Luz verde a polémicas rondas ciudadanas de seguridad


Silvio Berlusconi, primer ministro italiano, llega a una reunión con su contraparte Libia Al Bagdadi Alí­ Al Mahmoudi, en el Palazzo Chigi, en Roma. FOTO LA HORA: AFP ANDREAS SOLANO

Ataviados con camisetas amarillas y provistos de radioteléfonos para llamar a la policí­a los voluntarios patrullan en Verona, el gobierno de Silvio Berlusconi legalizó recientemente estas controvertidas «rondas» que la izquierda no duda en comparar con aquellas creadas durante el fascismo.


Giuliano, Paolo y Samuele recorren tan pronto cae la noche el barrio que rodea la basí­lica de San Zeno Mayor.

Todos son miembros de la asociación de pescadores de Verona, ciudad del nordeste de la pení­nsula y ahora son también «asistentes cí­vicos» desde que la alcaldí­a, liderada por el movimiento anti-inmigración Liga Norte, lanzó hace un año la idea de crear rondas ciudadanas, informó AFP.

«Somos como telecámaras con piernas», explica Gilberto Domenechini, presidente de la asociación, quien acaba de llamar a la policí­a para advertir que el candado de la puerta de un edificio ocupado fue violado.

En total un centenar de voluntarios patrullan las calles de la ciudad de Romeo y Julieta.

Las rondas espontáneas de ciudadanos surgieron en el opulento norte de Italia hace unos diez años patrocinadas casi siempre por militantes de la Liga Norte, el movimiento inicialmente separatista que ahora acusa a los inmigrantes del aumento de la inseguridad y la criminalidad.

Pero el gobierno de derecha de Berlusconi, que ganó las elecciones prometiendo mayor seguridad a los ciudadanos, decidió legalizarlas a través de un decreto que entró en vigor en agosto de este año.

«Los voluntarios», en general policí­as jubilados, deben patrullar a pie en grupos de máximo tres personas, no deben estar armados ni ser militantes de un movimiento polí­tico.

La ley fija una serie de principios pero corresponde a las alcaldí­as coordinar las patrullas, lo que no convence a los administradores de grandes ciudades como Nápoles y Venecia, que se niegan a organizar las controvertidas «rondas».

En Verona, en cambio, se convirtieron en uno de los pilares de la polí­tica del nordeste.

«Los asistentes cí­vicos patrullan las zonas peligrosas para que los ciudadanos que tení­an miedo de ir allá puedan volver. Las fuerzas del orden se pueden encargar de otros asuntos», sostiene el alcalde Flavio Tosi, quien sostiene que se ha registrado «una baja del número de delitos».

«Hace dos años y medio esta ciudad estaba llena de vendedores ambulantes, de lavadores de cristales de ventanillas en cada semáforo y barrios degradados por la presencia de gitanos. Todo eso ya no existe más», aseguró con tono satisfecho.

«Nos sentimos más seguros. Con todos esos inmigrantes no estábamos tranquilos», clama Paola Fontani, una ama de casa de 66 años.

«Esta es una ciudad fundamentalmente apacible, nada ha cambiado», explica Matteo Mischi, farmacólogo de 38 años, contrario a las diatribas contra la inmigración de sus coterráneos.

El Vaticano condenó la creación de las rondas, debido a que representan «la abdicación del Estado de derecho».

Para la oposición de izquierda se trata de un fenómeno peligroso que trae a la memoria los escuadrones fascistas fomentados por el dictador Benitto Mussolini.

«No hay peligro de una deriva ideológica», asegura el alcalde Tosi.

Menos seguro de ello son los dirigentes de la izquierda italiana.

«En toda democracia la seguridad está a cargo del Estado y no se deja a organizaciones con connotaciones polí­ticas. Las «milicias populares» han sido siempre un instrumento de los regí­menes totalitarios, como ocurrió durante el régimen fascista en Italia», denunció Marco Minniti, del Partido Democrático.