Marcas del 2010


Durante los primeros 90 dí­as de este año varias fueron las sacudidas que la sociedad guatemalteca recibió. Las evidencias presentadas por el entonces comisionado Castresana, echaron por la borda los afanes golpistas. La develación del entretejido cuasi novelesco alrededor del caso Rosenberg, casi aniquila al movimiento que se orquestó recién en mayo de 2009. Atrás quedaron las encendidas alocuciones del también entonces presidente de la ultraconservadora Cámara del Agro y su afán de notoriedad polí­tica. Con ellos, la supuesta sed de justicia y de democracia, apadrinada desde la comodidad de los «camisas blancas», quedó truncada y se inicia otra develación que dos trimestres más adelante, nos abre la cortina para mostrarnos el rostro más lampiño de la aplicación de la justicia en nuestro paí­s y de la tremenda experiencia en el manejo de las redes promotoras de la impunidad.

Walter Guillermo del Cid Ramí­rez
wdelcid@yahoo.com

En ese lapso, de igual manera se conmociona cierta corriente de la clase polí­tica. La captura del ex presidente Portillo, lleva implí­cita su propia marca en contra de los polí­ticos que no auspician el sistema. La persecución entonces se acentúa para tratar de encerrar a sus más cercanos colaboradores. Hoy el universo de los detenidos nos hace recordar aquella frase que dice: que no son todos los que están y no todos los que están son. Pues en la fila de improperios e injusticias, hacen falta más personajes del colectivo de funcionarios públicos.

Entonces, una de las marcas derivada de los primeros 90 dí­as del año que pronto concluirá, es que la lucha contra la impunidad y la aplicación de la justicia en nuestro paí­s, aún siguen siendo propósitos renovados e inconclusos de cada año. Que en tanto el «aparato» cuente con el mismo sistema de normativas y más aún, que los formuladores de éstas sean los propios a los que en su momento pueda encausárseles pesquisa judicial, alguna, tales propósitos serán parte de una escena que no llegará a feliz epí­logo pronto.

En el otro lado de las marcas del 2010, la develación de corruptelas en el manejo de la cosa pública es un lamentable ejemplo de cuán vulnerable es TODO nuestro sistema institucional. El más emblemático de los hacedores de estas «huellas» de la vergí¼enza lo constituye la estela dejada de la gestión en el Ministerio de Gobernación, en el primer trimestre del año. Nos vuelve a ilustrar que no son las instituciones las prostitutas, son las personas que las conducen quienes prostituyen procedimientos, resoluciones y acentúan nuestra desvaluación colectiva. Ponen más rostros al mural de la impunidad.

Y finalmente, la curva de la desvalorización de la vida marca un inicio del 2010 que de nuevo llevará al plano del discurso de las promesas polí­tico-electorales, el ansiado mensaje de la provisión de seguridad. De la necesidad de seguridad. De la urgencia del cese de la inseguridad. La violencia y nosotros convivimos en un escenario cuya cotidianidad nos marca a todos, a unos un poco más, me refiero a los familiares de las ví­ctimas, pero todos quedamos signados con la guadaña de la muerte indiscriminada o la democratización de la impunidad y de la igualdad de las injusticias. Desde el crimen más organizado, hasta el más lacerante de los sentimientos de envidia familiar, hoy, en nuestro medio, encuentran el lugar adecuado para desenvolverse. Con tan escasa o nula capacidad de investigación criminal, se hace relativamente fácil empañar una escena del crimen y disfrazarla de delincuencia común, de un acto propio del crimen organizado, de un hecho más de la ola de inseguridad. En este rí­o revuelto al que nos hemos acostumbrado, también nos pasa su sangrienta factura dí­a a dí­a.