Pasa la mayoría del tiempo con la mirada fija en un enorme póster ilustrado con una fotografía de su hermano mayor, con escenas de guerra, una kalashnikov y soldados israelíes muertos de fondo.
Cuando logra expresarse, afirma que jamás piensa en el día en el que su casa recibió de lleno los bombardeos israelíes en el barrio de Zeitun de Gaza y dice que no tiene pesadillas.
«Estoy bien», asegura, lacónico, antes de encerrarse de nuevo en su mundo.
«Está profundamente traumatizado. Intenta hacer como si no le hubiera pasado nada», explica Nisrim Ramadan, una cooperante humanitaria durante una visita a su devastada vivienda. «Hay numerosos casos de conmoción profunda, de desesperanza» en los niños.
De los aproximadamente 1.400 palestinos muertos durante los 22 días de la ofensiva israelí de diciembre y enero, 300 eran niños. Otros miles resultaron heridos, según un balance palestino.
Los niños, que suponen más de la mitad del millón y medio de habitantes de la franja de Gaza, sufren además heridas psicológicas de las que tardarán en recuperarse.
«Los niños ríen, pero han perdido su alegría. Son incapaces de tener esperanza», estima el psiquiatra Eyad Sarraj, que dirige el programa de salud mental para la comunidad de Gaza.
Ahmed Salah al Samuni, de siete años, sonríe tímidamente al tirar una pelota pero, muy pronto, pierde interés por el juego y clava las uñas en el sofá durante la consulta.
«Recuerdo que los israelíes vinieron y nos dijeron que saliésemos. Entonces cayeron obuses», cuenta.
«El abuelo y la abuela murieron», dice antes de pronunciar los nombres de 10 miembros de su familia fallecidos en su casa en un ataque que dejó 29 muertos.
«Quiero a Azza y quiero que vuelva», murmura, al referirse a su hermana de dos años y medio que murió en el bombardeo.
Tiene una larga cicatriz en la cara y su nariz ha quedado deformada.
Hace unos meses sufría ataques de ira bruscos, en los que pegaba a sus hermanos y rompía todo lo que tenía a mano.
«La noche, gritaba: ¡Los judíos van a venir a matarme!», cuenta su padre.
Poco a poco, empieza a recuperarse. «Pero es un proceso largo, ha visto tantos cadáveres», explica el psicólogo Sabri Abu Nadi.
Muchos niños han vivido «situaciones horribles», añade Sajy Elmughani, portavoz de UNICEF. «Todos los niños han sido expuestos a la violencia en diversos grados».
Njood Basal, de 14 años, gravemente herida en la cabeza, se pasa la mayoría del tiempo sentada en la cama de su habitación con techo de chapa agujereada.
Se comunica por internet con sus amigos «de otros países, y sobre todo de Cisjordania».
«No les cuento lo que ha pasado. Ellos preguntan, pero yo cambio siempre de tema. Me siento mal cuando hablo de la situación», añade.
En el exterior de su casa, un póster muestra a uno de sus primos, miembro de las brigadas Ezzedine al Qassan, brazo militar de Hamas, el movimiento islamista que controla la franja de Gaza.
Para el doctor Sarraj, los niños podrían evolucionar hacia el extremismo, dada la extrema violencia a la que se han enfrentado.
«Estoy seguro de que va a surgir una nueva generación de activistas. Aquellos que hoy son niños van a identificarse con grupos todavía más duros que Hamas».