A un año de asumir sólo 12% de los rusos juzgan que Medveded dirige el país, contra un tercio que atribuye ese rol al primer ministro, y ex mandatario, Vladimir Putin, mientras que la mitad de la población piensa que se comparten las responsabilidades, según un sondeo realizado en abril.
Estas son duras cifras para el presidente en ejercicio, que declaró en marzo a la BBC: «Dirijo el país, soy el jefe de Estado y la división del poder está basada en eso».
«No se percibe (a Medvedev) como la figura central del país (…) es el número dos», constata Alexei Grajdankin, director adjunto del centro Levada autor de la encuesta.
De más está decir que el presidente ruso no buscó desvincularse públicamente de su predecesor en el Kremlin y prometió incluso, apenas electo en marzo de 2008, que continuaría «la política del presidente Putin».
Desde entonces, durante los conflictos -la guerra en Georgia en agosto o la del gas en enero con Ucrania- fue Putin el que se mostró claramente al mando.
Pero con la crisis económica mundial Dimitri Medvedev parece haber aprovechado la oportunidad para mostrar su perfil de jefe de Estado. Ante las dificultades, criticó la falta de eficacia del gobierno, sin por ello transgredir en la crítica a su primer ministro.
A pesar de que Medvedev no es el «demócrata» que algunos pensaban, en especial aquellos que esperaban que levante las restricciones a la libertad de prensa y frene la destrucción de la oposición, la primavera de 2009 estuvo marcada por iniciativas que jamás se vieron en ocho años de presidencia Putin.
Por ejemplo a mediados de abril dio una entrevista a un periódico de la oposición, el Novaia Gazeta varios de cuyos periodistas fueron asesinados en los últimos años.
También se reunió con responsables de ONG defensoras de los derechos humanos, entre ellas las más críticas al poder del Kremlin. Incluso reconoció que esas organizaciones son el «objeto de restricciones sin razón suficiente.»
Más allá de las declaraciones, el presidente Medveded también hizo dimitir en el otoño a Murat Zazikov, un ex de la KGB, como Putin, que dirigía Inguchia, en el Cáucaso ruso, aquejada por una rebelión armada. También nombró a un opositor al frente de la región de Kirov (900 km al este de Moscú).
«Medvedev era una marioneta, ahora comienza a hacer cosas que no le deben gustar a Putin», destacó el politólogo Iuri Tchernitchev en las páginas de la versión rusa del semanario Newsweek.
Pero la oposición rusa no se deja llevar por el optimismo. «Hace falta un microscopio para ver los cambios», fustiga Garry Kasparov, el ex campeón de ajedrez convertido en opositor al régimen.
En el tablero internacional Medvedev se afirmó al mostrarse poco conciliador sobre los grandes temas donde hay problemas con Occidente, en la misma línea que su predecesor Putin.
Sea con el escudo antimisiles estadounidense en Europa, la ampliación de la OTAN o Georgia, el presidente cumplió al pie de la letra la profecía que hizo Putin en marzo de 2008: «No creo que sea más simple con él.»