Más allá de Bergoglio


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Las lecturas sobre la elección de un nuevo Papa son variopintas a una semana del evento. Los análisis inundan y abundan, pocos son los que aclaran e informan, muchos son lo que aprovechan y protagonizan, otros excusan y justifican, algunos inciden y denuncian.

Julio Donis


Lo cierto es que la mayor parte de observaciones se hacen dentro del sistema; que si Jorge Bergoglio sirvió a los intereses de la Dictadura argentina, haya sido por omisión o por acción; que si tiene sensibilidad por lo social pero con acciones maquiavélicas; que si es jesuita pero moderado; que si es conservador popular; que si le va al equipo de San Lorenzo, en fin, los datos biográficos y los reportajes de este personaje salen debajo de cada link que uno presiona en estos días. Los hay pues quienes le adoran y quienes le denuncian. Aún el abordaje que trata de encontrar una similitud entre el fino papel que jugó Wojtyla en la desmovilización comunista de Polonia de los ochentas, y la que podría jugar Bergoglio en una Sudamérica que consolida un proyecto democrático de izquierda, se hace asumiendo un rol político de la Iglesia y la religión. La prensa internacional de derecha lo sitúa, en general, como el salvador de una Iglesia Católica al borde de una crisis insostenible, en la que los esqueletos acumulados en los closets vaticanos empezaban a salirse por todos lados. La otra prensa por su lado, ha centrado sus reportes en exponer su vinculación con la derecha de la dictadura argentina. Pero fuera del sistema, nadie se pregunta por ejemplo, cuál es la función que cumple la religión, en este caso la católica, institucionalizada por su todopoderoso Estado Vaticano, en la acción del poder hegemónico del ideario capitalista liberal del mundo occidental. Cumple la misma función en la conciencia social la religión protestante o cualquier otra? Esa función es anuladora o es confirmadora? O, cómo ha logrado una institución como la Iglesia Católica sobrepasar el tiempo y a la vez cargar con responsabilidades de un sórdido pasado que implican millones de muertes humanas, todo en nombre de Dios?. Las respuestas a algunas de estas preguntas se sintetizan en la mediatizada elección de Bergoglio, pero van más allá de él, encuentran su asidero en la contradicción del mismo sistema y de la especie humana. En el mundo del capital y la democracia se garantiza la igualdad de derechos, pero hay unos más iguales que otros; usted es culpable hasta que se demuestre lo contrario; o la desvalorada perorata que el poder reside en el pueblo para el pueblo y por el pueblo. Religión y capital pues bailan una armoniosa danza perversa que adormece las conciencias con las notas hipnotizantes y desmovilizadoras de la culpa, como forma alienante de la razón. La función enajenante de la religión es central en el seno de un sistema de desigualdad social y económica porque la culpa asegura el desorden natural de las cosas. Ahora bien, pero la especie humana no parece secularizarse, todo lo contrario. Una vez conocí un cardiólogo que era  protestante y cada vez que diagnosticaba acto seguido, le brindaba una oración de alabanza con su mano puesta en la cabeza al enfermo. Para explicar esta paradoja hay que ir aún más allá, hay que ir hasta las profundidades de la psique humana y tratar de comprender la función de la devoción religiosa. La referencia ineludible es Freud y su sentencia: la religión funciona como satisfactor de las necesidades sicológicas recónditas. El ser humano en tanto especie gregaria, parece necesitar ligámenes que le brinden estabilidad en medio de un mundo que a mayor capacidad de desarrollo mayor parece ser su vulnerabilidad.