Mayorí­a de edad


Estación Central a finales del siglo XIX. FOTO LA HORA: ARCHIVO

POR MARIO GILBERTO GONZíLEZ R.

Los hogares antigí¼eños conservaban y transmití­an a sus descendientes, los usos, costumbres, tradiciones y valores que exigí­a la sociedad de entonces y que era, el más preciado legado de sus antepasados. Los hogares antigí¼eños eran también, troncos robustos con raí­ces profundas, capaces de soportar el rudo viento de un huracán. Lo pusieron a prueba en la etapa posterremoto y lo manifestaban con el afán del trabajo diario. De sus cenizas, levantaron una ciudad próspera.


El Puente del Ferrocarril o de la Penitenciarí­a. FOTO LA HORA: ARCHIVOAsilo Estrada Cabrera y Hospital de Convalecientes. FOTO LA HORA: ARCHIVOEstudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Carlos de Guatemala, conocidos como los

Años después, tuve una visión exacta del porqué, el afán diario del trabajo, trajo el progreso para sus habitantes y para la ciudad abandonada. Manuel Garcí­a Morente me dio la luz necesaria. «El progreso es la realización del reino de los valores por el esfuerzo humano.»

Las abuelas -que eran las grandes señoras de entonces- cuando regañaban o aconsejaban, afianzaban su dicho con el recurso maravilloso de conocer los secretos de la sabidurí­a popular. Corregí­an de inmediato y con dureza, porque «árbol que crece torcido, jamás sus ramas endereza.» O enaltecí­an un gesto, ya que «el que a tu hijo besa tu corazón endulza.»

Entonces, la palabra era sagrada y respetaba. Y la honradez, una virtud que se exigí­a.

La escuela -por su parte- cumplí­a con una altí­sima labor formadora. Sus maestros de sólida experiencia pedagógica, afianzaban el aprendizaje con el rigor de los estudios. La exigencia tení­a por finalidad que el aprendizaje fuera para toda la vida. Nada de superficialidades. Afianzaban el dicho de que el barniz con el alcohol se diluye. A la par de la enseñanza académica se cuidaba de la formación humana, donde la ética, la urbanidad, la conducta y el espí­ritu cí­vico eran pilares sólidos de la persona humana. Conducta y aprovechamiento sobresalí­an en el certificado de calificaciones.

Quien se salí­a de esos diques, sabí­a que se hací­a acreedor a un castigo, tanto en el hogar como en la escuela. Hubo padres de familia y directores de escuelas y colegios de carácter fuerte y exigentes en cuanto al comportamiento urbano y al aprovechamiento de los estudios. Y la sociedad también era severa para sancionar.

Hasta los 18 años, se vestí­a pantalón corto, calcetines a media pierna, zapatos negros, altos, amarrados y clavados. De suela gruesa para que soportaran los juegos rudos sobre el empedrado y la grama. Sortear las anchas avenidas y los lodazales en la época de lluvias y además, porque debí­an de tardar el ciclo escolar.

La llegada de los 18 años se esperaba como «agua de mayo» con la misma ilusión con que las niñas esperaban sus ansiosas quince primaveras. La llegada a la mayorí­a de edad coincidí­a con el goce de la adolescencia. Los cambios inexplicables de abandonar la pubertad y entrar a la adolescencia, eran fuertes y turbulentos que a veces, rompí­an los esquemas tradicionales y hací­an tambalear las buenas relaciones familiares. En otros casos, era un cambio normal con altibajos tolerables.

La idea dominante era que al llegar a la mayorí­a de edad, se obtení­a libertad para hacer lo que plazca. Liberarse del yugo familiar. En el ejercicio de esa libertad se descubrí­a que no se podí­a hacer lo que plazca, porque se goza de ella hasta donde no se haga daño a nadie ni se violen las normas que rigen la vida en sociedad.

Con un mes de antelación -cuando menos- se iniciaban los preparativos para la gran fecha de cumplir la mayorí­a de edad. Se visitaba al sastre y al zapatero para que ambos tomaran las medidas de un traje de caballero con saco y pantalón largo y zapatos bajos, sin correas y con suela cocida. También al fotógrafo porque su trabajo dependí­a, en gran parte, de los dí­as de sol. La mamá untaba en el pelo un lí­quido pegajoso obtenido de una planta llamada zaragatona, para dominarlo y obedeciera a separarse por medio de una lí­nea. En las noches se colocaba una montera echa de un pedazo de media para afianzar que el pelo dejara de ser hirsuto o parado. También se aplicaba aceite de higuerillo aromatizado para adelgazar el cabello.

