En las normas o costumbres diplomáticas no se aconseja, ni se considera prudente que una persona que ha servido en un país como diplomático vuelva al mismo; el regreso de Stephen McFarland ahora como embajador de Estados Unidos en Guatemala, como se rumora según publicación del 17 de febrero de elPeriódico, sería para la gran mayoría de los guatemaltecos una noticia negativa.
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En el mundo diplomático, como en el social, una persona se va acostumbrando al lugar donde reside, a pesar de ser diplomático va adquiriendo amistades locales personales, llega el momento en el que su objetividad y criterio se ve afectado por las opiniones o sentimientos de las personas que se han convertido en su círculo de amigos, de contactos, por ello es que la mayoría de los países prevén una rotación de sus diplomáticos cada cuatro años.
El gobierno de los Estados Unidos es tan cuidadoso y estricto que no permite que ninguno de sus funcionarios acepte regalos a título personal que sobrepasen un valor de US$ 50.00 y si exceden este valor deben ser entregados como parte del patrimonio del Estado, tampoco permite la aceptación de condecoraciones sin previa autorización; por consiguiente, lo mismo debería de ser cuando se refiere a homenajes, agasajos que indudablemente van a influir en el ánimo y criterio del funcionario a quien se le realiza ese halago.
Cito lo anterior, porque fue muy llamativo el caso del funcionario Stephem McFarland cuando previo a su traslado a Venezuela el empresario Dionisio Gutiérrez de Multi-inversiones le rindió un fastuoso homenaje en su «versallesca» residencia, que según estimaciones de quienes asistieron, por el número de personas invitadas y por lo suntuoso de la comida y los licores, ha de haber costado más de cien mil quetzales, hecho que indudablemente evidenció la muy especial relación que existía entre la familia Gutiérrez y el funcionario norteamericano que era el segundo en ese momento de esa importante representación. Incluso se rumoreó que la esposa de MacFarland trabajó como asesora de la familia pollera.
Fue tan elevadamente agasajado que lo único que no obtuvo de la cúpula empresarial, como sí lo logró el embajador norteamericano anterior, fue que CACIF lo condecorara, reconocimiento que indudablemente tendría enormes posibilidades de lograr si se confirmara que va a ser el siguiente embajador norteamericano este «americano feo».
Nuestro gobierno tiene el derecho de otorgar o no el beneplácito a los embajadores que los diferentes países con quienes mantiene relaciones diplomáticas le proponen y el hecho que antes que concluya el mandato del actual embajador James Derham, cuyo comportamiento ha sido ético, se conozca el nombre de su sucesor, es una grave falta suficiente para que no se le otorgue el beneplácito a Stephen MacFarland.
Estados Unidos, especialmente su Congreso y Senado, pueden y deberían considerar como embajador a cualquier otra persona que no tuviera tan negativos antecedentes, aspecto que sería positivo para las mutuas relaciones porque a quien se acreditara no tendría ni las amistades, ni la prepotencia, ni los prejuicios que evidentemente el señor MacFarland sí tiene. Es mejor prever que lamentar, más vale un rato colorado que mil descoloridos.