Marcadas por el fuego


Proselitismo. Una mujer camina frente a una calle en donde hay campaña electoral de las dos tendencias polí­ticas. (FOTO AFP / La Hora)

El primer ministro conservador griego, Costas Caramanlis, encara este domingo unas elecciones legislativas de alto riesgo después de los graves incendios que arrasaron Grecia y dejaron 66 muertos a finales de agosto, y transformaron la situación polí­tica en el paí­s.


Sin esos incendios, que evidenciaron las graves carencias del Estado y el Gobierno tal una catástrofe como ésa, el dirigente de Nueva Democracia (ND), de 51 años, parecí­a tener al alcance de la mano una victoria fácil ante sus contrincantes socialistas del Pasok, liderados por Georges Papandreu, de 55 años.

Antes de su prohibición, a 15 dí­as de los comicios, los últimos sondeos mostraban que las dos formaciones estaban bastante igualadas, aunque con el partido de gobierno por delante en las intenciones de voto.

«El número de indecisos menos de una semana antes de la votación es extremadamente alto», señalaba Théo Livanos, analista del instituto Opinión, a la AFP.

Si a pesar de todo gana las elecciones, Costas Caramanlis puede encontrarse con mayorí­a relativa en el Parlamento (menos de 151 diputados de 300) y no podrí­a gobernar sin alianzas.

Caramanlis ha rechazado esta hipótesis: «No habrá colaboración con los extremos. Si se da un Parlamento sin mayorí­a absoluta, iremos a nuevas elecciones», advirtió.

Un «chantaje» de inestabilidad polí­tica denunciado por Georges Papandreu, que sigue multiplicando los ataques contra el primer ministro, al que acusó en plena ola de incendios de haber «humillado» al paí­s con su incuria.

El Pasok, que también centra su campaña en el incumplimiento por el Gobierno de sus promesas de saneamiento de la vida pública y de una mejor justicia social, no está seguro de sacar provecho de las dificultades del primer ministro, dicen los analistas.

«Eligiendo a Caramanlis en 2004, los griegos quisieron claramente sancionar a los socialistas que habí­an gobernado el paí­s 19 años. Fue hace poco y sigue en las memorias», apunta Theo Livanos.

Los observadores predicen que otro partido deberí­a rentabilizar la situación, el LAOS, pequeña formación de extrema derecha que antes de los incendios superaba el 3% de intenciones de voto, mí­nimo necesario para entrar por primera vez de su historia en el Parlamento.

Su lí­der, el populista Georges Karatzaferis, que figura en los carteles con un gran guante de boxeo, ha entendido muy bien que tení­a todas las de ganar con un estilo más discreto, sin dar la nota con salidas antisemitas y xenófobas, que son habituales en su partido.

Para evitar en lo posible la hemorragia, Costas Caramanlis multiplica las apariciones públicas, en televisiones, mí­tines y en el terreno, recorriendo sin relajo todas las regiones de Grecia.

Jura que ha aprendido «la lección» de los incendios y estima más necesario que nunca acelerar «las reformas para un Estado más moderno, más funcional, más creí­ble».

Las legislativas estaban previstas en marzo de 2008, pero Caramanlis decidió a mediados de agosto convocar unas anticipadas invocando la necesidad de las reformas económicas de inspiración liberal reclamadas por la Unión Europea y las grandes instituciones internacionales, empezando por el sistema de jubilaciones.

Tras reducir el déficit presupuestario de Grecia a un 2,6% del PIB en 2006 (7,9% en 2004) y mantener el crecimiento económico a un ritmo superior al 4%, Costas Caramanlis promete seguir saneando las finanzas públicas y modernizando el paí­s.

Si los electores le dejan.

El heredero reformista

Georges Papandreu, principal rival del primer ministro griego saliente, Costas Caramanlis, en las elecciones legislativas del domingo, es el último descendiente de una dinastí­a de dirigentes de la izquierda y renovador de un partido socialista, el Pasok, desgastado por 20 años de poder.

Papandreu, de 55 años, entró en polí­tica a la sombra de su padre, el ex primer ministro y fundador del Pasok Andreas Papandreu, heredero a su vez de un gran dirigente de la postguerra. Luego practicó una ruptura ideológica al tiempo que seguí­a explotando la legitimidad familiar.

Elegido sobre todo por su apellido al frente del Pasok en febrero de 2004, justo antes de una derrota electoral anunciada, un mes más tarde, se esfuerza desde entonces por dar un nuevo impulso a un partido desorientado por la pérdida del poder y que se debate entre tendencias populistas y refundación socio-liberal.

Ante un primer ministro conservador que gobierno desde el centro y sin hacer mucho ruido, le cuesta encontrar sus marcas y va por detrás en los sondeos. En las últimas elecciones locales, en octubre de 2006, su partido consiguió conservar apenas sus principales posiciones.

«Representa el ala moderada de su partido pero practica un discurso de oposición sistemática muy virulento, y eso le hace difí­cilmente audible», señala un diplomático interrogado por la AFP.

«En términos de marketing dirí­amos que no se vende muy bien», estimaba recientemente el politólogo Nikos Dimou.

