Al tratar de introducir el concepto de un país en una lata o en un envase para convertirlo en un producto más del mercado, da por resultado lo que el marketing ha dado en llamar la Marca País. Admito que esa combinación de palabras me sonaba extraña, ¡darle el nombre de un país a una marca! El tema aludido fue motivo de una exposición brillante presentada recientemente bajo el título “Identidad sin límite, la materia prima de la Marca Paísâ€, a cargo de la antropóloga Diana García en el simposio de sociología que organizó la Universidad del Valle. Las reflexiones siguientes me surgen a partir de escuchar a la experta aludida y pretenden provocar en usted la misma inquietud.
El proceso histórico durante el cual el capitalismo recurrió a la transnacionalización de la producción de mercancías para bajar sus costos, pondría al alcance de los consumidores del planeta una serie de productos sobre una actitud ilusoriamente exclusivista, cuando en realidad era un consumo masificado y masificante, el mismo producto para diferentes bolsillos.
De tal cuenta que la globalización nos puso a aspirar el mismo perfume, la misma bebida, la misma película estrenada en todo el planeta, el mismo artilugio electrónico, el mismo celular en todo el globo y se creó una ilusión de la aldea global con flujos culturales que se han intensificado y geografías que no son como solíamos pensarlas. Uno de los subproductos de esa realidad globoconsumista tuvo su nacimiento como resultado del trabajo de las mentes publicitarias y del mercadeo que sintetizaron, de manera artificial, los que se consideran como los “factores diferenciales†de los países. Dichos factores están contenidos en la cultura popular de cada lugar, es lo llamado autóctono, es el legado histórico de cada sociedad que se ve sujeto a la refuncionalización para efectos de lo que los promotores de la Marca País llaman, Estados marca. Las implicancias de esta irrupción suceden en el terreno de la política, de la economía y también en la dimensión cultural; cuán conscientes somos de esos cambios? Convertir un país en una marca conlleva el objetivo de que aquellos factores, que para el caso de Guatemala se resumen en lo maya, se aprovechen para que los mismos potencien, comercialicen, posicionen y favorezcan negociaciones de orden regional y luego mundial. Bajo esta acción del capitalismo, la transnacional irrumpe sobre la territorialidad del viejo Estado-Nación y se impone la denominación de origen, sea de país o de región. Entonces, la marca país no es un producto en sí mismo, es lo que este país puede poner en escala global con un envoltorio que alude a una mirada culturalista o folclórica de la cultura local, y aquí surge una primera contradicción que D. García resume muy bien en la imposibilidad de la economía nacional guatemalteca. En un país de capitalismo oligarca, la denominación de marca país nos conducirá de la producción de materias primas a la exportación de materias intangibles, especialmente a través del turismo. He aquí que el eslogan de la marca país de Guatemala sea el corazón del mundo maya. El destino de economías como la guatemalteca, atadas por su historia y afectas hoy inexorablemente por procesos globales como el etiquetaje de origen, nos condena a vender servicios turísticos, donde lo maya se supone puede ayudar a vender. Y aquí surge otro dilema relacionado con la construcción de la identidad. D. García analizaba en su exposición que la concepción cultural del país como marca, impone una noción de la identidad aparentemente sin fronteras, en la que lo económico y lo simbólico se funden en una falsa idea de lo nacional. Dicho de otra forma, no hemos condensado aún una identidad nacional como producto del propio proceso histórico local y ya estamos sometidos a la fórmula de una identidad global. El imperialismo que luego vistió de neoliberalismo para implementar una economía mundial empieza a morderse la cola. Las protestas mundiales de indignados o de ocupas son claras, algo ya no funciona.