí­a casi sin anunciarse dorando la superficie del mar y poco a poco iba ascendiendo hasta calentar el ambiente.

Desde el piso alto del ranchón se podí­a ver el mar en tercera dimensión; no necesitaba más que incorporarme dentro del mosquitero. Dormí­a a pierna suelta pero la plaga de mosquitos no permití­a salir del pabellón. Aquellos minutos del inicio del dí­a facilitaban pensar en Dios y en la creación. Eran momentos mágicos en los cuales la temperatura debí­a ser como la que habí­a en el cielo, una sensación reconfortante de frescura y tibieza. La familia de pescadores, con quienes conviví­a, iniciaba las labores desde el amanecer. La doña de la casa trajinando con los primeros quehaceres, acarreando agua del pozo y encendiendo la lumbre. Al poco rato me llegaba el olor a humo, con el ladrido de los perros disputando restos de comida.

Me serví­an junto con los frijoles parados, trozos de pescado frito y refrito, con las partes óseas crujientes. Todaví­a calientes, unas tortillas de harina, más grandes que los pishtones de maí­z negro que comí­a en el altiplano cuando era niño.

En momentos en que el sol ya calentaba, el hombre de la casa arrastraba la canoa para entrar al mar. Eran las siete de la mañana. Metí­a adentro un envase con agua, cuerdas para pesca, el arpón y las trampas langosteras. Deberí­a ir mar adentro hasta donde se encontraban las boyas para revisar trampas y trasmallos. Al final y principio de cada año, miles de langostas emigraban a lo largo de la costa para reproducirse en otras aguas y las trampas se llenaban. (Continuará)