Formo parte del sector del electorado que no siente entusiasmo por ninguno de los dos finalistas candidatos presidenciales. Una de las razones de esta apatía radica en los personajes cuestionables que los acompañan. Este proceso electoral era una oportunidad excepcional para consolidar la democracia con más democracia. Sin embargo, no ha sido así.
Es lamentable que un grueso sector de la ciudadanía atendiera el llamado de la demagógica «mano dura». Guatemala reclama gobernabilidad y firmeza, y no caos ni desorden. Sin embargo, la historia pasada y reciente nos enseña que los atajos autoritarios son una ilusión, un bálsamo pasajero que termina convirtiéndose en un remedio peor que la enfermedad: masivos abusos y arbitrariedades, casi siempre, en perjuicio de los de abajo, o sea, la «mano dura» se orienta a criminalizar la pobreza.
Que la «mano dura» sea una de dos opciones finales revela la terca convicción que sí se puede gobernar con mano firme, pero, no deberíamos volver a creer la prédica interesada que democracia es igual a caos. Más bien, aprendamos de la historia, pues el autoritarismo conduce al abuso y la corrupción.
¿Cómo no comprender que muchos no creemos en la democracia electorera, si dos de cada tres guatemaltecos es pobre? ¿Cómo no dimensionar tamaña frustración, si año tras año aumenta la cantidad de gente que abandona el país para marchar a Estados Unidos? Sin duda, es una «democracia» que no es participativa, no es completamente representativa ni ha significado para la mayoría una mejora en sus condiciones de vida y que la economía se sostiene gracias a las remesas familiares y el lavado de dinero.
La nuestra es una «democracia» que cuesta defender y, en consecuencia, vulnerable a las regresiones autoritarias, tal como contemplamos en la campaña electoral. Esta situación se debe, en gran medida, a los dirigentes y partidos políticos «democráticos» que durante los últimos años no han dado señales de austeridad y madurez, sino todo lo contrario, en especial desde el Congreso.
La pobreza y la exclusión no se resolverán con soluciones simplistas, como la «mano dura». No sólo es cuestión de votar sino de creer, y sobre todo, de exigir que el próximo Gobierno realice esfuerzos especiales para reducir la pobreza y la exclusión y retomar la senda de las reformas institucionales en justicia, educación, defensa y seguridad que la Comisión para el Esclarecimiento Histórico recomendó en su Informe Final, si queremos que la democracia se consolide y deje de estar en el banquillo de los acusados cada cuatro años. Ese lugar sólo debería estar reservado para quienes han cometido graves violaciones de derechos humanos y para los grandes hambreadores del pueblo, que manipulan la opinión popular con encuestas, nos desinforman por medio de sus corifeos y se mantienen como sepulcros blanqueados. A los oligarcas de corazón de piedra debemos enfrentarlos con más y mejor política, para evitar que Guatemala continúe como el reino de la desigualdad.