Los que salen perdiendo


No vale hacerse de la vista gorda para darse cuenta que la educación en el paí­s camina por la calle del desaliento. Y es que históricamente Guatemala ha tenido un nivel desfavorable en esta área, producto de la poca atención e inversión, sobretodo en beneficio de las poblaciones rurales.

Eswin Quiñónez
eswinq@lahora.com.gt

Hace pocos años el Instituto Nacional de Estadí­stica estimaba que el nivel de escolaridad andaba merodeando el promedio de 2.3 años. Un paí­s de trece millones de habitantes y con recursos que generarí­an la riqueza necesaria para vivir con el mí­nimo de bienestar no se puede dar el lujo de que la educación no llegue a todos. En tiempos recientes, para ser más puntual, desde la firma de los famosos Acuerdos de Paz, la universalización de la educación (al menos, la primaria) ha sido preocupación de todas las administraciones. Pongo en cursiva «preocupación» porque, desde que se realizan elecciones, ha sido una muletilla de campaña y un punto siempre favorable para ganarse el beneplácito de los votantes (muchos de ellos analfabetas). Sin embargo, desde entonces, no se han generado las suficientes oportunidades de acceso y permanencia en el sistema educativo. Vivimos en un paí­s donde educarse es un lujo y no un derecho.

No quiero pecar de pesimista, pero se me revuelve un poco el estómago al observar que cuando se da el relevo de gobierno: El saliente hace alarde de los logros obtenidos en cada una de las materias y se convierte en el hacedor del camino correcto para llevar pan y bienestar a la población y el que recibe dice tener las cartas sobre la mesa y resuelto el acertijo del problema que hemos acarreado por años, y años.

En cada estudio de organizaciones foráneas aparecemos como uno de los paí­ses que menos invierte en esta materia. El gasto en educación como porcentaje del PIB no llega siquiera al 3% (2.8%, según el documento de transición) en comparación al 4.4% del promedio en Latinoamérica. No le resto mérito a los esfuerzos hechos. Hay más personas en las escuelas y el porcentaje de deserción ha disminuido. Pero, creo que no se trata únicamente de «llevar» la educación, hay que «llevar buena» educación.

El guatemalteco promedio, por ejemplo, no tiene acceso a un nivel pre primario (al carecer de carácter obligatorio), con ese simple detalle comienza ha ser marginado de una formación completa. Se salta la rampa a un sistema de educación primaria donde se le inyecta un modelo desactualizado donde se le impide fomentar la crí­tica y la adaptación temprana a la exigente sociedad guatemalteca. Aunado a ello, la mala alimentación y el ausencia de prácticas de motivación adecuados llegan al nivel superior (los que lo logran) sin las armas académicas adecuadas para enfrentar los desafí­os que le esperan en su campo de trabajo.

Insisto, la educación no debe marginarse. Más allá de seguir peleándose para ver quién tiene más fuerza, se debe poner los ojos en los que sufren los daños colaterales de sus malas decisiones.