Los candidatos al cargo de Primer Ministro realizaban hoy sus últimos esfuerzos para ganar el voto de los indecisos en las disputadísimas elecciones legislativas de mañana en Israel, en las que se prevé la irrupción de un partido ultranacionalista.
Las últimas encuestas publicadas antes de las elecciones de mañana mostraban que el partido Kadima (centro, en el poder) tenía pocos escaños de diferencia con el Likud (derecha, oposición).
El número de indecisos se acercaba al 20% –la tasa más elevada en la historia de Israel, según los sondeos– y los líderes del Kadima y del Likud se esforzaban por atraerlos.
«La victoria está a nuestro alcance», declaró a la radio pública la ministra de Relaciones Exteriores, Tzipi Livni, la jefa del Kadima, cuyo objetivo es convertirse en la segunda mujer jefa del gobierno israelí tras Golda Meir.
«Si el Kadima obtiene tan sólo un mandato más que el Likud, podremos formar una coalición gubernamental porque somos un partido centrista que puede reunir a la derecha y a la izquierda», afirmó.
En el complejo mundo de la política israelí, la persona encargada por el presidente de la tarea de formar una coalición no es forzosamente la que obtuvo más votos, sino la que tiene mayores probabilidades de reunir 61 bancas en el parlamento unicameral de 120 legisladores (Knesset).
Livni espera que un buen resultado en los comicios de mañana atraiga a su bando a partidos más pequeños, alejándolos de Benjamin Netanyahu, un ex primer ministro que dirige al Likud y que parece el mejor colocado para obtener el mayor respaldo.
Netanyahu, quien de acuerdo con los medios locales teme que la pérdida de apoyo signifique que dirigirá un gobierno frágil que durará un año o algo más, insiste en recordar su pasado en materia de seguridad.
Hoy recorrió las colinas del Golán, prometiendo no ceder jamás ese territorio que el Estado hebreo arrebató a Siria en la Guerra de los Seis Días de 1967 y que anexó unilateralmente en 1981, como parte de un eventual acuerdo de paz con Damasco.
Las últimas encuestas daban entre 25 y 27 escaños en la Knesset al Likud y entre 23 a 25 al Kadima.
El polémico Avigdor Lieberman continuaba su campaña mientras los sondeos pronosticaban que su partido ultranacionalista, Israel Beitenu, podría obtener hasta 19 escaños, convirtiéndose en la tercera fuerza de la Knesset y empujando al veterano Partido Laborista a un cuarto lugar, su peor desempeño de la historia.
Al aumentar el respaldo popular para el partido de este político que construyó su reputación lanzando virulentos ataques contra los ciudadanos árabes del Estado hebreo, Israel Beitenu cambió su cuartel general para la noche de las elecciones, abandonando un pequeño hotel en Tel Aviv para instalarse en uno más grande de Jerusalén, a poca distancia de donde están instalados muchos medios de comunicación internacionales.
El apoyo a Lieberman ha aumentado en las últimas semanas, luego de la guerra en Gaza, mientras sus enérgicas posiciones sobre los árabes israelíes y el movimiento islamista palestino Hamas encontraban un terreno fértil entre los votantes preocupados por la seguridad.
El presidente Shimon Peres, un veterano político israelí galardonado con el Premio Nobel de la Paz, afirmó hoy en la radio pública que «como jefe del Estado, me preocupa la incitación a la violencia contra una parte del electorado. Los árabes, al igual que todos los otros ciudadanos del país, tienen los mismos derechos y deberes que todos los demás.»
El ex primer ministro Benjamin Netanyahu, un halcón convencido pero con una actitud pragmática y ultraliberal en materia económica pese a la crisis, encarna la esperanza de la derecha israelí de volver al poder en las legislativas de mañana.
Netanyahu «el ilusionista» -como lo llamaban sus detractores en el inicio de su carrera-, de 59 años, está logrando, según los sondeos, su propósito de seducir al electorado israelí.
A medida que se acercaba la fecha de los comicios, se borraba el recuerdo de la importante derrota de su partido, el Likud, en las últimas legislativas de marzo de 2006 frente al centrista Kadima de Ehud Olmert.
Los sondeos pronostican ahora entre 24 y 28 escaños para el Likud, lo que representa el auge de un partido hasta hace poco desmoralizado, que actualmente dispone de 12 parlamentarios.
Primer ministro de 1996 a 1999, Netanyahu fue titular de la cartera de Hacienda en el seno del gobierno de Ariel Sharon hasta que dimitió con estrépito para subrayar su rechazo ante la retirada de la franja de Gaza en 2005, tras 38 años de ocupación israelí.
Ahora, se opone a una retirada de Cisjordania, a la partición de Jerusalén y a la creación de un Estado palestino.
«No me considero obligado por los compromisos de Ehud Olmert de retirada (de Cisjordania) y no evacuaré (unilateralmente) los asentamientos», advirtió tras la publicación de informaciones sobre un plan del primer ministro saliente de evacuar a 60 mil colonos judíos.