Los demás complementos del vestuario merecí­an ocupación especial. Se hací­a viaje a la ciudad capital, ex profeso para comprar en el almacén La Dalia Azul situado en la 11 calle y 6ª. Av. (hoy zona 1) el sombrero. Dos marcas eran famosas: Stepson y Borsalino. De los cuatro colores: negro, azul, gris y marrón, se preferí­a el negro porque se usaba para toda actividad.

Cuando faltaban ocho dí­as, se iba al Registro Civil a sacar una certificación de la partida de nacimiento y a la panaderí­a de Marí­a Gordillo a encargar la torta de cumpleaños. La torta era hecha de buena harina con huevos, leche, mantequilla, azúcar y pasas. En la parte superior decí­a: Felicidades. La normal costa veinticinco centavos de quetzal y si era el doble, cincuenta centavos. La entregaba envuelta en papel de china color celeste -para los hombres y rosado para las damas-. Las puntas se afianzaban con un alfiler. Marií­ta como era tan amorosa, por su parte preparaba unos seis cubiletes y envueltos en papel de china los obsequiaba como la «cuelga».

En ví­speras se iba al peluquero para que hiciera un corte de caballero y se olvidara del anterior corte de casquete que consistí­a en rapar toda la cabeza y dejar un puño de pelo en el frente. También se iba a la iglesia a cumplir con el mandamiento de la confesión.

Llegado el gran dí­a, se despertaba al cumpleañero con la quema de cohetes y abrazos. Como era dí­a de baño obligado con jabón de aroma exquisito, habí­a que levantarse temprano. Con ropa, traje, corbata y zapatos nuevos, el pelo asentado con vaselina y aroma detrás de las orejas habí­a que asistir a misa de cinco de la mañana, si era en dí­as de semana o a las siete los domingos.

Al volver a casa, la mesa lucí­a un mantel blanco y en su puesto estaban: la torta, un plato con varios cubiletes y la «cuelga» -que era el regalo familiar- envuelta en papel de china celeste aseguradas las puntas y la tarjeta de felicitación con un alfiler. La tableta de chocolate se disolví­a con agua hirviendo dentro de un batidor y un molinillo hasta que sacaba espuma. Si era dí­a domingo se serví­a un tamal colorado.

Después del disfrute de un desayuno especial, habí­a que cumplir con los deberes cí­vicos y militares.

Así­, elegantemente vestido y con una sonrisa de punta a punta, se iba al registro civil a solicitar la Cédula de Vecindad.

Cuando el Registrador Civil volví­a del despacho del señor Intendente Municipal (alcalde), puesto de pie, con cierta solemnidad hací­a entrega del documento, no sin antes recordar los derechos y deberes cí­vicos que se adquirí­an y con un apretón de manos, se expresaba así­: «Lo felicito por su cumpleaños y deseo que como su padre y su hermano, usted también sea un digno vecino.»

Lo primero era abrir la libreta y confirmar si la fotografí­a era la suya con un sello estampado y luego el nombre claro del nuevo vecino. ¡Albricias! Ese documento abrí­a la puerta de esos aires de libertad tan deseados.

Faltaba cumplir con otro requisito no menos importante para su época. Ir a la Jefatura Polí­tica (Gobernación) y sacar la inscripción militar.

Un oficial se encargaba de llevar a la persona ante el despacho del Comandante. En esa oficina nada de risitas ni saluditos con palmadas en la espalda y menos ¿Cómo estás vos? Respeto, seriedad y obediencia era lo que se exigí­a.

Da su permito, mi coronel -decí­a el oficial al momento de hacer el saludo y cuadrarse. El golpe de tacón de uno sobre el otro, resonaba fuerte.

Pasá, decí­a el comandante con voz fuerte y gruesa

Este caballero viene a sacar su inscripción militar.

¿Traes tu cédula?

Sí­, señor.

