No soy muy aficionado a ver televisión, aunque de repente me atrapa algún documental o una película cuya trama tenga como escenario cierto eminente episodio histórico, y de esa cuenta he visto filmes que relatan períodos de vida de los presidentes norteamericanos Abraham Lincoln, Franklin Delano Roosevelt y  Harry S. Truman, que aunque no expongan fidedignamente los hechos acontecidos, de todas formas reflejan la realidad de tales sucesos, si se basan en documentos que tengan credibilidad.
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  La otra noche, cuando no podía conciliar el sueño después de haber terminado de leer una novela del autor ruso Chejov, encendí el aparato de la TV justo en el momento en que el político Lyndon B. Johnson asumía la Presidencia de Estados Unidos en su primera y única elección, en 1964, después de haber cumplido el período inconcluso del malogrado presidente John F. Kennedy, asesinado el 22 de noviembre de 1963, hace 46 años, cabalmente.
  Como es obvio que no soy crítico cinematográfico, omitiré los nombres de los actores de «Reporte de Guerra», aunque dos de ellos son muy conocidos, puesto que lo que me anima a compartirles mi opinión es que la película tiene como telón de fondo la guerra que Estados Unidos libró estérilmente en Vietnam y en la que cobran especial relevancia las funciones ejercidas por Robert S. McNamara en su calidad de Secretario de la Defensa, quien, juntamente con otros altos funcionarios allegados al gobernante estadounidense, induce y convence a Johnson a incrementar constantemente los millonarios gastos de la guerra en Vietnam y al sistemático aumento de tropas.
  En la película, el sucesor de Kennedy muestra destellos de nobleza, con una fuerte dosis de ingenuidad, pero todos sus buenos propósitos encaminados a invertir la mayor parte del presupuesto de su gobierno en programas de salud, vivienda y educación, se ven truncados cuando prácticamente se ve obligado a destinar todas esas millonarias cantidades de dólares a financiar la industria bélica.
  Unos de los elementos que me llaman la atención, es la ineptitud del presidente Johnson de reaccionar ante los desmanes del corrupto y sangriento régimen de Saigón, y su incapacidad de comprender las razones que impulsaban a los vietnamitas de apoyar la lucha de liberación nacional, básicamente porque estaba rodeado de funcionarios y asesores que tampoco eran competentes para identificar las causas de una guerra que finalmente perdió Estados Unidos, con todo su poderío militar y económico.
  Valgan las anteriores disquisiciones para que los latinoamericanos progresistas comprendamos la incomprensión de la casta gobernante norteamericana -sea republicana o demócrata- hacia nuestros problemas y nuestros proyectos políticos, que no necesariamente son antiyanquis, como el caso de Honduras, donde el presidente Barack Obama ha ido de tumbo en tumbo, probablemente porque ignora el contexto geográfico e histórico de esta nación centroamericana, víctima de la voracidad de su oligarquía y de la sed de sangre y poder de sus militares y políticos corruptos, a lo que se agregan los consejos que le dicen al oído del gobernante norteamericano sus inescrupulosos asesores del Pentágono, que se resisten a abandonar su dominio sobre los pueblos de América Latina.
  (El general hondureño Romualdo Tishudo, previo a que se escuchen los primeros acordes del Himno Nacional de su país, le pide a los soldados de un batallón: -Que se pongan de pie los voluntarios que deseen atacar a los seguidores del Manuel Zelaya).