Cuando era reportero de El Imparcial, como novato, tuve que ser el que cubría la nota roja y así vi y viví de cerca muchos hechos criminales y la propia guerra sucia de los 35 años. No sé cuántos miles de casos trágicos vi y tuve que escribir sobre ellos, pero poco a poco uno va perdiendo no sé si sensibilidad o por el contrario crea una insensibilidad cotidiana hacia lo trágico.
Sin embargo, pese a tantos años de observar y a veces ser parte del dolor ajeno, lo que me impactaba –y aún hoy ocurre–, es la muerte de un niño como consecuencia no solo de la violencia sino de lo que se puede llamar destino trágico.
No sé cuántos años han pasado, pero aún permanece viva en mi mente la imagen de un niño de unos ocho meses de edad, rubicundo y hermoso que junto con otros 11, estaban recluidos en el Hospital Roosevelt porque habían ingerido un atol vendido de puerta en puerta que contenía restos de insecticidas que los intoxicó. Sus miradas despedazaban el alma, pero este pequeño en particular, cuando casualmente me puse al lado de su lecho su mano tocó la mía y me le quedé viendo durante varios minutos porque en verdad parecía un ángel de esos que venden para Navidad. Luego continuamos el recorrido con algunos doctores y una enfermera se acercó y llamó a los galenos que presurosos acudieron a atender a ese ángel que unos minutos antes había tomado mi mano y que agonizó con un solo leve estertor antes de morir. Eso marcó parte de mi vida.
Es quizás debido a eso y otras situaciones parecidas que se sucedieron en mi trabajo reporteril que siento una indignación profunda, más que la tristeza que acongoja, cuando leo y escucho lo que actualmente sucede y se multiplica: la muerte de niños por balas perdidas lanzadas por sicarios que también son niños; la violación y abuso sexuales de ombres sin h, que profanan los cuerpecitos de niñas para saciar sus instintos bestiales sin que aún logre quitarse el miedo a la denuncia y sin que la justicia castigue como debía ser, a estos energúmenos: como el caso del padre que tras abusar sexualmente de su hija durante meses al imponérsele una ridícula pena de 20 años de prisión, su esposa y madre de la niña lo despide con un ”amoroso” beso que indigna y causa repudio absoluto o uno llamado Edgar Barrios que violó y abusó de su hija de 13 años y salió libre para disparar a sus otros hijos también abusados y sigue vivo como un angelito. Lamentablemente aquí la “civilización” no acepta la pena de castración y la de cadena perpetua para este tipo de delitos, aunque yo me inclino, siempre, para delitos muy graves, por la pena de muerte, pues yo no tomo esa pena como una medida que sirva de “ejemplo”, sino como una medida para limpiar a la sociedad de un ser nocivo o una célula cancerosa que debe ser extirpada.
Las paradojas trágicas de Guatemala son cada vez más apabullantes y dramáticas. Soportamos a ladrones del erario público, corruptos, narcotraficantes, sicarios, que ahora ya son niños, mujeres y hombres jóvenes en su mayoría, ladrones de todo tipo y posición, instituciones inoperantes, líderes de cartón, delitos contra la vida cada vez más crueles y sanguinarios, delitos contra mujeres y, particularmente, los delitos contra niñas y niños, muchos de los cuales se quedan callados u olvidados o se llega al extremo de la “amantísima madre” que da un beso como premio al marido desalmado que violó a su propia hija.
No parece haber respuestas claras y contundentes, ni del sistema de justicia, ni de las autoridades. Y mientras tanto, usted y yo, con impuestos que tenemos que pagar en aduanas y lugares de corrupción, mantenemos a toda esta banda de criminales, empezando con los diputados hasta los que se encuentran en las cárceles en mejores condiciones que los campesinos que desde las 6 de la mañana se rompen el lomo para llevar tortillas y frijoles a sus ranchos inundados y a punto de caer.