Sentate. Y la cédula la pasaba a un escribiente que colocaba una tarjeta color azul en el carro de la máquina de escribir y con rapidez terminaba su tarea. De inmediato la pasaba al comandante no sin antes cuadrarse.

Una vez revisada la tarjeta la firmaba y le pasaba un rodillo con un papel secante para evitar que la tinta manchara su firma. De pronto ordenaba: ¡Firmes1

Puestos de pie los que estaban en la sala y él detrás de su escritorio decí­a con voz fuerte:

«Soldado González. Aquí­ tenés la tarjeta que te acredita como miembro del Ejército. Guardala como que si fuera tu partida de nacimiento. Mantened lealtad a la Patria y está listo para cuando te necesite. Podés retirarte.»

El retiro no era el de un civil y menos campechano de hay nos vemos muchá. ¡Qué va! La media vuelta y los pasos del escritorio del Comandante a la puerta de salida, eran marciales. En la puerta se daba media vuelta y habí­a que cuadrarse con el saludo, el taconazo y pedir el permiso de retiro. Por algo era un soldado más.

Da su permiso mi Coronel para retirarme.

Permiso concedido.

Ya de civil y con el cuerpo flojo, lo primero era leer la tarjeta azul que se iniciaba con: el soldado…

Vuelto a casa se mostraban con orgullo los dos documentos y se recibí­an a las visitas que iban a felicitar al cumpleañero y a entregar su cuelga. Infaltable una tarjeta con motivo especial y atrás la felicitación escrita con una caligrafí­a intachable. Si cupido se habí­a adelantado, se recibí­a con sigilo, un papelito doblado en cuadro perfumado.

A la hora del almuerzo se serví­a el tradicional pepián con carne de gallina o de cerdo. Arroz con menudos, tortillas calientes y un vaso de horchata. De postre, mole de plátano. Se permití­a invitar a los amigos cercanos. Amigos, no amigas.

A la caí­da de la tarde, se compartí­a con amigos y entonces si con amigas, el pastel de cumpleaños, un vaso de horchata y un helado -artesanal- de leche con barquillos o chiqueadores. En otros casos se organizaba una matiné danzante de las cinco de la tarde a las siete de la noche. Era el momento ideal para acercarse a la mocita que alteraba el ritmo cardí­aco y hací­a sentir mariposas en el estómago.

Después de la cena, se vestí­a de nuevo el pantalón largo, sí­mbolo de mayorí­a de edad, la camisa blanca de cuello almidonado, una corbata con su nudo de corazón, los zapatos negros y con suela cosida, el saco con un pañuelito bordado en la bolsa superior izquierda y de remate el sombrero distintivo de un nuevo caballero.

Cuando se estaba elegantemente vestido, con gran seriedad, el papá hací­a entrega del llaví­n de la casa, con la advertencia de su buen uso y de estar de regreso a las diez en punto de la noche. Su recomendación era la selección de buenas amistades, evitar los vicios y respetar a las señoritas. ¡Cuidado si recibo una queja! La mamá -por su parte- tení­a a su cargo una función de ternura. Colocaba en la bolsa interna del saco del lado derecho, la Cédula de Vecindad y del lado del corazón, un Crucifijo y la Magní­fica. La Magní­fica es una oración especial para espantar a los malos espí­ritus y para proteger a quien la lleva y la invoque. En la bolsa superior del saco, se lucí­a un pañuelito bordado y en una de las bolsas, colocaba discretamente envueltas, varias moneditas para cubrir un deseo. Frente a ella se cruzaban los brazos y amorosamente daba su bendición.

Por fin, se traspasaba las columnas de Hércules: la puerta y el poste de la esquina y el barco podí­a navegar libremente de noche por las calles de la ciudad. Detrás iba dejando una estela de un aroma exquisito.

Si veí­a a una dama en uno de los vetustos balcones, se estrenaba como todo un caballero. Detení­a un poco el paso, con la mano derecha se descubrí­a y con una genuflexión decí­a:

Buenas noches señorita

y ella un poco amishada contestaba:

Buenas noches caballero, que le vaya bien.

Otro logro maravilloso de llegar a la mayorí­a de edad, era que se estaba en la bella y fascinante etapa de cantinear.