Solo desde una actitud arrogante y soberbia puede entenderse quizá las acciones que emprenden ciertos hombres de poder que en su altanería acostumbran ver a los demás como inferiores. Tal es el caso de quienes la emprenden desde el ingenio El Pilar contra el corresponsal Rolando Miranda por una nota escrita publicada en Prensa Libre.
La sensatez pudo haber privado, iniciar un diálogo, indagar la justicia de la denuncia, mostrar respeto. Pero no, se ha actuado según el ADN histórico, hirvió la sangre de la princesa de pétalos sensibles y se atacó. “Qué horror, ¿cómo pueden decir eso de nosotros? Nuestra reputación está en entredicho. ¿En nombre de qué o quién se atreven a ofendernos?”
Véalos, son la copia de sus ancestros. Se sienten poderosos y les importa un comino silenciar a la comunidad o al profeta que vocifera a los cuatro vientos los hechos. “¿Derechos humanos? ¿Libertad de expresión? Pamplinas. Se trata de resentidos, calumniadores, ignorantes y enemigos del desarrollo y la libre empresa”.
Si uno lee las expresiones escritas de los que se pretenden dueños del país, de sus voceros, uno debería llorar. En la mayoría de las publicaciones son mártires, se sienten santos atravesados por saetas, por una causa que consideran justa. Se muestran incomprendidos: “Pero si no hacemos sino producir. Somos el motor de desarrollo del país. No especulamos mucho, somos emprendedores. Guatemala se caería a no ser por el esfuerzo nuestro, la iniciativa privada”.
Son mártires, pero también héroes. Desde esta conciencia superior es que se les puede entender. Ven a los demás como holgazanes, niños tontos, irreflexivos, caprichosos y bandoleros. “Nada más pernicioso que un grupo popular organizado: son manipulados. De éstos no puede salir nada nuevo porque no piensan, carecen de educación y son movidos por sentimientos… o sea son irracionales”.
Y como el pueblo es infantil, ellos acostumbran a educar a base de palo. Las comunidades, como los niños, no entienden sino a base de castigo (desde su imaginario). “Hay que ponerles oreja de burro, para que los demás descubran el error de sus acciones y no las repitan”. Ellos no lo hacen con mala voluntad, desean nuestro bien y el de Guatemala entera. Sin ellos estaríamos perdidos.
Con ese sentimiento actúa el ingenio El Pilar. Al mocoso ese periodista, Rolando Miranda, hay que ponerlo en salmuera y de paso que los demás aprendan a ser cautos y precavidos. Es también un acto moralizador que pretende enseñar qué es bueno y malo. Recordemos que son ellos muy cristianos y dan el diezmo puntualmente en las iglesias que frecuentan. Incluso tienen sus capillas en sus casas y empresas.
Lo que quizá olvidan esos ingenios es que las comunidades ya no leen las mismas cuartillas ni les interesa su antiguo catecismo tridentino. Poco a poco tendrán que enterarse que las personas han aprendido a respetarse y que ya no tienen miedo de sus gritos de machitos brincones.