Al ver las asombrosas miniaturas de Luis Arturo Arévalo (o Luarta, como el reduce también su nombre) me vino a la mente la pregunta de Martin Heidegger sobre el origen de la obra de arte: «Â¿Es el artista el que hace la obra o es la obra la que hace al artista?», aunque los razonamientos entre místicos y filosóficos con que el filósofo alemán resuelve la paradoja ya no pueda asociarlos al oficio prodigioso de este dibujante excepcional.






«La obra enaltece al artista», nos recuerda el filósofo en otra parte para hacernos ver que la relación entre el artista y la obra es claramente entendida por todo el mundo, y de esta manera adelanta la conclusión de la preeminencia de la obra sobre el autor. Claro que Heidegger su refiere a la verdad que encierra la obra; verdad que para mostrarse parece escoger %u2014iluminar%u2014 ella misma al artista que la realice y la desoculte. Se entiende también que, según esta concepción, el artista no es simplemente un artesano sino un hombre que, no necesariamente místico, es sensible a las ideas de su tiempo histórico.
Valiéndonos muy informalmente de esta concepción sobre el origen y la esencia de la obra de arte, ante la obra miniada de Luarta nos preguntamos a qué parte del artista ilumina su obra: ¿al artesano que domina con virtuosismo una técnica, al observador minucioso y objetivo de la realidad o al hombre sensible que capta en la realidad un sentido, y lo expresa?
La miniatura no es cuestión de formato %u2014pequeño o grande%u2014 sino de escala y de proporciones: es propiamente una reducción de un objeto real a la menor escala posible sin que se pierdan los detalles característicos de su forma externa. El realismo y la objetividad con que se reproducen los detalles en esa escala misma son un indicador de logro para el miniaturista, al que no se le permiten sustituir esos detalles por los efectos ilusionistas que provienen de la perspectiva aérea o de la teoría de la percepción óptica. En ese sentido, las obras de Luarta son auténticas miniaturas, al extremo de que para su mejor observación el artista pone a la par de sus cuadros %u2014apenas de unos 8 cm por lado%u2014 una lupa a disposición del espectador curioso y dispuesto a asombrarse. Y lo que asombra, entonces, al espectador es encontrar no una representación veraz y convincente del objeto que conoce en su escala natural sino propiamente una reproducción detallada y minuciosa de ese objeto en las más mínimas proporciones.
Luarta es, en efecto, ese artesano virtuoso y ese observador minucioso y exacto, y su obra es, en consecuencia, de un realismo casi fotográfico que deriva en un estilo objetivo que no permite interferencias de la subjetividad del artista: lo que se muestra en sus miniaturas es el aspecto físico de los objetos de la realidad externa. El lugar de la subjetividad, de la expresión de la personalidad artística, queda limitado a la selección de los parajes o de las escenas que decide reproducir tan virtuosamente.
Y es extraño que un artista del talento de Luarta florezca en una época en que los adelantos tecnológicos en materia de reproducción han liberado al arte de su función representativa y, derivado de ello, sobrevalorado el propósito expresivo del trabajo artístico, con su caudal de genios incomprendidos %u2014incomprensibles%u2014 que simplemente «se expresan», pero no se comunican. Luarta busca en cambio el asombro, que es un inicio de apertura al diálogo y a la comunicación, aunque en su caso, sobre lugares demasiado conocidos.