Más que finiquitos



El tema de los finiquitos que se requieren para asumir puestos públicos sirve para que entendamos que no se dispone de adecuados mecanismos de control para combatir la corrupción y que, mientras sigamos con el concepto de la vieja ley de probidad de los tiempos de Ubico, el arca para los sinvergí¼enzas permanecerá abierta de par en par porque si antaño era difí­cil controlar el uso de los gastos públicos cuando se usaban los métodos rudimentarios de la administración pública, cuánto más ahora que se ha sofisticado el manejo de los recursos públicos mediante la constitución de fideicomisos y la utilización de otros instrumentos «legales» para evadir todo asomo de control y fiscalización.

Honestamente hablando, el finiquito no es constancia de probidad ni, mucho menos, de integridad y decencia. En todo caso, servirí­a para demostrar astucia y habilidad para no dejar cabos sueltos que puedan convertirse en huella para demostrar las picardí­as, pero fuera de eso, su utilidad es absolutamente nula. Es como pensar ahora que las licitaciones garantizan pureza en la adjudicación de obras y contratos, cuando todos sabemos que la forma en que se preparan las bases marca la dedicatoria especí­fica que se aplica en esos casos.

El colmo es que pese a que nuestro sistema es de por sí­ frágil, los cerebros de las recientes administraciones han encontrado mecanismos para sofisticar el saqueo y hacerlo aparecer como elegante negocio en vez del vulgar y ramplón hurto de los fondos públicos que vimos en la administración portillista. Pero aunque los montos escamoteados son mucho mayores por la ví­a de los fideicomisos o la contratación de entidades extranjeras, lo malévolo de la acción y el perjuicio para el paí­s es idéntico, porque seguimos viviendo en un sistema que se confirma como diseñado para que roben, para que el sinvergí¼enza de toda calaña pueda hacer de las suyas sin temor a consecuencias y para que el aparato del Estado o lo que dejaron de él, opere al servicio de esos intereses ajenos a la población.

Lo peor de todo es que los guatemaltecos al final del dí­a aceptamos esa realidad y ya no nos incomoda. Si acaso molesta que los ladrones sean shumos con aires de nuevos ricos, pero no es el latrocinio lo que indigna ni es el saqueo del erario lo que duele. Poco importante que hagan piñata los activos si eso significa que podemos cargan un celular entre la bolsa y eso justifica todo lo ocurrido. Por ello es que cuando se habla del finiquito y se escandalizan porque alrededor de 30 de los electos no lo tienen, llama a risa el farisaí­smo del que hacemos gala.