Malestar amorfo


pedro-pablo-marroquin

Viendo las condiciones actuales, creo que nadie puede llegar a pensar que los mejores días de nuestro país están por venir. Seguimos siendo víctimas de un sistema que, principalmente a través de los políticos, se resiste a sufrir alguna modificación que permita al aparato estatal servir a los millones de ciudadanos, dejando de ser un poderoso y eficiente instrumento para minorías con cultura de poder dentro de la sociedad.

Pedro Pablo Marroquín Pérez
pmarroquin@lahora.com.gt


No se ve en el horizonte ninguna voluntad social para acabar con males como la corrupción, el tráfico de influencias y peor aún la impunidad. La situación se agrava cuando ni siquiera somos capaces de delimitar nuestro marco de acción basado en principios básicos de moralidad y ética traduciéndose en que un mismo hecho sea repudiado siempre, en lugar que en ocasiones sea aplaudido por unos y criticado por otros, dependiendo tan solo del sujeto que lo realice.

Pero lo más grave de todo es que como guatemaltecos no poseemos esa capacidad de enojo y de frustración permanente, idónea para generar un sentimiento de indignación que se traduzca en un clamor popular para procurar un cambio. Generalmente sufrimos un malestar, un arrancón de macho viejo, que no pasa a ser más que un desahogo en el seno familiar o social.

Estamos tan rotos socialmente, que con tal de no vivir frustrados (que es cómo deberíamos sentirnos constantemente), tratamos de pasar página para que cuando nos pregunten, ¿cómo estás? Lo primero que decimos es, “ahí bien fregado, pero jalando la pita”. Y así, ¿cómo lograremos, algún día, dejar atrás ese conformismo que nos atrapa como la bola de hierro que de antaño, amarrada al tobillo, privaba a los condenados a cadena perpetua?

Y la única ecuación con posibilidad genuina de éxito será aquella cuyo componente más importante seamos los ciudadanos, que hartos de vivir sumidos en el conformismo, tengamos la habilidad para ir tejiendo consensos que nos permitan despertar conciencia social que nuestra realidad no será otra, mientras priven los males actuales que como colectividad, nos hemos rehusado a enfrentar y eliminar.

Es de suma importancia que entendamos nuestro papel en una sociedad que se resiste al cambio y cuya suerte está echada, justo para eso, para que nada cambie; mientras no dimensionemos nuestra capacidad de incidir, nuestra habilidad para generar cambios a través de una participación cohesionada con otros sectores y miembros de la sociedad civil con los que podamos alcanzar acuerdo mínimos pensando en el país, pretender una Guatemala diferente es imposible.

Y no me refiero a participar ahora en política, sino me inclino más en pensar que mientras como ciudadanos no tengamos la habilidad para darle cuerpo y vida a nuestras frustraciones, pero especialmente, a nuestro deseo de cambio, este país y su aparato estatal estará al servicio de los mismos de siempre, a los que irónicamente, vivimos criticando sin que eso se convierta en un revulsivo.

Para lograr una actitud diferente no se necesitan cosas extraordinarias, pero sí determinantes y firmes. Es imprescindible que podamos cerrar filas ante toda acción ilegal, dudosa y corrupta, sin importar quién es el sujeto. Es fundamental que podamos dedicar tiempo a nuestras pláticas familiares y sociales, en las que abordemos con cada ser cercano el problema que representa seguir así, evidenciando lo indispensable que es que colectivamente tengamos la habilidad para cambiar las reglas del juego.

Nuestra molestia social hacia el estado actual de las cosas, debe allanar el paso para que en algún momento, podamos ser capaces de canalizar nuestras frustraciones con el afán que estas generen cambios. Debemos ser capaces de identificar dentro del tejido social aquellas partículas sanas con la que podamos caminar de la mano. Los que queremos cambios para el país somos más, pero estamos muy fraccionados ante un rival, que está más unido que nunca para que nada cambie.