Un discurso duro, que no le evita sin embargo que una parte de su electorado apoye ahora a la ultraderecha de Avigdor Lieberman, abiertamente antiárabe.
Netanyahu fue en 1996 el primer ministro más joven del país y dedicó sus tres años en el poder a frenar el proceso de paz surgido de los acuerdos israelo-palestinos de Oslo (1993).
«Bibi», como le apodan sus compatriotas, siempre se ha mantenido como defensor a ultranza del «Gran Israel» (la tierra de Israel con las fronteras bíblicas, incluyendo a Cisjordania).
Sin embargo, esas convicciones no le impidieron ceder a las presiones estadounidenses y firmar dos acuerdos con el líder palestino Yasser Arafat, por lo que fue acusado de oportunismo.
Después del fracaso electoral del Likud en 1999 frente al Partido Laborista de Ehud Barak, Netanyahu tuvo problemas con la justicia por un presunto caso de corrupción que finalmente no tuvo mayores consecuencias por falta de pruebas.
Su juventud transcurrió en Estados Unidos, de ahí que hable perfectamente inglés y se desenvuelva con soltura con los medios de comunicación internacionales.
La carrera de Netanyahu comenzó como diplomático ante la ONU; en 1988 fue elegido diputado en la Kneset, el parlamento unicameral israelí.
Su ascensión posterior fue meteórica, ya que poco después llegó a ser viceministro de Relaciones Exteriores y en 1992 se convirtió en líder del Likud y candidato de la oposición.
Alabada por su integridad pero acusada de no tener temple de líder, Tzipi Livni, en las riendas del partido centrista Kadima, cultiva una imagen de mano dura para convencer a un electorado israelí que tiende a la derecha.
La ministra israelí de Relaciones Exteriores, descubierta por el ex primer ministro Ariel Sharon, figura, pese a los incesantes ataques de sus detractores, en cabeza de las personalidades más populares de Israel.
Muchos comentaristas ven en esta madre de dos hijos, que podría convertirse en la segunda primera ministra de Israel, una futura Golda Meir, la célebre «dama de hierro» que dirigió el Estado hebreo desde 1969 hasta su dimisión en 1974 y fue, como Livni, ministra de Relaciones Exteriores.
Nacida el 8 de julio de 1958, sus padres, Eitan y Sarah, eran importantes miembros de Irgún, una organización sionista clandestina de derechas en lucha contra los árabes y los británicos.
La canciller, que cuida su imagen de mujer íntegra en un país donde se han multiplicado los asuntos de corrupción política, dice tener la intención de restaurar «la confianza» de los israelíes.
Su objetivo prioritario es preservar el carácter judío del Estado de Israel frente a la galopante demografía palestina en los territorios.
«Estoy aquí por el objetivo supremo, que es un Estado judío y democrático», le gusta repetir.
«Por este motivo apoyo la creación de un Estado palestino, a condición de que sea (aceptado como) una solución nacional por todos los palestinos, al igual que Israel es la solución nacional para todos los judíos», agrega.
Una forma de rechazar el derecho al retorno de los refugiados palestinos de 1948, dispersos por Líbano, Siria y Jordania.
Esta posición la llevó a apoyar la retirada israelí de Gaza, efectuada por su mentor Ariel Sharon en 2005. También estuvo a cargo de las discusiones de paz con los palestinos y la precedente administración estadounidense de George W. Bush.
«Tzipi es una mujer de convicción, inteligente y de paz. La respeto profundamente (…), sé que mucho tiempo después de nuestra salida de la escena mundial seguiremos siendo amigas», dijo de ella la ex secretaria de Estado norteamericana Condoleezza Rice.
Livni trabajó en el pasado para el Mosad, el servicio secreto israelí, y su carrera fue meteórica desde que entró en la Kneset (Parlamento) en 1999.
Pero esta abogada tenaz, siempre de punta en blanco y catapultada a la cúspide de su partido por Sharon, fundador de Kadima, suscita desconfianza en sus filas.
«Temo por el futuro del Estado de Israel si Livni llega al poder. Es incapaz de tomar decisiones. Es influenciable y no confía en sí misma», dijo de ella el primer ministro saliente Ehud Olmert, quien de paso la tachó en su momento de «traidora» y «mentirosa».
Una animosidad que salió a la luz en 2007, cuando ella dijo estar a favor de la dimisión de Olmert tras la publicación de un informe sobre los errores de la guerra de 2006 en el Líbano.
El laborista Ehud Barack tiene reputación de fino estratega y de soldado valiente, pero no consigue convencer a los israelíes de que le den en las elecciones legislativas mañana una segunda oportunidad de ser primer ministro.
La ofensiva en Gaza contra el movimiento islamista Hamas, que preparó como ministro de Defensa, hizo sin embargo olvidar durante algún tiempo la decepción causada por su breve mandato (1999-2001), de un año y medio, como jefe de gobierno.
Pero el fracaso de la cumbre de Camp David, en julio de 2000 -con el líder palestino Yasser Arafat y el presidente estadounidense Bill Clinton- marcó la imagen de este hombre regordete y con rostro juvenil pese a sus 66 años.
