En nuestro país el delito es atroz. Hoy por la mañana, por ejemplo, un matutino indicaba que Guatemala ocupa un lugar privilegiado en cuanto a robo de autos. Aquí, sin embargo, si lo queremos comprender bien, no sólo se roban carros, casas, celulares y billeteras. En realidad, hay un saqueo que nos despoja de lo más íntimo y nos deja en la lipidia.
En Guatemala los ladrones se han encargado de saquearnos el alma y con ella la tranquilidad y el gusto por vivir. Si un día la pobreza era llevadera porque era compensada por la serenidad del espíritu, en la actualidad hay pocas cosas que nos hagan felices. Si un día matábamos el tiempo visitando un parque, «vitrineando» en los centros comerciales o en la 6ª. avenida o yendo a comprar atol en El Mirador, ahora se vive refugiado en estado de sitio en casa.
Hoy se vive escondido de los ladrones en casa. El encierro ha sido nuestro destino. Nos echamos llave, contestamos el teléfono con desconfianza y pocas veces recibimos visitas. Lo nuestro es la desconfianza. Por eso queremos armarnos y plomear al impío que medio nos insinúe una mala acción. Los delincuentes se han llevado más que nuestras billeteras o lentes oscuros.
Cuando un ladrón me amenazó con pistola en mano profiriendo insultante sapos y culebras, humillándome y haciéndome sentir cucaracha, asesinó de poquito, pero con certeza, esa paz que sólo quizá con psicólogo podré recuperar. Desde entonces no soy el mismo y veo ladrones todo el tiempo. Por eso quizá parezco loco saliendo de las reuniones cada cuarto de hora a ver si está mi carro en la calle. ¿En qué clase de dementes nos han convertido los delincuentes?
Los asesinos se han llevado lo más valioso de nuestras vidas. Los ladrones nos han dejado vacíos. Ante tal situación nadie nos devuelve la esperanza. Los Centros Comerciales advierten: «Se parquea por su cuenta y riesgo», «no respondemos por objetos robados». Los policías nos dicen: «Si agarran a un ladrón, mátenlos, es mejor, los jueces los dejarán salir pronto». Los políticos sugieren: «Â´írmense, compren pistolas, uno no sabe cuándo la va a necesitar». Y, finalmente, hasta los curas nos aconsejan: «Mejor encomiéndense a Dios. El demonio anda suelto y lo sabio es rezar».
Algo nos dice que estamos solos y tenemos que acostumbrarnos a la vulnerabilidad. Los robacarros nos han mostrado lo frágil que somos y, cuando nos quiebran el vidrio de la puerta para llevarse el radio, se ríen de nuestra torpeza. Son los maestros de la desilusión, los genios de la frustración, los más grandes estafadores del alma. ¿Cómo puede un país en medio de todo ser feliz?
Ya se entiende cómo un Luis Palau tiene tanto éxito entre nosotros. Somos un país necesitado de salvadores. Bienvenidos, entonces, quienes quieran darnos ánimos y ofrecernos valor, eso sí, un buen consejo a estos profetas es que no se entretengan mucho en el país, pues el contenido de sus enseñanzas podría también esfumarse.Â