Marzo y abril en el recuerdo


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I EL PRINCIPIO
Escribo de memoria sin tener a mano documentos de aquella época y, por lo tanto, puedo incurrir en omisiones o imprecisiones y sobre todo que estos hechos ocurrieron hace cincuenta años. Bien dice García Márquez que de las memorias la mitad son imaginaciones.

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POR JULIO PENADOS DEL BARRIO

Los sucesos ocurridos en marzo y abril de 1962 fueron uno de tantos hechos, pero no menos importantes, que marcaron la historia política de la mitad del siglo pasado: el derrocamiento del gobierno del general Ubico, los gobiernos revolucionarios de 1944-54, el gobierno del llamado Movimiento de Liberación Nacional, el inicio de la guerrilla y de los gobiernos militares, la Firma de la Paz y los gobiernos civiles electos en las urnas que, desafortunadamente, no llenaron las expectativas de la población.

Lo ocurrido en marzo y abril es por lo demás significativo, pues aglutinó fuerzas de las más diversas ideologías, representadas por la Universidad de San Carlos de Guatemala, la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU), diversos gremios, la prensa, los sindicatos, los maestros, los estudiantes de secundaria, etc.

El desgobierno y la corrupción del gobierno del General Ydígoras Fuentes provocaron un estallido social, un violento movimiento de masas, que reunieron, como mencionaba anteriormente, las fuerzas políticas más diversas, que pusieron al Gobierno a un paso del colapso total.

La AEU publicó un extenso mensaje al Ejército, exponiendo las razones de la lucha. Dice así:

“2. Que al protestar la ciudadanía, justificadamente indignada, del fraude electoral cometido y las violaciones a la Carta Fundamental del país, el Ejecutivo reaccionó haciendo uso de la violencia en grado no conocido nunca antes en Guatemala, y que dejara como saldo más de 45 personas muertas, más de 500 heridos y más de 1000 detenidos, trasgrediendo así, una vez más, la Constitución (de 1956), que claramente consigna en su artículo primero que Guatemala es una nación soberana, libre e independiente, organizada para garantizar a sus habitantes el respeto a la dignidad humana, el goce de los derechos y libertades fundamentales del ser humano, la seguridad y la justicia, el desenvolvimiento integral de la cultura y para crear condiciones económicas que conduzcan al bienestar social.”

“6. Que la AEU lanzó a la opinión pública una plataforma de puntos que de cumplirse traerían de nuevo la paz, la tranquilidad y la concordia que tanto necesita la Nación. Dicha plataforma de puntos ha sido públicamente respaldada por las organizaciones conscientes y más representativas del país, lo que nos permite garantizar que su cumplimiento resolvería en definitivamente la crisis política por la que actualmente atraviesa la Nación.”

“Nadie debe llamarse a engaño; en este momento solo hay dos bandos: de un lado el estudiantado con el pueblo que pide justicia y honradez, y del otro está Ydígoras y su camarilla de Gobierno. Éste es el panorama real: o se está con el pueblo, o se está con la tiranía ydigorista. Que cada quien, pues, cumpla con su deber en el lugar que le corresponda para luchar. El Ejército de Guatemala tiene ahora la palabra. Ningún funcionario, empleado civil o militar, está obligado a acatar órdenes manifiestamente ilegales o que impliquen la comisión de un delito.”

“Ciudad Universitaria, territorio libre, 30 de abril de 1962.”

Mi percepción es que este movimiento no obedeció a un planteamiento ideológico concreto y ésa fue una de las razones por las que fue perdiendo fuerza y cohesión. Y conforme fue pasando el tiempo y que no se veía claro el futuro inmediato, los grupos de apoyo se fueron retirando y, al final, los estudiantes nos quedamos solos y frustrados; regresamos a las aulas universitarias cansados de una huelga tan prolongada.

En una de las últimas reuniones de los dirigentes de la AEU, que se celebró en un oculto lugar del Hospital General San Juan de Dios, llamado La Tumba, se acordó -y yo estaba presente- que la AEU no formaría parte del nuevo gobierno, el cual debería estar constituido por ciudadanos reconocidos por su honorabilidad. Quedaba claro así que a los estudiantes no los movían intereses espurios o la búsqueda de poder político alguno.

Cualquiera que lea este comentario hoy podrá considerarnos ingenuos y carentes de una visión política elemental, pero así sucedió.

II PARECIDO AL SABOTAJE

Las manifestaciones y protestas fueron en aumento, a tal punto que el desorden en que vivía la ciudad de Guatemala no podía ser controlado por las fuerzas de seguridad. A los estudiantes el presidente les llamaba la Hidra de Siete Cabezas, y las cabezas de este monstruo aparecían por todos lados y en el momento más inesperado.

Las asociaciones estudiantiles organizaron concentraciones masivas y actividades que hoy alguien podría calificarlas como sabotajes.

