A los Marios los conocí en diferentes lugares. Al primero en la colonia donde crecí, al otro en el Teatro de la Universidad Popular. Con Mario ívalos vivimos momentos interesantes, al considerar que en esa época éramos adolescentes.
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Recuerdo que para vacaciones escolares decidimos buscar trabajo. Lo encontramos: fuimos ayudantes de albañil. Fue una experiencia increíble, puesto que en lo personal me sirvió para darme cuenta, no sólo teoría, que los obreros trabajan duro y ganan poco. Las jornadas, de ocho horas, parecían de 16, puesto que nos pusieron a botar una pared de «puro concreto», lo cual hicimos con «punta y macho». Después de una semana, los callos y las heridas en las manos eran evidentes.
Ah, ese Mario. Cuando, junto a otro amigo de la colonia, montamos un espectáculo callejero que presentábamos en el hipódromo del Norte y el Zoológico La Aurora, él nos llevaba y traía en un carro Wolkswagen. Cuando fue la primera función, tapizamos el carro con afiches y todas las personas que veían exclamaban: «…están chiflados esos patojos». Luego por supuesto que fuimos a «parrandear».
También cantaba. Le gustaban los temas románticos. Pero cuando con el Grupo de Teatro «Jasajú», montamos un espectáculo que presentamos en barrios y colonias, pues se decidió por cantar un par de temas «de protesta».
No tocaba tan mal la guitarra, pero tampoco era un buen cantante. Todo lo hizo al «oído», pues nunca fue a clases especiales, tan de moda en la actualidad. A nosotros nos bastaba que entretuviera a los espectadores, sin embargo; fue tanta la aceptación que en muchas de las presentaciones el Mario cantaba.
Nunca fue un buen futbolista, pero siempre le puso ganas. El jugaba de delantero y yo volante. Como era un poco alto, en comparación de la mayoría de guatemaltecos, pues cuando yo lanzaba los balones al centro o hacía los tiros libres siempre le buscaba la cabeza, era nuestra estrategia de ataque. Por cierto que anotó en varios partidos.
Pero como todo en la vida, buscó su camino y yo el mío. Cuando escucho canciones de los setentas me recordaba de los clavos, alegrías, sueños y tristezas de la época que compartimos con Mario ívalos. Se fue, a la eternidad dicen algunos, al cielo o infierno plantean otros. Siempre vivirá en mi mente y corazón.
El otro Mario era un actorazo. De esos que cuando las comedias que montaba el maestro Rubén Morales Monroy ( ), perdían ritmo o daban un poco de sueño, el Mario Abal levantaba el ánimo con su actuación. Desde la primera vez que lo vi actuar admiré en él ese «ángel» que pocos actores reflejan en escena. Pero no sólo levantaba las comedias, sino que sus personajes serios siempre los hacía con gran profesionalismo.
Con este Mario chocamos las copas en varias ocasiones. Cuando trabajé para una revista de análisis lo entrevisté y sus respuestas me sorprendieron, eso fue hace cerca de 20 años, puesto que son vigentes en esta vida que algunos le denominan moderna.
Mario ívalos, un soñador, buen trabajador, buen cuate, un clavel en tu tumba.
Adrián Mario Abal, un actor buenísimo de los contados que ha dado esta tierra del Quetzal, una gran persona, un gran bohemio, un clavel en tu tumba.