Quedó atrás la época en que las mujeres sólo hacían labores hogareñas. Hoy salen a trabajar fuera del hogar en procura del equilibrio presupuestal. Empezó el escalonamiento de roles con el soporte de nuevas corrientes, al impulso de fenómenos sociales y la necesidad se abrieron puertas.
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A propósito, dentro de la euforia que pautó la cercanía de los comicios generales, el discurso proselitista, análisis y comentarios cobró preeminencia dicha participación femenina. Data del pasado tal movimiento que vino a romper los viejos patrones sociales, su asidero fue la administración pública.
Adelante, durante el decenio 1944-1954, la mujer ocupó cargo de alcaldesas municipales con eficiencia. Después logra más ascenso, la ciudadanía elige mujeres en las elecciones como diputadas al Congreso de la República y entonces se inicia otra etapa transformadora y bastante significativa.
Es oportuno hacer mención que como dignatarias de la Nación han resultado ungidas mujeres indígenas, a título de representantes en la Legislatura. Aparte del buen desempeño de sus funciones, forman parte del abanico de partidos políticos existentes con el membrete de lideresas de ñeque.
La participación femenina en política se manifiesta también al asumir algunas poltronas ministeriales como Cultura, Educación, Energía y Minas, Gobernación. En el entendido del arte de gobernar, inclusive Finanzas, Banco de Guatemala, Organismo Judicial, magistraturas, entre otros cargos relevantes.
Hoy la aludida participación en política se dimensiona más, a propósito de figurar como presidenciable la señora Rigoberta Menchú, premio Nobel de la Paz 1992. Tal coyuntura genera un cúmulo de expectativas por ser la primera mujer aspirante al más alto cargo del engranaje burocrático del país.
Como la acción se demuestra con el movimiento, a la luz del siglo XXI rebasa los cálculos y estimaciones de la población, independiente del resultado del evento. Tienen el legítimo derecho de hacer realidad el mandato de la Constitución, a título de ciudadanas que les garantiza en toda la línea.
El revuelo inicial de otrora tuvo acomodo ante nuevos roles de las féminas, gracias a la superación personal que conlleva mayor respeto a su dignidad. Nuevas corrientes generan, sabido está, cambios de muchos y significativos escalones en la plataforma social contemporánea diferente.
Dicha participación femenina en el ambiente tórrido y veleidoso de la política, tocante al mucho tiempo denominado sexo débil, no fue por generación espontánea. Al contrario vino a ser un hecho tras varios años de lucha por variar el esquema tradicional que imperó durante varias generaciones.
Hubo necesidad imperiosa de involucrarlas mediante el convencimiento e incluso cuando por fin surgió el instante que ellas mismas reconocieran asumir el derecho que les asiste, abrieran los ojos. Retroceder es ahora imposible por cuanto ya se echaron al agua con entusiasmo tangible.
Las sociedades, asimismo ceden al valladar que mantuvieron por espacio de largos tiempos, equivalentes casi a la Edad Media de ingrata recordación. Con paso lento pero seguro las mujeres marchan al frente de los cargos obtenidos en buena lid, apoyadas también por la población futurista.
En cierto modo constituye la participación femenina ahora en mayor dimensión una contrapartida, valga la comparación, a la preocupante acción en su escandalosa cifra de asesinatos de féminas. Han sido sacudidas fuertes en desmedro de este sector poblacional, fuente de vida por su condición de madres.