Hace dos meses ya que tengo diez años y mi padre no ha salido aún de la cárcel. Lo tienen siempre en un sitio distinto: un día dicen que está en los barcos y otro, que en los salones de Faife. Por fuera, los salones tienen un cartel donde se lee Fyffe o algo parecido; pero, al hablar, todos dicen Faife.
Lo tienen siempre en un sitio diferente. Al principio dijeron que estaba en el castillo. Poco después, mi madre fue a verle y tuvo que ir en una falúa a un barco y, desde el día que me lo contó, al pensar que le podían echar al agua, empecé a tener miedo. Mi primo dice que es cosa de chicas, tener miedo. Pero yo no puedo evitar sentirlo cada sábado que a mi madre le toca ir a llevar ropa limpia, que es cada quince días porque el otro sábado lo hace Juana Cabrera que tiene también a su marido preso. Solo se me pasa cuando veo regresar a mi madre. Cuando mi madre dijo que mi padre estaba ahora en Faife respiré, pues no lo habían tirado al mar.
El día antes de mi cumpleaños, un amigo de San Andrés que es marino le estaba contando a mi prima, como un gran secreto, que en el barco en el que él trabaja, habían metido en un saco a un joven con muchos ladrillos para que se fuera más pronto al fondo. Lo hicieron delante de su padre para obligar a éste a delatar y, como no tenía a quien, le empezaron a pegar al saco con unos palos hasta que dejaron de oírse gritos y solo sonaban los huesos fracturados. Al ver al hijo desaparecer, por el dolor, se desmayó y aprovecharon para meterlo a él en otro saco. Mi prima me advirtió que no puedo contárselo a nadie porque es un secreto, pero Juanito me ha dicho que ya lo sabe todo el pueblo de San Andrés.
Le había venido pidiendo a mi madre con insistencia y amargura que me llevase a ver a mi padre pero siempre me decía que solo hay, y eso a duras penas, dinero para un pasaje; y solo cada 15 días. Hasta que, la semana pasada, Chano me llevó en su camión. Ese día no era sábado, sino un jueves de invierno. Mi madre me abrigó bien para pasar la niebla de los Rodeos y ya sabes el frío húmedo que entra por las rendijas de las puertas que no cierran del todo. ¡Gracias al calorcillo del motor, no llegué tiritando!
Pasado Tacoronte ya se veía el primer tranvía cargado de lecheras y tocando la campanita que a mi tanto me gusta. De tramo en tramo, del trole saltaba un chisporroteo. Al llegar a la cuesta estaba saliendo el sol y daba a todo un color dorado, menos a los barcos y al muelle que se veían de tono violeta oscuro y al agua que estaba como arrugadita. Las gaviotas parecían a veces negras y a veces blancas, según como les daba el sol.
Sentí un cosquilleo de llegar que enmascaraba las contracciones del estómago. Al ver el humo de las castañeras, mi primo paró el camión en las ramblas y, sin esperar respuesta, al mismo tiempo que me preguntaba si tenía hambre, se dirigió a comprarme un cucurucho de castañas calentitas. Después de comer dos o tres castañas, guardé algunas para mi padre y pensé: ¿Cómo estará ahora?
Tengo miedo que cuando vaya a salir, si no lo matan, salga demasiado viejo. Teresa, la vecina, cada vez que pasa por casa grita como para que mi madre la oiga, pero quien siente su berrido como un clavo en los oídos soy yo: «A ese, ¿cuando lo van a matar? ¿O es que los están engordando como a cochinos?»
¿Engordando? Si mi padre no se come el pan que le dan y lo mete en la ropa sucia para que lo comamos nosotros. Mamá me dijo que se le había puesto el pelo blanco por la tristeza, pues él solo tiene cuarenta y cinco años. ¿Como voy a quererlo entonces, si sale demasiado viejo?
Los mayores tienen la manía de meterle miedo a uno con los viejos: ¡Que te lleva el viejo del saco! ¡Que llamo al viejo del saco!
