Malabarismo


Cerca de la 24 calle y 1era. avenida de la zona 8, cuando el semáforo da rojo (como por arte y magia) dos niñas mayas se aparecen frente a los automovilistas. No alcanzarán los 10 años de edad, tal vez más, pero, por estatura y apariencia en general, parecen menores. La pequeña, viste medio traje indí­gena, todaví­a; la mayor, ya lo abandonó por completo y parecen ser hermanas: delgadas, morenitas. Rasgos finos, caritas bellas.

Ramiro Mac Donald

Estas niñas mayas poseen esa simpatí­a e inocencia propias de la infancia, aunque, en este caso concreto, su niñez haya sido sacrificada en los vericuetos excluyentes de una sociedad racista y las hemos convertido en frutos madurados tempranamente, pero marginadas, casi desechables; no aptas para el posmodernismo egoí­sta del siglo XXI.

Desde la imagen de esas dos niñas mayas, voy a «semiotizar» parte de la realidad guatemalteca de hoy. Encuentro en sus movimientos gráciles, una vivacidad natural: ellas aspiran ser artistas de la ilusión y el artificio. ¿Quién -a esa edad- no ha deseado ser mago o prestidigitador? Y, con franqueza, tienen maestrí­a, derrochan gracia: poseen brillo. Y si alguien no lo cree así­, por lo menos aceptará que les asiste tenacidad y perseverancia… dignas cualidades de ser imitadas por cualquier niño o joven de clase media.

Allí­ están en plena calle: una se sube en la otra, por la espalda. La de arriba, lanza al aire unas pelotitas de colores y hace juegos manuales de gran belleza óptica. Velozmente las gira hacia arriba, hacia abajo: las domina y finalmente recoge con gran agilidad y soltura. Este es un trabajo que ellas toman con seriedad. Ocupan su talento para la supervivencia, todos los dí­as por esas ingratas esquinas de la vida urbana, con el riesgo que significa estar «en las calles» laborando a su corta edad, en la informalidad del dí­a a dí­a.

En esta simple escena cotidiana leemos un mensaje connotativo y podemos hacer una aproximación/analogí­a con usted, conmigo, con todos los guatemaltecos. Fí­jese bien: si usted es financiero, esa es su fórmula de trabajo y la vive practicando. Usted también, igual que estas niñas, es un malabarista cada quincena, para cancelar el sueldo a sus colaboradores; para pagar sus mercaderí­as, para cumplir con sus plazos vencidos, y hasta para sus impuestos (con todo y multas). Usted también realiza equilibrios con su presupuesto exiguo: literalmente usted «juega» con su capital financiero, como si fueran aquellas pelotitas en el aire.

Usted, semejante a esas niñas malabaristas, maneja con «arte» (y sin malicia) su dinero y logra rascarle un «poquito» a todos los que puede (sin atracarlos) al brindar un servicio o un producto diseñado exactamente a las necesidades de sus clientes. ¿Será que cumple como debe ser? ¿Será que cobra «lo que debe» por dar un buen servicio? ¿Verdad que usted también hace ilusionismo con su actividad de todos los dí­as?

Fí­jese bien: esas muchachitas (que se aparecen de repente) salen de la nada, como usted mismo lo hizo siempre, sin ayuda de nadie. Ellas son, a la vez, representativas de los sectores más emprendedores de la sociedad, porque tienen una actitud de esperanza y de trabajo ante la vida. Hacen «algo» para comer y lo tienen que hacer todos los dí­as, igual que los empresarios que salen a vender cada jornada y logran ganarle unos «lenes» a la mercaderí­a adquirida al por mayor y luego venderla por unidad.