Los recuerdos, los sentimientos, las emociones más intensas nos invaden el día 10 de mayo, Día de la Madre. Dentro del calendario y dentro de los días festivos, no creo que haya alguno que rivalice o trascienda como el día que se le ha consagrado a la mujer que nos dio el ser.
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Si en alguna cosa nos aventajan las mujeres es como madres y aunque en un hogar padre y madre son importantes, no debemos de sentirnos incómodos o demeritados al comprobar, al ver la reacción de nuestros hijos, la dependencia, el cuidado y el amor que existe con respecto a la madre.
Como dijera tanto poeta ilustre, más intenso, más fuerte es el sentimiento que tenemos y profesamos cuando ya nuestra madre no está presente y cuanto nos gustaría poder compartir, poder sentir y escuchar su voz y su presencia.
Pocas serán las flores, cortas se quedarán las compras con las que tratemos de agasajar a esa pequeña y gran mujer; pequeña por su modestia, grande por su sabiduría y por el apoyo que nos brinda. A quienes tienen la suerte de tenerla viva, físicamente presente apoyémoslos en su alegría, en el festejo, en la celebración del Día de la Madre.
Quienes somos abuelos sintámonos dichosos de poder observar cómo nuestros nietos testimonian y reviven los sentimientos que de niño tuvimos hacia el ser que nos dio la vida. Si es necesario y nos es posible, discreta y calladamente, apoyémosles contribuyendo a que la festejen, sabiendo que parte de nuestro amor hacia nuestra propia madre se ve testimoniado y materializado cuando ellos dicen «feliz día mamá».
Como consecuencia de la inmigración, muchas abuelas han reactivado su papel y también son madres de los nietos que les quedan en su guarda y custodia, otras circunstancias -como en mi caso- hacen que nuestros hijos, en buena parte, hayan tenido a nuestra madre en el doble papel de abuela y madre, por eso, en mi familia todos los nietos se referían a mi madre no como abuela sino como «mamía» (mamá mía), evidenciando con ello la circunstancia y el amor que le profesaban y reconocían.
Recordar es vivir y dentro de todos los recuerdos que cada uno de nosotros tiene, guarda y atesora, sin duda alguna, de los más valiosos están las diferentes oportunidades que compartimos y vivimos al lado de esa tan especial mujer.
La vida es un vehículo que trascurre y recorre día a día diferentes etapas y quienes hemos tenido la suerte que la mayor parte de nuestra vida haya transcurrido contando con la presencia física de nuestra madre, estamos en la obligación de testimoniarlo con hechos, más que con palabras.
Para quienes este año es el primero en que no cuentan con la presencia física de su madre, que los regocije que su ausencia significa que está presente al lado del Padre Celestial velando e intercediendo por todos sus hijos.
Es en la cuna, es en el regazo de esa mujer donde mamamos nuestros principios, nuestra fortaleza, nuestra identidad. Por ello, cuando ya no tenemos la suerte de que se encuentre viva debemos de arrodillarnos y agradecer al Ser Supremo el don que durante mucho tiempo nos otorgó y continuar por esa vereda que es la vida, dando testimonio que somos lo que somos en buena parte gracias a los principios y valores que nos inculcó nuestra madre.