La emigración es una realidad socioeconómica, política y cultural presente en la historia de la humanidad. No es una novedad del actual milenio. Nuestros antecesores se trasladaron a diferentes áreas geográficas buscando mejores niveles de bienestar. En la actualidad, una postura racional considera a la migración como un derecho humano. Los habitantes de cualquier nación pueden trasladarse libremente y elegir su residencia en el territorio de cualquier Estado, además, pueden salir de cualquier país, incluso del propio, y regresar a su país. Así lo estipularon los delegados de los países miembros de la ONU en la Declaración Universal de Derechos Humanos.
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De igual manera, la Asamblea General de la ONU aprobó en 1990 -con el voto favorable y posterior ratificación de Guatemala y México- la Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de todos los Trabajadores Migratorios y de sus familiares. Un aspecto importante de esta Convención, entre otros, se encuentra en el hecho de que los trabajadores migrantes dependen del Estado receptor para la protección de sus derechos.
En el análisis de la emigración centroamericana es conveniente vincular aspectos de carácter político (inestabilidad, guerras, golpes de Estado, delincuencia e ingobernabilidad), económicos (pobreza, miseria) y conductas sociales (marginación, encontrar mejores formas de vida, y otros). La apremiante necesidad de trabajar -no lo pueden lograr en sus países- puede colocarse como elemento prioritario. Los factores señalados ubican una emigración masiva como parte de la circulación de fuerza de trabajo a nivel internacional. Hombres y mujeres que en sus sociedades viven niveles de marginalidad, emigran desde polos de pobreza a naciones con mejores ventajas.
Considerando lo anteriormente expuesto y la situación de vulnerabilidad en que con frecuencia se encuentran mujeres y hombres, así como menores de edad, integrantes de la migración laboral por la ausencia del Estado de origen y su presencia en el Estado de empleo, es oportuno señalar que en diversos países los migrantes son rechazados socialmente, se les explota laboralmente, sufren discriminación, los capturan y deportan en forma denigrante y, desde que abandonan su patria, los encargados de brindarles protección o quienes se dedican al tráfico de de personas (polleros o coyotes), los ven como una fuente de ingreso al extorsionarlos.
Los migrantes que no logran obtener el suficiente dinero para trasladarse, recurren a traficantes que cobran menos para cubrir algunas etapas (la mayoría son engañados y abandonados en áreas muy peligrosas). Esos migrantes tratan de llegar a Estados Unidos solos o en pequeños grupos y «viajan» en la parte superior de los vagones de los ferrocarriles; sin embargo, cuando el tren reduce su velocidad (la mayoría de los conductores del tren han recibido dinero para hacerlo), suben grupos denominados maras para robar y asesinar; quienes no llevan dinero o se resisten a entregarlo, entonces las mujeres son violadas, algunas y algunos son arrojados desde arriba de los carros ferrocarrileros, y sus miembros cercenados por las ruedas del tren. Por eso lo llaman «el tren de la muerte».
La rudeza de los obstáculos que los migrantes encuentran en su camino no es un factor que les permita detenerse. La grave necesidad económica los obliga a enfrentar las adversidades y continúan un recorrido de terror el cual enfrentan, no porque ellos piensen en desarrollar acciones de heroísmo; por el contrario, lo hacen pues en su país se encuentran en la miseria. Asimismo, a este aspecto debe incorporarse una lacerante realidad: la corrupción, prepotencia, marginación, abuso y corrupción, de las autoridades de los lugares por donde deben transitar como migrantes de paso en su propósito por llegar a Estados Unidos. No para vivir en el «sueño americano» (este no existe). Se trata de arribar a esta nación u otra para tener una actividad laboral que no pueden lograr en su tierra. Si estas personas tienen como objetivo conseguir un trabajo, entonces: ¿por qué se les niega su calidad humana al engañarlos, robarles, marginarlos, y cometer masacres contra ellos? Además, no son terroristas ni causan desestabilización política o económica y ayudan, con su fuerza de trabajo, a la reproducción del capital en las naciones de destino.