No recuerdo exactamente cuándo empezó a trabajar con nosotros Alfonso Enrique Barrientos en La Hora Dominical, pero su presencia en esta casa editora fue de larga duración hasta que se acogió a los beneficios del IVS y de la pensión que existe para los periodistas gracias a la administración del Timbre de Prensa. Cuando yo venía a trabajar en mis vacaciones escolares, ya Alfonso Enrique tenía apariciones en ese tiempo esporádicas.
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Pero cuando empecé a trabajar en la Redacción del diario, Alfonso contribuyó con el empeño que puso mi padre para darme los rudimentos de la redacción, y fue por esos años que fue nombrado jefe de Relaciones Públicas de Aviateca. También fue en alguna época jefe de Relaciones Públicas del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social, pero siempre encontraba en La Hora Dominical, en Impacto y en La Hora, el alero para volver cuando esos trabajos circunstanciales llegaban a su fin.
Amigo muy querido por mi padre, Alfonso Enrique y su esposa le cobijaron en ciertas épocas difíciles cuando una muy mala influencia apareció en su vida. Más que un trabajador de La Hora, Alfonso fue un amigo muy querido, un apreciado compañero de todos los que hemos pasado por esta casa editorial y siempre mostró un enorme don de gentes que le significó el cariño de decenas de personas que compartieron con él alguna época de trabajo.
Alfonso era un bohemio con enormes talentos y su producción bibliográfica es grande. Parte de la generación de escritores del 40, junto al recientemente desaparecido Otto Raúl González, quien fue su entrañable amigo, publicó varias obras que han sido y serán de obligada referencia tanto en el plano literario, como sus estudios profundos sobre Enrique Gómez Carrillo, y en la interpretación de la vida en la sociedad guatemalteca. También se encargó de la edición de obras de otros autores y recuerdo que durante algunos años trabajó junto a mi abuelo para supervisar la edición de algunos de sus libros. Mi abuelo era muy ordenado y exigente y Alfonso demasiado bohemio, lo que provocó uno que otro roce, pero al final las obras fueron publicadas.
En esa calidad de editor conoció a algunas personas que se las llevaban de escritoras y terminó redactándoles libros completos que luego publicaban como si fueran de su autoría. Alfonso apenas si sonreía cuando se hablaba de las cualidades y dotes de ciertas escritoras cuyas fotos aparecían regularmente en las páginas de sociales, puesto que él les guardaba el secreto sobre la real autoría de sus promocionados y publicitados libros.
Su mayor realización fueron, sin duda alguna, sus hijos que le provocaron orgullos enormes por los grandes logros que fueron alcanzando en el plano profesional. Me consta esa satisfacción que sentía con cada uno de los muchos y muy destacados éxitos que fueron alcanzando porque en los últimos años de su vida profesional tuvimos mucho contacto y platicábamos con gran frecuencia.
Siempre he pensado que quienes sufren el mal que le afectó al final de su vida no son las verdaderas víctimas porque al vivir en esa especie de limbo ya no tienen preocupaciones y tampoco esos recuerdos que, cuando uno los va refrescando marcan el presente de todos los seres. Alguien me dijo una vez que somos lo que queremos recordar y la frase me hizo mucho sentido. Pero sus familiares, y especialmente su esposa, tuvieron que prodigarse en atenciones para él en la postrera experiencia de vida. Para ella, para sus hijos y nietos, un cariñoso abrazo de quien sintió profundamente el deceso.