La naturaleza humana es muy peculiar cuando se trata de juzgar a nuestros semejantes y es muy corriente que tengamos la tendencia a dar mucho más importancia a los errores que a los aciertos que se cometen y ahora vemos que la mayoría de reacciones respecto a la conformación del gabinete están más dirigidas a cuestionar la falta de inclusión étnica y de género. Poco importa si en el equipo puede haber gente preparada y calificada, porque esos casos no revisten especial importancia acaso porque uno esperaría que la norma para designar funcionarios fuera cabalmente esa.
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En las primeras reacciones se puede empezar a medir cabalmente cómo se irá comportando ese importante segmento de la opinión pública en el futuro. Si comparamos las reacciones de hoy con las que se dieron hace cuatro años, al integrarse el gabinete de Berger que no era nada espectacular ni, mucho menos, incluyente, vemos que los parámetros de tolerancia eran mucho más altos entonces. Acaso era porque habiendo salido de Portillo todo lo que viniera parecía bueno y aceptable y nadie cuestionaba al equipo que se anunciaba justo horas antes de la toma de posesión. Algunas voces se levantaron cuando a los indígenas se les incluyó en el papel de edecanes para atender invitados en la Casa Presidencial, pero hasta en eso fue parca la reacción.
Personalmente estoy convencido que se puede integrar al mejor equipo y quedará condenado al fracaso si no se toma la decisión de realizar una profunda revisión institucional para empezar el trabajo con la mentalidad de hacer funcionar a las dependencias del Estado. El cambio tiene que ser muy profundo porque venimos arrastrando un sistema que fue diseñado para alentar no sólo la corrupción, sino esa burocracia inoperante que carece de mística de servicio y que no entiende la importancia que tiene para el país el ejercicio de las funciones públicas. A ello se suma la contaminación planteada por la existencia de diversas formas de poder paralelo que se han ido afianzando cabalmente porque aprovechan la debilidad institucional.
La prédica de que todo lo público es malo y que hay que reducir el Estado a su mínima expresión ha calado tanto que hoy tenemos un Estado tan débil que es ineficiente hasta para brindar seguridad, tarea que hasta los más furibundos teóricos del libre mercado le siguen asignando a ese Estado odioso contra el que trabajan y hasta conspiran cotidianamente. Rescatar el criterio de que necesitamos un Estado eficiente, capaz de cumplir sus fines constitucionales, es parte de las tareas que tiene que asumir cualquier gobierno porque de lo contrario es simplemente garantizar más de lo mismo.
En otras palabras, la cuestión del equipo es importante, pero siempre y cuando sea en función de las tareas que se propongan porque las cajoneras, las que han hecho todos los que han ocupado antes que ellos las poltronas, no conducen a nada. Guatemala tiene uno de los Estados menos competentes de todo el mundo porque nos hemos dedicado a destruirlo, a minarlo de manera consistente y el resultado está a la vista. Obviamente de un régimen que se dice socialdemócrata habría que esperar una mentalidad distinta, orientada a devolver al Estado sus funciones elementales, lo cual marcaría la primera gran diferencia si es que vamos realmente a una transformación no sólo ideológica en el gobierno, sino en la percepción de nuestra realidad.