Los riesgos que tomen


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De nuestra adolescencia recordamos cometer eventos arriesgados y los nombres de los compañeros de clase o del vecindario que nos acompañaron porque ese tipo de riesgo no se toma solo sino en compañía de otros adolescentes.

Raymond J. Wennier
raymondwennier@yahoo.com


Hay jóvenes que no quieren arriesgarse, pero la presión de grupo es tal que terminan haciéndolo. La razón de acuerpar al grupo es pertenecer al círculo cerrado de amigos; esa es precisamente la razón que los mareros y otros grupos explotan. Si no hace lo que el jefe y los otros miembros dicen, no se puede seguir perteneciendo al grupo. Aparentemente el requisito antes, era robar, ahora es violar y matar; sospecho que actúan influenciados por alguna droga. A veces ésta es el pago de la acción requerida por la “familia”.

Los riesgos, “simples” o “complicados”, se fundamentan en cómo está “wired” (en alambrado) el cerebro del adolescente. El cerebro de los jóvenes está organizado de forma diferente a la del adulto. ¿Por qué los adolescentes están dispuestos a vivir una emoción, a no seguir reglas y a que no les importe su seguridad personal? Esa pregunta ha sido sujeto de estudios científicos para poder entender el comportamiento variable de los muchachos.

Las conclusiones marcan que la corteza cerebral frontal no está totalmente desarrollada sino hasta alrededor de los 25 años. Esa área del cerebro es responsable de las funciones ejecutivas siendo una de ellas el buen juicio. Por eso los adolescentes pueden tomar una decisión correcta rápidamente en un momento y en otra situación cuando “arde la sangre”, ese poder de decisión lo domina el centro de las emociones sobre el área de razonamiento. Por eso el adolescente hace en grupo lo que no haría solo.

Los adolescentes son más sensibles que los adultos a recompensas emotivas ante los riesgos que asumen. Crear un sistema de premios por tal o cual actuación con los amigos. Es emocionante actuar ante nuevas situaciones aumentando la dificultad de la hazaña para impresionar a sus compañeros; ver su reacción lo recompensa porque es lo que el adolescente valora en ese momento. Típicamente rechazan lo que digan los padres u otra figura de autoridad. No les gusta que los adultos les digan que no y les den razones.

La “isla” se marca, no son niños ni son adultos. ¿Cuál es mi identidad? ¿Quién soy yo? No lo dicen así pero están buscando respuesta. Es la “práctica” de la independencia para cuando ya no estén bajo la tutela parental y sean capaces de responder correctamente a situaciones que requieren decisión pronta.

Para ayudarlos, papás, mantengan una comunicación efectiva, sepan a dónde van, con quién, a qué horas, con qué dinero, dónde lo obtuvo, en qué vehículo. Quédense despiertos para que cuando regrese le pregunten cómo le fue y platiquen con él. Este es el apoyo que los adolescentes necesitan. Es la época de aprender a ser responsable de sus actos y saber que a toda acción hay una consecuencia.