La primera acción la inició la AEM (Asociación de Estudiantes de Medicina). Era la Operación Regalo. Consistía en una pequeña tabla llena de clavos envuelta en papel de regalo. Mientras un estudiante pagaba el pasaje, el otro compañero colocaba el regalito debajo de la llanta de la camioneta. Dos  cuadras después la llanta pinchaba y todo el pasaje a la calle. Esto sucedió en muchos puntos de la ciudad y hacía el transporte público imposible.

La segunda acción fue realizada por los estudiantes de Ingeniería, que trabajaban en la Municipalidad de la ciudad. La Facultad de Ingeniería estaba en un edificio del centro y en su fachada colgaba una gran pancarta con una muchacha desnuda y un compás. Decía: “Medimos todo lo medible.” Estos albañiles convencieron a los choferes encargados de la recolección de basura y, pistola en mano, asaltaron al chofer y lo bajaban del camión mientras otros compinches echaban gasolina y prendía fuego a la basura. Los camiones se colocaron en puntos estratégicos de mayor concentración de tránsito y era verdaderamente impresionante la humazón que la gente veía asustada. La congestión del tránsito fue mayúscula. Demás está decir que mientras se quemaba la basura, el estudiante asaltante y el chofer asaltado compartían unos buenos tragos en una cantina.

Los aprendices de dentista vaciaron las ferreterías de tachuelas y los pinchazos hicieron su agosto. Los de Farmacia llevaron a cabo lo suyo. Estos boticarios mezclaron químicos que producían un olor pestilente, digamos como los suspiros del colon. Regaron el compuesto en los baños del Palacio Nacional y la peste llegaba hasta el propio despacho del señor presidente, algo verdaderamente desagradable. Pero no se quedaron allí: mezclaron un colorante vegetal y lo fueron a echar en los tanques de distribución del agua. Al día siguiente, al abrir los grifos, el agua salió roja como en las plagas de Egipto. ¡Los estudiantes envenenaron el agua! Y ese día no bebieron agua los asustados vecinos del Reyno de Guatemala. El Gobierno del General no encontraba formas de controlar el desorden organizado. Mandó a ametrallar los depósitos de gasolina que estaban en la Petapa y por supuesto le echaron el muerto a los estudiantes.

Esta acción sí asustó a la población y, al final, fue una de las causas del retiro de mucha gente del movimiento.

III EL GOLPE

El desorden en las calles, lejos de disminuir, iba en aumento, a pesar de que la población estaba todavía asustada por el ametrallamiento de los tanques de gasolina.

Yo era el presidente del Consejo Superior Estudiantil, ente que agrupaba a todos los presidentes de las asociaciones de cada facultad, y por lo tanto con Neto Ramírez Pereira, presidente de la AEU (que sería después Ministro de Comunicación y Obras Públicas), y Guillermos Putseys, secretario de la misma (también Embajador de Guatemala en Francia), estábamos en primera fila del movimiento estudiantil, pero no teníamos todo el control de lo que sucedía. Era imposible porque quienes se habían adherido a este movimiento lo componían ciudadanos y organizaciones de lo más diversas y cada quien actuaba por su cuenta. Pero yo sí tenía mis secuaces: Guayo Meyer y Carlos Gehlert Matta, quienes después serían ministros de Estado; Neto Mena, famoso radiólogo; Quique Soto Urbina, catedrático universitario; Alfonso Pérez Bran, ministro de Hospitales; Rafa Espada, cirujano príncipe, y Juan Rodolfo Aguilar, que como embajador de la Unicef recorría el planeta. Pero en ese tiempo éramos solo matasanos del emplasto fabricantes.

Juan Rodolfo estuvo en un incidente que él no recuerda, o no quiere recordar. Juancho era en ese tiempo un muchachito flaquito, medio desnutrido, que andaba conmigo por todos lados en la Escuela de Medicina. El General Ydígoras, haciendo alarde de que él no les tenía miedo a los estudiantes, salió a la calle con todo su gabinete. Una camioneta, de aquellas rojas del servicio urbano que caminaba a cinco kilómetros por hora, venía por la sexta avenida y a la altura de la décima calle, frente a la foto del Canche Serra, la camioneta iba casi rozando la acera. El presidente y sus ministros estaban a un poco más de un metro, Juancho se asomó a la ventanilla y le gritó: “¡Viejo farsante!” De inmediato se subieron judiciales y se lo llevaron preso, pero después me lo entregaron.

