Más que campaña anticipada


Controlar la campaña anticipada resulta muy difí­cil porque los polí­ticos, por naturaleza, aprovechan cualquier momento y espacio para figurar. Eso es parte de su propia actividad y sobre todo cuando se tiene la posibilidad de aparecer en los espacios informativos en representación del Presidente de la República, ya sea dando patadas inaugurales en cualquier evento o repartiendo dinero o beneficios que provienen del erario.


Por eso y porque en un paí­s con tan escasa cultura polí­tica como Guatemala serí­a deseable que los partidos tuvieran una presencia permanente en la vida nacional, opinando y formando corrientes de opinión, creemos que lo más importante en la regulación de la actividad polí­tica debiera ser el control del dinero que usan para las distintas formas de propaganda y proselitismo, puesto que lo que ha hipotecado la democracia en nuestros paí­ses es precisamente el tráfico de influencias que arranca con el mismo compromiso que tienen que hacer los polí­ticos con quienes aportan dinero para financiar las campañas.

Buena parte de ese dinero, hasta ahora, ha salido de empresarios que buscan beneficios a cambio de la apuesta. De esa cuenta se generan contratos que persiguen proveer al Estado de bienes y servicios en proceso que tienen dedicatoria para ayudar a los que pusieron sus huevos en canasta ganadora. Pero cada vez es más preocupante la presencia del narcotráfico y del crimen organizado en las organizaciones polí­ticas, no sólo en el nivel local donde es mucho más fácil ejercer control sobre las autoridades, sino también a nivel nacional como se ha visto en los últimos años con la participación hasta descarada de grupos de narcotraficantes o de quienes controlan el contrabando en las aduanas del paí­s.

Si el tráfico de influencias a favor de empresas contratistas o proveedoras de bienes es terrible y ha significado el saqueo del paí­s, el compromiso que se hace con los grupos clandestinos del poder oculto es fatal para la democracia, porque está visto que al final de cuentas esos grupos cooptan a las instituciones y las ponen a su servicio para garantizar su más absoluta impunidad.

Nadie va a impedir que el Presidente delegue en su esposa las apariciones públicas para ganar prosélitos a la causa de lo que es una auténtica reelección, como tampoco van a impedir que un candidato opositor aproveche cualquier espacio para decir lo que se le ocurra a fin de mantener presencia en los medios. Pero impedir que el dinero sucio, tanto de los criminales como de los empresarios corruptos, llegue a las arcas de los partidos o que éstos usen los recursos públicos es una obligación y una necesidad que no se puede seguir postergando. Esa debe ser la meta clara y precisa del TSE.