Lulú Colom Argueta de Herrarte


Estaba fuera de Guatemala el dí­a de la muerte de esa gran dama que fue Lulú Colom de Herrarte, con quien se prolongó y acrecentó la amistad que tuve con su hermano Manuel. Conocí­ a Lulú a principios de los años setenta, cuando trabajé en la Municipalidad con Meme y me involucré en la actividad polí­tica y varias veces fui a la imprenta propiedad de su esposo, don Chalí­o Herrarte, que era administrada por Guillermo, el menor de los Colom Argueta y uno de los más fervientes seguidores de Manuel.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Desde mi infancia habí­a escuchado de los Colom Argueta por la amistad que Antonio, el mayor de ellos, y Meme tení­an con mi padre y con mi abuelo y cuando Manuel fue electo Alcalde fui a trabajar con él a la Municipalidad en una experiencia que fue extraordinaria en mi vida y que me permitió tratar mucho a otros miembros de la familia, entre ellos mis queridos amigos Gustavo y especialmente Lulú, quien siempre tuvo una especial deferencia conmigo y me apoyó en todos mis esfuerzos polí­ticos.

Tras el brutal asesinato de Manuel, fueron Lulú y Guillermo quienes asumieron un papel más activo y denunciaron al gobierno como responsable del crimen perpetrado en forma brutal y alevosa. Ambos debieron ir al exilio por el acoso a que fueron sometidos como represalia por su tajante y firme actitud. Al volver a Guatemala, fue ella la que más hizo para proyectar y mantener la imagen de su hermano asesinado y mediante la Fundación Manuel Colom Argueta impulsó grandes esfuerzos de formación cí­vica con la idea de que la lucha tenaz de Meme por la democracia y la justicia en nuestro paí­s no hubiera sido vana.

Durante muchos años en esta columna dediqué siempre bastante espacio para recordar esos esfuerzos de quien fue el mejor Alcalde que ha tenido la ciudad de Guatemala y Lulú siempre reconoció ese aporte personal y de La Hora. Ella supo, sin embargo, que un comentario de un pariente suyo puso fin a la tradición porque según esa persona yo escribí­a de Manuel para sacar provecho polí­tico de la amistad que tuve con el asesinado dirigente, sin entender que siempre me ha motivado recordar a los valores que tienen nuestro paí­s aun después de muertos porque ese recuerdo es lo que los mantiene vivos.

Lulú tuvo gestos extraordinarios de afecto conmigo, con mi esposa y con mis hijos. Cuando volvió del exilio, Rosita Vallecillos, la secretaria de siempre de Meme, me llamó para comunicarme la noticia y desde entonces con cierta periodicidad platicábamos pasando revista de las realidades del paí­s que siempre laceraron su corazón porque pocas personas he conocido con la sensibilidad que tení­a Lulú para comprender el sufrimiento ajeno. Pero además de ser una dama sensible, era también firme, decidida, tajante y categórica cuando era hora de actuar y nunca se dejó llevar por poses ni apariencias sino que mantuvo su autenticidad en todos los gestos de su vida.

Creo honestamente que Guatemala ha perdido a una de sus mejores mujeres y yo a una gran y querida amiga. Para sus hijos y nietos un pésame muy sentido y para sus hermanos Gustavo, Mary y José un abrazo fraterno que va también a esos miles de guatemaltecos desposeí­dos y hambrientos de justicia que recibieron de ella y de la Fundación Manuel Colom Argueta, el aliento para seguir luchando por construir una patria incluyente.