Dos meses después estalló la segunda Intifada y con ella una ola de atentados suicidas en las mayores ciudades del país. Una mancha para Barak, que se presentaba como el «señor seguridad», el heredero de Isaac Rabin y el soldado más condecorado del país.
Nueve años después, Barak aparece de nuevo en Israel como un eficaz profesional de la guerra. E incluso ha logrado borrar el recuerdo de la actuación de su predecesor en el ministerio de Defensa, Amir Peretz, también laborista, muy criticado por la guerra del Líbano en 2006.
Desde la ofensiva israelí en la franja de Gaza, Barak utiliza como argumento el severo golpe asetado al Hamas para defender su candidatura.
«Algunos consideran que fui un buen soldado, un buen jefe de Estado Mayor y un buen ministro de Defensa. Tienen razón y se lo agradezco. Pero les digo: también seré un buen primer ministro», afirma.
Sin embargo la prensa israelí ya lo ha designado como próximo ministro de Defensa de un gobierno de unión nacional dirigido por el líder del Likud (derecha) Benjamin Netanyahu.
Derrotado en las urnas en febrero de 2001, Barak pasó al comercio internacional, enriqueciéndose rápidamente y divorciándose de su esposa tras 20 años de matrimonio, para casarse con un amor de juventud que, según sus allegados, lo habría «hecho más humano», es decir, más abierto y menos autoritario.
Nacido en un kibutz (colonia agrícola), diplomado en física, matemáticas y sistemas analíticos, Barak es un puro producto de la clase dirigente israelí.
Ex jefe del «comando del Estado Mayor», la crema de las unidades de élite del ejército israelí, participó en el asalto a un avión de la compañía belga Sabena secuestrado por un comando palestino en Tel Aviv en 1972.
Entró en política en 1995 y ocupó también los cargos de ministro de Interior y de Relaciones Exteriores.
Formó parte de los halcones y en septiembre de 1995 se abstuvo de aprobar un acuerdo de denominado de Oslo 2, que extendía la autonomía palestina en Cisjordania.
Su gran éxito, ya como primer ministro, fue sacar al ejército del barrizal militar libanés en mayo de 2000.
Gran pianista, es también aficionado a la literatura y especialmente a la poesía.
El ultanacionalista Avigdor Lieberman, cuyo partido va viento en popa de cara a las elecciones legislativas de mañana, se creó una reputación de hombre duro, dispuesto a expulsar a los árabes israelíes que no juren lealtad al Estado hebreo.
Tildado de «fascista» y «peligroso» por sus detractores, promete acabar con los islamistas de Hamas en la franja de Gaza, un objetivo que no se realizó, en su opinión, durante la reciente ofensiva israelí en ese territorio.
Un argumento que funciona. Según los últimos sondeos, su partido Israel Beiteinu («Israel es nuestra casa») puede convertirse en la tercera fuerza política del país, con 19 de los 120 escaños del parlamento unicameral. Actualmente dispone de 11.
El «zar» cuenta con el apoyo de una parte de la opinión que ha dado un giro a la derecha y ya no confía en los grandes partidos para solucionar los problemas del país.
En pocas semanas, este hombre de 50 años, nacido en Moldavia, con una barba gris bien cortada y un fuerte acento ruso, está alborotando estas elecciones, atrayéndose a una parte del electorado del Likud (derecha) de Benjamin Netanyahu.
Preocupado por esta tendencia, Netanyahu, que parece bien situado para formar la próxima coalición, le habría prometido un ministerio «importante».
El principal blanco de sus ataques son los árabes israelíes, descendientes de los palestinos que se quedaron en Israel tras su creación en 1948, y que hoy representan el 20% de la población.
El líder de la extrema derecha ha entrado en guerra contra varios diputados árabes, que expresaron su solidaridad con los palestinos durante la ofensiva en Gaza.
«Sin lealtad, no hay ciudadanía», amenaza.
Lieberman, que es laico, no defiende la idea del «Gran Israel» pese a que vive en una colonia cerca de Belén.
Incluso ha propuesto una retirada israelí de los barrios palestinos de Jerusalén Oriental en caso de acuerdo de paz, para lograr una «separación» máxima entre árabes y judíos, haciendo de Israel un Estado «étnicamente homogéneo».
Diplomado en Ciencias Sociales por la Universidad Hebraica de Jerusalén, Avigdor Lieberman llegó a Israel a los 20 años.
Miembro del Likud durante muchos años, partido conservador del que fue director general, fue un cercano colaborador de Benjamin Netanyahu. Este lo nombró jefe de su gabinete cuando era primer ministro, entre 1996 y 1999.
Durante este periodo, los medios de comunicación lo apodaron «Rasputín».
Desde su creación en 1999, su partido no ha dejado de ascender en los sondeos ganándose especialmente los votos de los ex inmigrantes de la ex Unión Soviética.
Pero su éxito reciente se debe al apoyo de israelíes de muchas generaciones.
Era ministro de Asuntos Estratégicos pero en enero dejó el gobierno para protestar contra las negociaciones con los palestinos.
Una investigación por corrupción está actualmente abierta contra él.