En la Orotava hay dos clases de viejos; unos que dan lástima y otros que hacen reír: Perico, «culogoma»; Domingo, «el bobo de las monjas»; Andrés, «el hincha-la-bomba»; Crispín, Bartolo y otros. Corren detrás de nosotros hasta que se cansan. Nos reímos; pero cuando a Andrés le dan sus ataques epilépticos nos asustamos y nos da un poco de vergí¼enza por lo que hemos hecho. Dieguito es un pobre del que dicen que había tenido mucho dinero y ahora viste con lo que los aristócratas le dan, le quede largo o estrecho, y que él adorna con su boina negra, un bastón y una flor en la solapa. Cuando se siente solo va al cementerio a charlar con su madre que está enterrada al lado de la capilla. Nosotros muchas veces le seguimos y, desde el pasillo que une las dos primeras plantas, le oímos pedirle que lo venga a buscar pronto porque se siente muy solo. Un día Juanito fingiendo la voz le contestó: «No te preocupes hijo, ya pronto iré». «Â¿Quiénes son esos desgraciados que están ahí arriba? ¿Ustedes creen que yo no sé que los muertos no hablan?», gritó Dieguito. A nosotros nos dieron patas en el culo y no paramos hasta salir del cementerio.
Luego está lo que le pasó a Don Inocencio: se quedó solo por haber estado preso y se murió solo, pues la esposa y su hija lo abandonaron porque se les hacía larga la espera. Cuando el pobre viejo murió quisieron verlo para que se les quitara el remordimiento, los hermanos no las dejaron y la hija salió llorando muy amargamente porque ella no tenía la culpa. Yo fui al entierro porque le estaba muy agradecido, ya que él me daba clases gratis de cosas que no pude aprender: caligrafía, mecanografía y contabilidad. Cuando se ponía enfadado resoplaba: «Â¿Qué se creen los padres de estos chicos que quieren sacar profesiones sin gastar un duro? ¿Que yo vivo del aire?»
Yo me ponía muy nervioso porque me daba por aludido y estaba dos o tres días sin ir a clases. Estando en el cementerio ya para destapar la urna y ponerle la cal sobre el pañuelo blanco que le tapaba la cara, se oyeron gritos desgarradores. Alguien dijo: «Esperen un momento, no le pongan la cal. Es la hija de Don Inocencio que viene a ver a su padre». La pobre niña no se había dado por vencida, pero al verlo se desmayó; no porque estuviese muerto, sino porque su aspecto era el de un viejo abandonado. «La chica se murió», dijo el amigo que tenia a mi lado, amarrándose fuertemente a mi brazo. «Â¡No, tolete! ¿No ves que es un desmayo de dolor? ¿No te acuerdas de que el cura nos decía que San Luis de Gonzaga por el dolor desmayaba?».
Casi sin darme cuenta me vi de frente a Faife. Cuando pasé por los centinelas que estaban en la puerta sonreí tímidamente. Uno de ellos me tocó la cabeza como empujándome e invitándome a entrar; mi primo Chano dijo el nombre de mi padre y el otro lo gritó en el salón. Todo estaba lleno de alambres de púas y unas telas metálicas. De la puerta del fondo del salón salió mi padre mirando a todos los visitantes; mi primo me alzó y no sé si besé a la reja o a mi padre. La tela metálica estaba helada y la cara de papá caliente. Por los agujeros me tocaba los dedos y eso me hacía sentirme bien.
Como las castañas no cabían por los agujeros de la reja, le boté el cucurucho con las pocas castañas que quedaban, por encima de la alambrada. Otros presos vinieron a verme y uno me regaló un cofrecito hecho de papel con muchas pirámides chiquitas barnizado de caoba y, por dentro, forrado de terciopelo rojo con un espejito en la tapa. «Â¡Papá, dale una castaña al señor que al pobrecito no le vino a ver nadie!».
Dieron la orden de salir; nos volvimos a besar y yo no veía otra cosa que las canas de mi padre, mientras se dirigía a la puerta grande del salón. Al salir le pregunté al soldado bueno: «Â¿Por que no le dejas ir a casa ya?». El soldado volvió a acariciarme la cabeza y no dijo nada. Volvimos a montarnos en el camión y fuimos a cargarlo al muelle. Mientras yo seguía pensando en la vejez y, sobre todo, en Don Inocencio, para mis adentros me decía: «Yo quiero que mi padre salga pronto para besarle mucho, mucho y no tenerle asco porque huele a viejo o porque está arrugado y le tiembla la voz. Si yo crezco y tengo hijos nunca les voy a meter miedo con los ancianos y les voy a decir que los abuelos son bellos y buenos, aunque a veces te den una palmada. Les diré que todo el mundo quiere llegar a viejo, pero nadie quiere serlo y que no hay nadie que se lleve a los niños en un saco…».