Lo que voy a escribir enseguida no agradará a algunos de mis contados lectores, sobre todo a quienes se identifican con las corrientes democráticas de izquierda. Me referiré a dos casos que se entrelazan y que han ocurrido casi simultáneamente.
 Se trata del Premio Nobel de Literatura que este año se otorgó al peruano Mario Vargas Llosa, autor de novelas que me han deleitado y sobre lo cual no voy a abundar porque no soy crítico literario. Admiro al escritor aunque no esté de acuerdo con algunas de sus posiciones políticas, porque creo que su creación literaria supera con creces las divergencias ideológicas.
 Hace días recibí un correo de un par de amigos guatemaltecos que residen en México desde hace muchos años, posiblemente desde 1954, cuando los mercenarios de la contrarrevolución financiados por la CIA norteamericana derrotaron al gobierno legítimo, democrático y popular del presidente Jacobo írbenz.
 Señalan ambos lectores de esta columna y escritores ellos, a la vez, que la concesión del máximo galardón literario al frustrado candidato presidencial peruano no es más que una especie de gigantesca confabulación de las corrientes derechistas o conservadoras del mundo, para enaltecer la figura de alguien que se ha opuesto a los gobiernos de Cuba y Venezuela, para citar dos países, y que se ha alineado con las fuerzas del neoliberalismo internacional, y en esa línea argumentativa pretenden descalificar el talento creador de Vargas Llosa, al mejor estilo de los reaccionarios anticomunistas de finales del siglo pasado que, desde el otro extremo de la intolerancia, se volcaron contra el genio poético del chileno Pablo Neruda -a quien en 1971 le otorgaron el mismo Premio Nobel de Literatura-, pero no por desfigurar su capacidad literaria, sino a causa de sus inclinaciones marcadamente izquierdistas, especialmente porque fue miembro del Partido Comunista de Chile.
 El autor de «Canto General» fue vilipendiado por las fuerzas más oscuras del neofascismo, como anteriormente habían atacado al guatemalteco Miguel íngel Asturias, galardonado con el mismo premio en 1967, atribuyéndole sustentar ideología marxista leninista, que nunca alentó, y aunque así hubiese sido, el creador «El señor Presidente» también trascendió fronteras políticas porque su obra se expande más allá de agrios dogmatismos.
 Los dos amigos a los que aludo y que no menciono sus nombres porque mi propósito no es ponerlos en evidencia, también se colocan en una precaria postura que desdice de su humanismo, al calificar al disidente chino Liu Xiaobo, galardonado con el Premio Nobel de la Paz, de ser un «un peligroso delincuente» y que el premio que se le otorgó constituye un reconocimiento a los enemigos de los avances de la República Popular China, sin tomar en consideración las humillaciones, la persecución y el encarcelamiento del valiente ciudadano chino que ha optado por la vía pacífica para contribuir a la democratización del gigante comunista asiático, que se empecina en mantener un férreo régimen totalitario, al grado que activó un gigantesco aparato de censura para impedir que la noticia de la digna distinción a Liu no la conociera la población, que de todas formas se enteró por medio de Internet y de Twitter.
El dogma intransigente contra la libertad de pensar y opinar.
 (El sinólogo Romualdo Tishudo le comenta a su amigo Apapucio Arturo Talishte: -Me he dado cuenta que los chinos no miran… sospechan).Â