Pero también, estas chiquillas (hijas de nadie) son representantes de los trabajadores y las trabajadoras formales, porque tienen que hacer «tejemanejes» para llegar a fin de mes con el magro ingreso (sueldo) que poseen. Pero logran, con piruetas y cabriolas, alargar un poco más la plata que ganan, estirándola -como las milagrosas amas de casa- que con artificios y creatividad nos alimentan y dan de comer a todo un batallón familiar.
Esas niñas inocentes (medio indígena una, y medio ladina, la otra) son la presencia misma de esta Guatemala nuestra del malabarismo diario. Todos somos así: un signo inequívoco, innegable de todos los y todas las guatemaltecas: «echadoras para adelante». Ellas nunca se quedan paralizadas por el miedo a perder: se lanzan al aire, apuestan siempre por la ganancia, se arriesgan invariablemente, como todos los emprendedores de nuestra patria, que se lanzan al agua a cada paso. ¿Se entiende ahora ésta analogía? Ellas son igualitas que usted, o que cualquier otro guatemalteco. Ellas también son Guatemala. Nos representan.
Y esas lindas niñas, no se amilanan, como usted tampoco lo hace. Las he visto al mediodía, cuando los rayos del sol calan y calan fuerte sobre sus delgados cuerpecitos, frágiles como nuestra economía nacional; dependientes de poderes e imperios hegemónicos. ¡Exactamente igual! Y sin embargo, se mueven ágiles, para recoger las cosechas, por magras que estas sean. También las he visto bajo la lluvia, sin acobardarse, empapadas y trabajando. Eso sí: siempre contentas… siempre con una sonrisa a flor de labio, aún cuando finaliza el día y estén exhaustas.
Así son estas lindas niñas mayas, sagaces malabaristas, que se colocan cerca de la 24 calle, arribita del Teatro Nacional de Guatemala, muy propio de su circunstancia personal. Allí se ubican, porque saben (estratégicamente) que pasa mucha gente a diario. Han estudiado su mercado y saben cuando acrecienta la circulación de vehículos, para ganar más haciendo el mismo esfuerzo.
Estas niñas mayas transitan rápido, no se quedan estáticas, jamás están en pausa; siempre caminando: de un lugar a otro. Las he observado hacer sus trucos y malabarismos en ese cruce urbano. Desde ese punto se puede divisar perfectamente su lúcido acto, desde cualquier lado de esa esquina, colocadas en apenas un mínimo -minúsculo- espacio público. Y están allí, en plena calle, como subidas a un pequeñito grano de maíz: llenas de sueños, esperanzas y clorofilas ¡saturadas de radiante energía! como cantaba el poeta Werner Ovalle López, a toda esa poesía viva y de éxtasis que es la Guatemala profunda, la Guatemala mestiza (maya/ladina) que llevamos dentro.
Y en otro juego de inadvertida habilidad, desaparecen (sin más) cuando están frente a nuestra vista (como si nunca hubieran existido) como si fueran misteriosas y extrañas duendecillos/as urbanas, poseedoras de una nacionalidad quimérica de origen maya, que se disipa entre la niebla de una tarde calurosa, después de una lluvia torrencial que tornó refrescante el ambiente urbano.
Cuando usted, cómodamente sentado al frente del volante de su auto, voltea a ver, ellas ya se han ido: por arte de magia. Se han ido jugueteando como «imágenes ilusorias». Correteando como venaditas por las calles y avenidas cercanas a esa esquina paradigmática; entre carros, motos y camionetas: brincando, zigzagueando, en una danza infantil, de malabarismo y esperanza, que el tun y la chirimía acompañan lastimeros.