Los otros


Este es un paí­s multifragmentado. Aquí­, las divisiones y los desacuerdos son más comunes que la integralidad que debe tener la población de un Estado. Nos dividimos entre ricos y pobres; indí­genas y ladinos; ladrones y honrados; criminales y honestos; asesinos y ví­ctimas; corruptos e í­ntegros; de un partido o de otro, de un equipo de fut o de otro… en fin,  si ya sufrimos una sangrienta e inútil guerra que sólo dejó dolor y muerte, ¿de qué nos extrañamos?

Héctor Luna Troccoli

Somos chapines de a patadas y de guamazos, nunca encontramos puntos de contacto porque casi no existen, sino, al contrario, buscamos razones que nos antagonizan, desde una pendejada como ser uno blanco y otro moreno, hasta lo más angustiante y permanente: ser uno extremadamente pobre y otro groseramente rico.

Guatemala está dividida por muchos demonios, somos unos contra otros. Yo no me aparto de ello porque también estoy dentro de este entorno y por eso veo con aprehensión y cierta cólera; a los otros, a los que no son como yo.

Por eso es que me duele saber que Colom, olvidado ya del caso Rosenberg, se preocupa, según manifestó en Prensa Libre, sobre cómo entrarle al problema que sufren los «pobrecitos» bancos y habla de la crisis económica en términos generales, pero más pareciera que se focalizara en la de sus cuates.

Esos pobrecitos bancos que, para mí­, son parte de los otros, «apenas» han obtenido ganancias en los primeros cuatro meses de este año, de NOVECIENTOS CATORCE MILLONES DE QUETZALES. Lamentamos, pues, que no llegaran a los mil, pero estoy seguro que ya al finalizar el quinto mes, lo sobrepasaron.

Y cómo no van a tener ganancias estos «otros» si ganan de 15 a 19 centavos de quetzal en cada dólar que compran o venden; estos mismos son «intermediarios financieros» y reciben pisto de los ahorrantes (pequeños o grandes), pagándoles una miserable tasa de interés, para prestárselo a quienes lo necesitan y a quienes cobran, eso sí­, intereses que casi quieren alcanzar el Sol y si no pagan esos créditos, están dispuestos, con cristiana resignación y la «nobleza» de su corazón, a hacerlos pedazos, no en los tribunales y como la gente, sino utilizando la coacción, la amenaza, tácticas antiéticas de todo tipo, en donde los acompañan seudoempresas de cobranza llenas de seudopolicí­as y seudoabogados para linchar a esos deudores, incluyendo los que dejan de pagarles la «cuota mí­nima» de Q.200.00 por una tarjeta de crédito… ¡Cómo van a dejar de ganar esos 914 millones en 4 meses! ¡Hágame usted el favor…!

Y que conste, y lo pueden investigar donde gusten, soy un mal sujeto de crédito por cuanto solo una vez en mi vida hice un préstamo, en 1976, al ya desaparecido BANVI. y con las tarjetas de crédito que poseo, soy lo que dicen un cliente «premium», es decir, no escribo esto porque algún banco usurero o algo que se le parezca me esté jodiendo la vida, pero sí­, lamentablemente, se la joden a otros que me escriben y me piden que diga algo, como  si con ello va a cambiar la «nobleza» de estos miembros de nuestra gloriosa «iniciativa privada».

Pero esta es solo una parte de «los otros», los que más me ponen como sesenta mil… son los corruptazos de los Organismos e Instituciones del Estado, que de la mano con esos mismos distinguidí­simos miembros de la «iniciativa privada», sobrevaloran obras, piden una comisión mí­nima del 10%, sobre trabajos mal hechos o inconclusos o suministros de baja calidad o en mal estado, jodiendo, eso sí­, a los pobres, que son la razón de este gobierno, según afirman.

La mordida (cohecho), es cosa de dos y por eso, la corrupción sigue tan campante debido  que es hermanita de la impunidad y ni la CICIG y menos el MP o el OJ o el policí­a o el propio señor Presidente de la República y sus fieles seguidores van a cambiar esto porque terminarí­an, indudablemente, con una parte de las nuevas «normas morales» que rigen a Guatemala desde  julio de 1954. ¿Se acuerdan?…

Lo que hace aún más frustrante la existencia de estos otros corruptos desvergonzados es verlos salir sonrientes en las páginas periodí­sticas después de ser señalados de «huevearse» millones, como si aquí­ no hubiera pasado nada, lo cual, en parte, es cierto, porque ese pisto no era de ninguna persona conocida en «la amplia esfera social de sus amistades», sino pertenecí­a a un anónimo Juan Pueblo, al que se le puede dar una patada en el trasero como ha ocurrido casi siempre, hasta que un dí­a, las montañas rujan.

Este es solo un pequeño ejemplo de lo que son los otros, pero son muchos más, como decí­a al principio, por lo que la clase pobre y la clase media de este paí­s, saben qué: pues, «a»i la vamos pasando»…