Dada la proliferación de partidos políticos en nuestro medio, muchos de ellos tienen que recurrir a gente de afuera para postularlos como candidatos a distintos cargos de elección popular y en general la práctica es que el invitado tiene que sufragar sus gastos. En el caso de los candidatos a la Presidencia de la República, los partidos suponen que deberán invertir lo suficiente no sólo para impulsar su proyecto personal, sino también para arrastrar publicitariamente a los dirigentes del partido que buscan diputaciones en listado nacional y, a veces, en listados distritales.
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El caso del doctor Francisco Arredondo en el Partido de Avanzada Nacional es un botón de muestra, porque el mismo médico ha dicho que gastó 10 millones de quetzales en su propaganda, pero se sabe que él negoció directamente la compra de espacios y tiempo en los medios de comunicación y el dinero nunca entró a las arcas del partido, lo que generó los primeros resquemores que luego culminaron con su remoción intempestiva. En otras palabras, los dirigentes del PAN esperaban que Arredondo entregara el dinero al partido para que el recurso fuera utilizado en la promoción de las distintas candidaturas.
Aparentemente el mismo malestar está generando en el Frente Republicano Guatemalteco la candidatura del señor Rabbé, puesto que los candidatos a diputados confiaban en que esa nominación les iba a abrir la puerta para estar en los medios electrónicos, especialmente la televisión y la radio, pero aparentemente no hay tales. Si acaso, la propaganda es personal para el candidato y no institucional para el partido, situación que ya generó problemas en el PAN.
El fenómeno de la compra venta de plazas en los partidos no es exclusivo de nuestro país, pero obviamente es mucho más común debido a la proliferación de entidades que se hacen llamar partidos políticos pero que carecen de estructura, de membresía consistente y de cimiento ideológico. A falta de organización, las campañas en nuestro país dependen del pisto, lo que nos ha llevado a vivir más una pistocracia que una democracia y característica de ese sistema es esa relación tan peculiar de los candidatos postizos que no tienen ninguna identificación con el partido y cuyo único vínculo es la chequera.
Dada la forma en que se hace política, ese tipo de candidaturas siempre es causa de problemas, puesto que el que pone el pisto quiere controlarlo y manejarlo en su propio beneficio, pero los partidos esperan que el dinero pase a manos de los dirigentes para ser utilizado, en el mejor de los casos, para propaganda institucional. No faltan, por supuesto, los dirigentes que se pasan de vivos y que prefieren embolsarse todo o parte de los aportes por aquello de que más vale pájaro en mano.
Con lo que gente como el doctor Arredondo ha gastado en su empeño político, desde que fue precandidato vicepresidencial de la UNE, luego candidato presidencial de un minipartido, precandidato de la Gana, en sus coqueteos con el FRG, con los Unionistas, además del chorro de pisto invertido en el PAN y con lo que ha gastado en comprar camisas polo verdes, rojas, azules, naranja y amarillas, seguramente que ya hubiera podido formar un partido político propio que le permitiera volver a ser candidato. Al fin y al cabo, armar un partido en Guatemala no es cosa del otro mundo aunque tampoco sea garantía de éxito pero, por lo menos, los dueños del circo manejan a los payasos. El cuidado que deben tener es no pecar de babosos, como le pasó a aquel Comas a quien su «empleado Cabrera», como él decía, le comió el mandado.