Manolete


Recuerdo. Foto de archivo de Manuel Laureano Rodrí­guez Sánchez, mejor conocido como

Querí­a dejarlo, vivir un amor que rechazaba su entorno, pero el destino decidió de otro manera: el 29 de agosto de 1947, el mí­tico matador español «Manolete» morí­a en el coso de Linares (Andalucí­a, sur), entrando así­ en la leyenda.


Sesenta años después de esta tragedia, España parece querer echar una nueva mirada a este torero legendario y atormentado y a su controvertida relación amorosa con la actriz Lupe Sino, de la que acaba de hacerse eco el cine.

Varios libros publicados este año han precisado la figura de «Manolete», antes calificado de «torero del régimen» franquista, y han transmitido una imagen más positiva de una relación que escandalizó a la España conservadora de los años 40.

«Manolete», pelí­cula del cineasta holandés Menno Meyjes rodada en 2006 y cuya llegada a los cines españoles se espera para el otoño boreal, recorre esta historia de amor con Adrien Brody en el papel del torero y Penélope Cruz en el de la actriz que se convirtió en su amante.

Manuel Rodrí­guez «Manolete», purista sin igual, cayó mortalmente herido por el toro «Islero», de la temible ganaderí­a Miura, en una calurosa tarde de verano. Murió al dí­a siguiente, ví­ctima de una dudosa transfusión sanguí­nea.

Esta brutal muerte, a la edad de 30 años, lo introdujo en el panteón de la tauromaquia española junto a figuras como Joselito o Juan Belmonte, convirtiendo en leyenda a este hijo de un mediocre torero de Córdoba.

Imparable y atrevido en exceso frente a los toros, aunque cuestionado en sus últimos años, el matador de la triste figura fue tachado de arrogante y acusado de drogarse con cocaí­na.

Apodado el «Califa» de Córdoba y el «Monstruo», Manolete fue también a menudo asociado al régimen dictatorial de Francisco Franco, que gobernó en España tras haber ganado la Guerra Civil (1936-39).

Aunque éste no era realmente el caso, recordaron Carmen Esteban y Juan Soto Viñolo en libros publicados recientemente.

No sólo «Manolete» no era franquista, subrayan, sino que se reuní­a regularmente con exiliados republicanos cuando viajaba a México, paí­s que le aclamaba y del que procedí­a uno de sus grandes rivales, Carlos Arruza.

Precisamente es en México donde «Manolete» tení­a previsto instalarse, según Carmen Esteban, tras casarse con Lupe Sino a finales de la temporada de 1947.

Se habí­a encontrado por primera vez con la joven actriz en el famoso bar Chicote, en el centro de Madrid, y esta relación glamourosa habí­a fascinado y escandalizado, a la vez, una España ahogada por la represión.

Todo ello traí­a sin cuidado a «Manolete». Era feliz con Lupe, una belleza con la que habí­a pasado un largo verano sabático en 1946, lejos de las plazas de toros, en un pueblo castellano.

Pero tení­a que afrontar la desaprobación de su apoderado, el omnipresente Cámara, y de una madre que supervisaba desde Córdoba la carrera y el patrimonio de un hijo que habí­a llegado a ser rico y famoso.

«Deja a esa lagarta», le habí­a espetado su posesiva madre, que respondí­a al nombre de Angustias.

Atormentado por este dilema, ansioso por abandonar un mundo taurino que le corroí­a, «Manolete» habí­a, no obstante, aceptado torear una última temporada en la que irí­a a mostrar su arte en Linares, ciudad del norte de Andalucí­a.

Frente al astro ascendente, Luis Miguel Dominguí­n, no querí­a decepcionar. Pero parecí­a ausente y reticente. «Acércate, marqués», se oyó en los tendidos. Picado en su amor propio, se acercó… demasiado al toro.

Lupe Sino acudió por la noche, pero Cámara le impidió la entrada a la habitación del hospital y no pudo verlo antes de morir. «Manolete», ignorando que se encontraba ahí­, no la habí­a llamado. Tragedia hasta el final.