Quiero ser lo más serio posible (pero no por eso, dejar de ser crítico) en el sencillo análisis semiótico que voy a presentar, pero algunas cosas curiosas del cambio de mando -el pasado sábado 14 de enero- no pueden pasar desapercibidas… porque en los detalles se encuentra el hilo conductor hacia lo estructural y, entonces, se refleja el modo que la comunicación hace su papel de reveladora, por acertada pero indiscreta, de un evento como este, delicioso por sus cargas simbólicas. El más curioso de todos: que Carlos Menocal no se haya lustrado los zapatos. ¡Retrato total! El más chocarrero: que Mariano Paz estuviera mascando chicle toda la ceremonia. ¡Y que nadie le dijera nada!
Honestamente me parece que quien haya tomado la iniciativa, por las razones que esgrimiera, de querer cambiar la tradicional ceremonia en el Teatro Nacional, tuvo sus “poderosas†razones. Se logró hacer un evento preparado para una transmisión televisiva al estilo contemporáneo, pensando en los tiros de cámara, en el movimiento y el ingreso y egreso de las personas, en el manejo de las luces profesionales y en un escenario elegante, distinguido, bien dispuesto. Lamentablemente, fueron tantas las fallas y los errores de diseño y manejo de la logística, que por momentos empañaron el evento. Más parecía un show de ficción, que aquel acto sencillo pero elegante acto protocolario que debió ser, por la trascendencia histórica para nuestra vida patria.
Un ejemplo de craso error, fue el manejo de la apertura y cierre de los micrófonos. El de la señora Vicepresidenta quedó abierto en varias ocasiones y se escucharon comentarios, quejas y palabras que nunca debieron salir al aire en la transmisión televisiva. Al mismísimo Presidente no se le cerraba el micrófono y en algún momento, andaba perdido en el ceremonial y no sabía qué hacer. Su mirada y gestos eran de notoria preocupación. Sus palabras al aire también. Eso no puede suceder en una ceremonia sintonizada por millones de personas… y periodistas de todo el mundo.
La juramentación en bloque de los ministros fue lamentable. ¡Patética! No se les podía tomar fotos, en un reducido espacio de cuatro por cuatro, de espaldas a los camarógrafos. Y nadie sabía dónde ni cómo colocarse. En ese sentido, el protocolo falló y lo hizo también al hacer que únicamente las “más altas†delegaciones pasaran una a una saludando a los nuevos mandatarios investidos. ¿Tal vez se buscaba restarle un poco de importancia al hecho que, salvando el caso especial de Colombia, ningún otro Presidente de América del Sur se presentó al acto de cambio de mando? ¿Es así como la izquierda chavista se empieza ya a perfilar con su lejanía y frialdad con el gobierno del General Pérez? Solo Felipe Calderón, de México, por su cercanía e interés, vino al estreno de gobierno. Alguien me contó que las invitaciones estaban tan mal preparadas, que fueron hechas con el ánimo que ningún presidente izquierdista viniera… habrá que averiguarlo.
Es realmente importante señalar que ílvaro Colom se presentó, a recibir su rechiflada correspondiente, lógica y esperada. Pero se presentó. Tuvo los…y asistir, sin voz, pero llegó y salió como cohete disparado y chamuscado, literalmente. La rechifla no fue más grande, solo porque los aplausos de los invitados especiales, no le permitieron sufrir más vergí¼enza… como le sucedió desde Vinicio Cerezo, pasando por Alfonso Portillo y llegando a este hombre que, al final de cuentas, acudió en una cita que tenía con la historia. Lo hizo, hay que reconocerle el mérito. Yo creí que no acudiría.
Pero el discurso que ílvaro Colom ofreció por la mañana en el Palacio Legislativo fue pesimamente mal hilvanado. Fue errático, como su triste administración…y figura. Estaba más presuroso por irse que por presentar una rendición de cuentas que apenas duró 18 minutos, equivocándose en numerosas oportunidades. Allí reflejó de su personalidad: improvisación total. Llevaba “los chivos†y nos los usó, pretendió hacerse pasar por lo que nunca fue en estos cuatro años: en un buen orador. Fue sencillamente mediocre.
El caso de Otto Pérez merece un análisis más sereno, qué haré la próxima semana. Pero nadie le pudo quitar el brillo en su rostro. Eso, en tele, sobresale… y muy mal. Su lectura con los telepronters se sintió un poco forzada y parece que ya le falta ponerse lentes, por lo menos para leer. En su mirada se notaba la tensión, aunque salió airoso de esa prueba de fuego. Esa voz que él tiene, varonil, bien impostada, pero a veces con un tono muy mejicanizado, es su mejor herramienta de comunicación. Esa voz es la que escucharemos en los próximos cuatro años, como notable cambio con respecto al Presidente anterior. Por último, en lo personal, no me pareció –por lo menos a mí- cómo lucía la señora de Pérez. La cambiaron mucho… esa no era Doña Rosita que yo escuché en la radio: franca, sencilla, distinguida. Y para finalizar: la vicepresidenta Roxana tendrá que comportarse un poco más prudente, más señora. Sus gestos deberán ser muuuucho más mesurados. Ser y parecer; mi consejo. Desde los zapatos al peinado, todo comunica.