Louis-Héctor Berlioz: el espíritu de su época II


celso

En la columna de este sábado continuamos haciendo referencia a este famoso compositor francés y como homenaje a Casiopea, dorada y sublime esposa, primavera que vino a mí empapando de albas y luceros mi nostalgia. Vivo universo en que me pierdo dulcemente y tierna flor en que se afirma mi alegría.

Celso A. Lara Figueroa
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela


¿Estará tan próximo al romanticismo francés, al menos bajo el aspecto literario? No, si se considera a éste como una reacción contra la literatura nacional: Berlioz, en efecto, ignora todo de los “primitivos” musicales franceses. Por otra parte, ¿cómo podría conocerlos en su época? No ignora la existencia de Lully y de Rameau, pero no sabría reaccionar contra “lo que no ha sido”. La mejor prueba la tenemos en la nomenclatura de los ejemplos con que ilustra su Tratado de orquestación: para él, los únicos “grandes maestros” son, además de Spontini, Weber y Mozart, Gluck y Beethoven, a los que cita diecisiete veces en su obra.  Ignora la “querella de los antiguos y los modernos”, pues tendrá bastante que hacer al luchar contra los adversarios del presente; pero se unirá a la completa transformación de las maneras de pensar y de sentir, iniciada cuando daba sus primeros pasos por la vida.  El campo de Asnières o de Sceaux será su refugio, como Montmorency para Rousseau.  “Ha sacudido y acuñado a la vez al mundo de tal modo, que parece haberle matado sin dejar de acariciarle”; este juicio del viejo Faguet sobre Rousseau podría aplicarse a Berlioz. Tampoco le conviene menos la frase: “Ese sabio, que era un mago, era sobre todo un encantador.”

Después de la Revolución y el Imperio, iba a levantarse un alba nueva, preparada, anunciada por Chateaubriand, que amó Berlioz, y por la señora de Staël, que pintó a Alemania tal y como la verá el músico.  Esta alba nueva apareció en 1819, con la publicación de la obra de Chénier que abre el camino a la revelación de las Primeras meditaciones lamartinianas; resplandece en 1822 con las primeras obras de Hugo y de Vigny; es decir, a la hora en que, dejando su tierra natal, Berlioz llega a París. La generación de nuestro músico, sensible, trémula, atormentada por el tedio, está dispuesta a romper abiertamente con las leyes sociales, como Berlioz con la “fauna musical”; está dispuesta a hacer de su “yo” atormentado y orgulloso la medida del universo, y del recuerdo su razón de vivir; y Berlioz, el enamorado de Estela, puede repetirse este canto lamartiniano: “Es a ti a quien oigo y a quien veo –en el desierto y en la nube…” Y todavía más: Berlioz está presente, a la hora de la “batalla” de 1830, junto a Hugo, Vigny, Gautier, Dumas y Delacroix.  Los adversarios del autor de Benvenuto Cellini se indignarán y denostarán a Berlioz, en el tono de un Nepomuceno Mercier cuando gritaba: “¡Los Hugo hacen versos impunemente!”, y la novela de Berlioz y de Harriet Smithson no hará menos ruido en el París romántico que las relaciones efímeras y dolorosas de Musset y Jorge Sand.  Esta “lucha por la poesía” que Hugo entabla con Cronwell y prosigue en cada uno de sus Prefacios, ya la ha iniciado Berlioz desde su primera crónica y también la continuará encarnizadamente en todos sus escritos.

Por último, Berlioz es, como su hermano en arte Delacroix, un “hijo del romanticismo” considerado como una gran revolución del pensamiento, como una vuelta apasionada hacia las grandes fuentes de la emoción, como una reacción enérgica del sentimiento y de la inteligencia vivificante contra el razonamiento y la abstracción esterilizadores.  Emancipación total del “yo”, deber de ser “uno mismo” totalmente y derecho a no reconocer otra autoridad que la del propio capricho y la propia fantasía: en una palabra, voluntad de tender hacia el verdadero lirismo, el que al hablar de sí habla de los demás y hace del artista un “eco sonoro”. Tales son las aspiraciones de los verdaderos románticos. Tales son también las de Berlioz.

Más que Beethoven, nacido unos treinta años antes, parecía llegar a su hora aquel niño que nacía un año después que Víctor Hugo, siete antes que Musset y cuatro después que Delacroix. Parecía entablar muy a su hora el gran combate, el joven músico que se reveló con su Misa en 1825, dos años después de que el Dante y Virgilio en los infiernos de Delacroix hubiese llevado al paroxismo la cólera de los clásicos en 1824, el mismo año de La matanza de Quío, que precede en un trienio a la fulgurante Muerte de Sardanápalo. Parecía venir a su hora, el músico que renovaba la batalla de Hernani con la batalla de la Sinfonía fantástica. ¿No es Delacroix el ilustrador de Fausto, como Berlioz el músico?

Sí; viene a su hora y su carrera está ahí, trazada por la “musa romántica”, erguida sobre su carro tirado por dos corceles negros y aureolada de gloria, según la representa una litografía de Luis Boulanger.  Pero detrás de la musa, los corceles, el carro y la gloria, el cielo está oscuro y amenazadoras las nubes… Musset lo sabe demasiado bien. Y Delacroix. Y Berlioz…
 
Ahora bien: más que para sus “hermanos en romanticismo”, la carrera de Berlioz será dolorosa y trágica. Más que Hugo, más que el propio Delacroix, Berlioz debe escalar un áspero camino antes de que su frente choque con las rocas de Montecarlo… ¿Por qué? Esa interrogante trataremos de responder en las siguientes columnas.

Los apuntes anteriores están basados en la experiencia del que escribe y en el estudio de Yves Hucher y Jacqueline Moroni.