Los pavorosos incendios forestales


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“El Estado, las municipalidades y los habitantes del territorio nacional están obligados a propiciar el desarrollo social, económico y tecnológico que prevengan la contaminación del ambiente y mantenga el equilibrio ecológico. Se dictarán todas las normas necesarias para garantizar que la utilización y el aprovechamiento de la fauna, de la flora, de la tierra y del agua, se realicen racionalmente, evitando su depredación”. (Artículo 97 de la Constitución Política de la República de Guatemala).

Rolando Alfaro Arellano


Dedicado a mis alumnos, ahora abogados
y especialistas en Derecho Ambiental.

En las últimas semanas se ha venido –con profunda preocupación– observando y escuchando denuncias del aumento de los incendios, especialmente forestales,  sin que se adviertan medidas por parte de las autoridades competentes que ilustren a la población para evitar fuegos en malezas, montañas y volcanes existentes en nuestro país.

Sin embargo, como la población ha venido en aumento y persiste la falta de “acceso a la información ambiental”, es imperativo orientar a los lectores en estos temas que,  para ciertas y determinadas personas, sin duda, no ocupan interés dentro de sus prioridades humanas.

En ese sentido, vale la pena remontarnos al año 1998, época en que se propagaran incendios en el territorio nacional que alarmaron a los guatemaltecos, pues el problema no era para menos ya que alrededor de 165 mil hectáreas de tierra –es decir más de 1, 600 kilómetros cuadrados, el equivalente a 300 mil campos de fútbol o más territorio que los departamentos de Sololá y Sacatepéquez juntos– fueron arrasadas por la acción de incendios forestales que se produjeron en zonas boscosas,  protegidas o no, en diferentes lugares del país (Revista Crónica, 29 de mayo de 1998).

Las publicaciones de la época señalaron que el único esfuerzo oficial con el propósito de asignar suficientes recursos para detener el fuego se produjo el 22 de abril, cuando el Gobierno declaró el estado de emergencia.

En ese sentido, fueron unos pocos días en que al relacionado incendio se unió la contaminación atmosférica que pulula en el país.  Luego, silencio sepulcral y volvió el antropocentrismo e indiferencia de algunos sectores de la población guatemalteca.

Pero, pasados los años, de nuevo,  vemos que los incendios continúan ya en pleno siglo XXI, y fuera de los perjuicios a la salud de las personas, al daño ocasionado a la flora y fauna, y,  no digamos al turismo, todo ello, se destacó en los medios de comunicación social de Guatemala.

Finalmente, con mucha pena observamos que dentro de la deshumanización que priva en algunos guatemaltecos, también,  continúa el deterioro ambiental y el desinterés político y académico para enfrentarlo. Craso error que las futuras generaciones reclamarán a aquellos que por ignorancia o  ambición desmedida descuidan el mejoramiento de la calidad del entorno  de los habitantes del territorio nacional.

Y, es que muchos sectores dentro de su miopía no quieren entender que el territorio nacional sería mejor aprovechado si tuvieran ética de mejorar el entorno en que se vive;  por lógica, aumentaría el turismo, las reservas naturales, la calidad de vida, la flora y fauna, obviamente, si se evita la depredación, la contaminación y  las malas prácticas hacia el ambiente podríamos recordar el esfuerzo de nuestros antepasados que ya venían señalando lo descrito en novelas, poemas y ensayos.

Ojalá la República de Guatemala  vuelva a ser como lo expresara Miguel Ángel Asturias:   “Flor de pascua en  la cintura de América”.