Después de una primera elección al Parlamento a la edad de 29 años y diversos puestos en gobiernos dirigidos por su padre (1981-1989 y 1993-1995), inició su ascensión en 1996, incorporándose al campo renovador del primer ministro Costas Simitis, «verdugo» de la vieja guardia populista fiel a Andreas Papandreu.

Este respaldo le valdrá el nombramiento en 1999 como titular de Relaciones Exteriores y ser, a dúo con Simitis, el artí­fice de la distensión entre Grecia y sus vecinos balcánicos, en particular con el enemigo hereditario turco.

Al borde de la guerra en 1996, Grecia y Turquí­a pasaron así­ la página de las tensiones aunque persistan sus litigios de fondo, en relación con la soberaní­a en el mar Egeo y la división de Chipre.

El arte del compromiso de este hombre tranquilo y reservado le valió de paso la estima de las cancillerí­as europeas, escamadas por años de lí­rica nacionalista de su padre.

Nacido en junio de 1952 en Saint-Paul (Minnesota), de madre norteamericana y formado en Estados Unidos, también ha procurado tener buenas relaciones transatlánticas, a pesar de la fobia de la opinión pública griega.

Sociólogo de formación y admirador declarado del modelo socialdemócrata de Suecia, donde realizó parte de sus estudios, «Yorgakis» (Jorgito), como le llaman los griegos, es también el primer dirigente del paí­s que pretende ser reflejo de una sociedad civil emergente.

Partidario de la despenalización del consumo de cannabis, consiguió la adopción de medidas a favor de la minorí­a musulmana de ascendencia turca del noreste de Grecia, ví­ctima hasta entonces de graves discriminaciones, y ha impulsado la lucha contra el racismo y el antisemitismo.

También ha arremetido contra el tabú de la educación pública preconizando la creación de universidades no estatales, abominadas por su partido, una idea retomada por los conservadores de Nueva Democracia.

Preside la Internacional Socialista desde enero de 2006.

Un centrista hábil

El primer ministro conservador griego, Costas Caramanlis, candidato el domingo a un segundo mandato, ha gobernado desde el centro, presentándose como un sabio por encima del bien y del mal, postura que parecí­a garantizarle el éxito antes de los graves incendios del verano.

Llegado al poder en marzo de 2004, el jefe de Nueva Democracia (ND), de 51 años, es «un personaje un poco atí­pico en el paisaje polí­tico griego», marcado por violentas luchas ideológicas, señala un diplomático europeo.

«Es un moderado de verdad, un centrista que evita la confrontación, no hiere susceptibilidades, no pasa nunca a la fuerza», subraya.

Aun a riesgo de verse acusado de ligereza en la gestión de los asuntos del paí­s, se mostró con frecuencia poco dado a las tomas de posición públicas, retraí­do en los grandes temas nacionales, evitó entrar de frente en los conflictos que agitan periódicamente el mundo polí­tico griego, prefirió poner a los hombres de su gobierno en primera lí­nea.

Y esta estrategia le ha resultado: desde 2004, su popularidad en los sondeos ante su rival del Pasok (socialista), Georges Papandreu, sigue firme, aunque se haya producido un desgaste estos últimos meses como consecuencia de escándalos polí­tico-financieros que salpicaron a su gobierno.

Seguro de su ventaja, habí­a optado por convocar elecciones anticipadas el 16 de septiembre (en lugar de marzo de 2008) en nombre de la necesidad de hacer importantes reformas económicas y sociales.

Elegido en 1997 presidente de Nueva Democracia gracias a su apellido, el de su tí­o Constantin Caramanlis, figura de la derecha griega que fue primer ministro varias veces y luego presidente de la República, Costas heredó un partido muy debilitado y desgarrado por una guerra de clanes recurrente.

A fuerza de apertura a todas las tendencias y gracias a su capacidad de encajar golpes, de su campo y de la izquierda, este abogado de formación, conocedor de los entresijos del aparato, ha logrado reinstaurar la unidad de ND y neutralizar toda rivalidad seria desde la derecha. Aprovechó en particular una querella personal para excluir de sus filas al representante más ruidoso de la corriente de extrema derecha.

Para imponerse al Pasok, en el poder de 1981 a 1989 y de 1993 a 2004, optó por disputarle el centro, en ruptura con la derecha dura representada por su predecesor, Miltiadis Evert.

Esta inflexión hacia un liberalismo matizado, con preocupaciones sociales, le ha permitido implantar su partido entre el electorado popular y agrí­cola.

Al término de su primer mandato, puede vanagloriarse de sus buenos resultados económicos: un í­ndice de crecimiento superior al 4%, un déficit reducido al 2,6% en 2006 (5,5% en 2005) y un í­ndice de desempleo a la baja (alrededor del 8%).

Pero desde su llegada al frente del Gobierno, no ha dejado de aplazar las reformas económicas de fondo, en particular jubilaciones, socialmente explosiva, reclamada por la UE y las grandes instituciones internacionales.

Elegido con la promesa de «tolerancia cero» contra la corrupción, endémica en el paí­s, no ha tomado ninguna medida de envergadura en este tema desde 2004.

«Ese es posiblemente su mayor fracaso: no haber ganado la batalla de la moral, cuando los griegos le habí­an conferido claramente este mandato después de los años de Estado Pasok», sugiere el mismo diplomático.