Ocurren contrastes a menudo en nuestro país. El caso más notorio viene a ser el largo descanso con motivo de Semana Santa. Para un sector, origen de reflexión y espíritu religioso; para otros, la oportunidad anual de abarrotar playas y balnearios, en el marco definido de hacer uso del derecho manifiesto de la recreación.
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Otra vez satisface y rebasa cualquier cálculo optimista el evidente éxodo en búsqueda de un cambio con los suyos en la rutina diaria. De nuevo el sistema vial rumbo a sitios frecuentados por el turismo propio y foráneo, conforma atrancazones tremendas. Más aún, los lamentables accidentes automovilísticos adquieren naturaleza trágica.
El colectivo que alcanza protagonismo, reedita lo mismo año con año. ¿Un vivo deseo aunque momentáneo de borrar la tétrica imagen y daños psicológicos generados por la violencia, inseguridad y su par la impunidad? ¿Tener más entereza, ánimo y valentía a toda prueba a fin de proseguir siempre en lo mismo, sea como sea? Basta ya.
Ocurre el obligado cuestionamiento al respecto. En medio de la crisis económica actual, sin excepción alguna, hay decisión al menos de representar una despedida, consistente en agotar los últimos recursos monetarios. Para luego atenerse a las consecuencias inexorables, que devienen con rapidez y demolición inconmovible de verdad.
Enorme contraste, al ritmo desaforado con que avanza la depresión económica mundial; también la fuerte subida del dólar estadounidense y el desempleo; la reducción de las remesas familiares, al alto costo de la canasta básica, y para variar las voraces alzas registradas en el valor de los productos, bienes y servicios: estamos fritos.
Qué fórmula salvadora utiliza un considerable segmento poblacional que no se pierden ninguna oportunidad de distracción, es la interrogante de rigor. Estrategias utilizadas acaso, gracias a experiencias acumuladas, o talvez finalmente a tono con el refrán harto sabido y vigente de: «Â¿Adónde vas, Vicente? Adonde va la demás gente.»
Viene en tal caso como anillo al dedo el desafío inveterado que recobra actualidad y significa más de lo mismo, al igual que la historia se repite. El potente pulso con mano firme entre el optimismo desbordante y el pesimismo recalcitrante se dan a tacos. Una puja que a las postre decide el camino a seguir en el futuro, es visible.
Todo apunta al cuestionable hecho que la idiosincrasia nuestra no tiene modificaciones reales, a título de heredad de generación tras generación. Actualmente la situación de pronóstico reservado es una constante. Sin embargo, el colectivo no aparece percibir la grosera dimensión que conlleva el cotidiano acontecer de enorme demolición a la vista y a la par.
Aunque semeja reiteración es ya una necesidad imperiosa asumir un rol acorde al crítico momento que tiene implícitas notorias señales de extenderse por espacio de años subsiguientes. Razón de peso entonces para convenir la adopción beneficiosa y rápido de un régimen de austeridad. Antes que nos hunda el colapso terrible.
Una cultura de frenar gastos superfluos resulta el equivalente de receta económica de buenos manejos de nuestra economía personal y familiar. A sabiendas sin excusas ni pretextos de encontrarnos en plena época de vacas flacas. Amerita urgentemente la modificación de hábitos y costumbres de cara el caso crítico prevaleciente.
En aras de si no impedir los ramalazos demoledores del sistema, al menos aplicar acciones capaces de amortiguar los golpes fatídicos. Estos apremios crecientes deben borrarse del panorama, al contrario, desterrar lo atinente a más de lo mismo todos los años. Solía decir mi madre, a propósito de la crisis existente: «tiene pisto la gente».