Cuando el republicano Richard Nixon era Vicepresidente de los Estados Unidos, visitó Centroamérica y fue famoso un lustre que a sus zapatos Florsheim le dio uno de los patojos lustradores en el parque de Antigua, lo cual ameritó las fotos y comentarios del caso.
Durante los días que estuvo en San Salvador, Mr. Nixon visitó el orfanato de los padres Somascos, que en ese entonces estaba bajo el cuidado del Padre Mario. Al Vicepresidente le emocionó el haber sido recibido por esos niños que, con su sencillez y sencillos instrumentos interpretaron el himno de las barras y las estrellas. Fue un muy singular y cariñoso gesto, gesto que hizo nacer una duradera y sincera amistad entre el Padre Mario y el matrimonio de don Richard y doña Pat, quienes abrieron las puertas de su casa para ese sacerdote cuando les visitaba en Washington.
Con el transcurso de los años el padre Mario fue ordenado Obispo y, a solicitud de nuestro recordado Arzobispo Mariano Rossell y Arellano, fue trasladado a Guatemala para ser su sucesor. Fue así que a la muerte de Monseñor Rosell, el padre Mario pasó a ser Arzobispo en nuestra Guatemala. Cuando varios años después eran los demócratas los que gobernaban en gringolandia ocurrió el cambio de gobierno gringo, los demócratas fueron derrotados y el republicano Richard Nixon asumió como Presidente. Entonces sucedieron los consabidos cambios en el servicio diplomático. El Embajador gringo en Suiza, un demócrata, sería por lo tanto, removido y sustituido por un republicano que sería nombrado por el Presidente Nixon.
Fue entonces que el embajador de los Estados Unidos aquí en Guatemala, especial amigo del embajador gringo en Suiza, le pidió al Arzobispo, el padre Mario Casariego, que le hablara a Mr. Nixon para que no cambiara embajadores. El Presidente Nixon accedió a la solicitud de Monseñor Casariego.
Me permito mencionar estas anécdotas como muestra de la especial perspicacia y poder de aquel sacerdote que este viernes 13 hubiera cumplido 100 años de nacido y cuyos niños huérfanos le tocaron el himno a ese Vicepresidente y de quien se hizo buen amigo, y a quien, posteriormente, ya de Presidente le concedió especiales favores. Especiales favores que dan fe de la trascendencia de su característica personalidad y de su amistad.
Fueron muy muy numerosas las ocasiones cuando la Lila mi mujer vistió la mesa para nuestro Mario Cardenal Casariego quien nos regaló su auténtico cariño de hermano en un duradero gesto que nos obliga a agradecérselo de por vida.
Tenemos deuda con el Dr. Fernando Beltranena quien le recomendó al Cardenal me escogiera como su médico y quien así me permitió servirlo durante los 20 años de su arzobispado y hasta su muerte. Una época en nuestras vidas que, con la Lila, rememoramos con profunda alegría recordando, en especial, cuando le acompañamos a Roma con ocasión de la imposición de su capelo cardenalicio.
Con la Lila fuimos testigos de los innumerables y de verdad incontables números de personas que del Cardenal recibieran favores y para quienes de nuestra parte va una solicitud a fin de que este viernes 13 no olviden ofrecer por él unas más que merecidas oraciones.
La Lila mandó a enmarcar una foto del Cardenal que, aquí frente a mí, luce en la biblioteca, y que nos hace recordar y agradecer los favores que con generosidad nos regaló.