Hay un hecho que no sé si menciona en los testimonios que se publicaron. Se iniciaron conversaciones para preparar el golpe de Estado. Los conjurados nos reuníamos en la residencia de un coronel que vivía allá por las Majadas, pero, al final, el golpe no se dio, porque la Fuerza Aérea no quiso participar. Si se hubieran bloqueado los aeropuertos, los avioncitos de la FAG hubieran parecido pajaritos de papel. Hay un dato que es de colección: asistía a las reuniones Pancho Fajardo, quien era muy cercano al círculo del Coronel Peralta Azurdia; desayunaba con él todos los días, de manera que el Ministro de la Defensa estaba enterado de que se preparaba un golpe contra el Gobierno. Alguien pensaría que Pancho era un espía del coronel, pero no fue así. Peralta Azurdia sí estaba interesado y dio el golpe un año después, pero por razones ajenas a este movimiento.

IV UN AÑO DESPUÉS

Al Coronel Peralta Azurdia no se le quitaron las ganas, y un año después encabezó un movimiento armado que sacó del poder al general Ydígoras Fuentes.

Llegaba el doctor Juan José Arévalo de México para iniciar su campaña para la Presidencia. Su llegada conmovió a todo el estamento político, porque había grupos que no deseaban un segundo mandato para el Presidente maestro. Él, sin lugar a dudas, habría ganado las elecciones y qué distinta hubiera sido la historia de Guatemala. El rumor fue que so había sido la razón del golpe. Con el Coronel tuve un pequeño zipizape. Era yo presidente de la Asociación de Residentes del Hospital Roosevelt. Comenzó a faltar ropa en la sala de operaciones; yo le envié varios telegramas, pero él no me los contestó. Entonces publiqué uno en la prensa, responsabilizándolo de lo que pudiera ocurrirle a los enfermos. Al día siguiente, a las siete de la mañana, en compañía del doctor Alfonso Ponce Archila, su ministro de Salud Pública, se presentó al hospital. Con marcha marcial y taconeando, nos dirigimos a la búsqueda del cuerpo del delito. Las calderas estaban arrumbadas sin mantenimiento y a cargo de un señor, sastre de profesión. Allí se resolvió el problema y el sastre se fue a su casa.

Corría el año y noviembre nos esperaba para nuestra graduación. Una sensación de desasosiego y pesadumbre nos embargaba, pues dejábamos atrás ocho largos años en las aulas de la Facultad de Medicina y muchísimas horas al lado de la cama de los enfermos. ¿Cuál sería nuestro futuro? Yo no sospechaba que a la vuelta de la esquina me esperaba un pueblecito, Mataquescuintla, al pie de las montañas de Jalapa, en donde viví tres años con gentes verdaderamente maravillosas.

El comedor era el único lugar en donde podíamos platicar un poco, pero el del Hospital Roosevelt era muy distinto al del santo Hospital San Juan de Dios. En éste, cuando estábamos de turno, a medianoche íbamos a la cocina a prepararnos un café. El techo ya se nos caía encima y los ratones corrían por todos lados. La comida era a la carta; nomás aparecía el estudiante en la puerta del comedor, la señora cocinera, cucharón en mano, le gritaba: “¡Bachiller!, ¿cómo desea que se le hagan los huevos?”, y los cultos comensales, a una voz, contestaban: “De un lado para el otro.”

En el Hospital Roosevelt: zapatos blancos, pantalones blancos, camisa blanca, chaqueta blanca, bien rasurados y peinaditos, hacíamos, como niños buenos, cola en fila india y con una charola de aluminio que tenían unas divisiones, de manera que ya sabíamos de antemano la cantidad de comida que nos iba a servir el cocinero. Recuerdo que los huevos no tenían la forma como los que ponían las gallinas allá por la parroquia de La Candelaria. Eran unos cuadritos amarillos y temblorosos y gelatinosos, huevinas les llamaban y eran donaciones de organizaciones benéficas extranjeras. Había una de ellas que donaba alimentos, anticonceptivos y también ametralladoras.

 Allí conocía a una señora que trabajaba en la caja de la consulta externa y que me contó que había vivido en París. Su esposo era escultor y se había suicidado lanzándose de una montaña. Ella regresó a Guatemala y ahora estudiaba escultura en la Universidad Popular. Yo le pregunté si se trabajaba en piedra y ella sonriendo me dijo que lo hacían con barro. La verdad es que yo en ese tiempo no era de tan mal ver. Me pidió que fuera su modelo y me explicó que había que posar dos veces a la semana y dos horas y media por sesión. Yo, ignorante, le pregunté cómo era eso de posar, y me contestó que era desnudo. Y allí se me dispararon todas las alarmas: venía yo de un seminario en donde había estudiado diez años con los padres jesuitas y me pareció inapropiado que yo me pusiera en cueros, aunque fuera delante de una futura artista.

Yo se lo he comentado a mis hijos y ellos, matándose de la risa, me dijeron: Pero, papá, ¿cómo no aceptó la oferta? Ahora estaría orinando en la fuente de la Municipalidad frente a Finanzas. Moraleja: No hay que dejar pasar las oportunidades.