Sin más, llegó el fin de año. Tanto merengue durante estos meses se pasó en un abrir y cerrar de ojos. A estas alturas, no sé quién estará más feliz, si Otto Pérez o Manuel Baldizón.
El primero, porque logró llegar a la Presidencia del Organismo Ejecutivo y casi arriba a su primer año de gobierno, con muy buenos proyectos -desde mi particular punto de vista- pero con algunas deficiencias propias de cada administración. Con cierto nivel de desgaste y cierto acorralamiento con las mismas estrategias que su partido utilizó cuando hacía oposición.
Baldizón, no creo que esté cabizbajo sino celebrando los golpes certeros que logró propinarle al gobierno de Pérez Molina, como sacar a luz lo de la portuaria.
En el fuego cruzado entre políticos se encuentra la población del país, que a pesar de todo de verdad espera que las cosas cambien en Guatemala.
Varias personas han gobernado mi país desde que recuerdo. Aún tengo en la mente cuando mi madre me llevó a las votaciones de 1990, en una escuela de la zona 5 de la capital, donde ella emitió su sufragio. Mientras mi madre trazaba la equis en la papeleta, yo gritaba el nombre de un partido, seguro por el pega-pega de la propaganda de campaña de entonces, de esa que continúa igual, seduciendo a cualquiera sin antes pensar en el país.
Recuerdo, apenas, cuando en 1993 todavía hubo algunos golpes de la guerrilla urbana. Nos dejaron sin fluido eléctrico una noche. Botaron una torre que llevaba cableado. Tiempo después pasé por el lugar. La torre aún permanecía tirada. No estoy muy seguro, pero siento recordar cuando Serrano Elías daba su discurso de disolución del Congreso y las cortes. No tengo recuerdos claros de Ramiro de León. Solo cuando fui a votar a las elecciones infantiles cuando Arzú y Portillo disputaban la Presidencia. Ganó Arzú y luego privatizó empresas públicas.
Luego, continuando la tradición de hacer cola por la Presidencia, llegó Portillo y, antes de tomar posesión, en una entrevista para tiempos como estos, en diciembre, se lavó las manos, diciendo que todos los gobiernos hacen cosas buenas y malas. Lo recuerdo muy bien. Tocó el turno a Berger y el caos se hace más evidente. No sé si porque le ponía más atención o porque de verdad todo recrudecía en el país. Sus respuestas a todo parecían poco meditadas y sin sentido.
Es innegable que con Colom algunas cosas empeoraron, pero aunque no se quiera reconocer, otras mostraron mejoras, como el inicio de la disminución de los efectos de la violencia. Sin embargo, en una entrevista balanceada recientemente publicada en un medio escrito, el exmandatario habla con aires de que todo lo sabe y puede, cuando en realidad su Gobierno no fue muy brillante, aunque varios actores jugaron su papel de forma determinante para que se percibiera que hacía mal su trabajo.
Con Pérez Molina, que dentro de poco llegará al primer cuarto de su periodo, aún se pueden esperar mejores resultados, no porque él se lo exija a su gabinete sino porque es lo que la población evidentemente necesita. Para eso, deben dejarse los revanchismos políticos con la oposición, que si bien ha dado golpes acertados al Gobierno, también parece hacer berrinches de niño y los resultados para el país podrían ser nefastos.
Es impostergable que nuestra política partidista madure, pero eso depende de la elección de la población, de los financistas, de los medios de comunicación y de las élites económicas del país.