Los magnicidios fallidos de abril (I)


Abril de 1907 y 1908 recuerdan la era sangrienta de Manuel Estrada Cabrera, un oscuro abogado quetzalteco que se aferró al poder durante 22 años. El 20 de abril de 1907 el «atentado de la bomba», y el 29 de abril de 1908 el «atentado de los cadetes» costaron la vida a los conjurados y a muchos inocentes más.

Mario Castejón

Estrada Cabrera como Primer Designado habí­a sido electo presidente por el Congreso después de la muerte de José Marí­a Reyna Barrios en 1898. Cuando los atentados de 1907 y 1908 transcurrí­a su segundo mandato que habí­a sido amenazado por una invasión desde México protagonizada por el General Manuel Lisandro Barillas, presidente de 1886 a 1892. Barillas expatriado en México, atravesando la frontera intentó derrocar al Gobierno, pero fracasó y de vuelta a México Estrada Cabrera lo hizo asesinar.

Las persecuciones en Guatemala estaban a la puerta y las muertes torturas y carceleadas eran de uso ordinario. Un grupo de jóvenes profesionales se reuní­an en secreto para terminar con la vida del Dictador y encauzar un gobierno progresista respetuoso de la Ley: todaví­a no habí­an llegado a Guatemala las consignas de la Revolución Rusa de 1917, y los cambios esperados se situaban dentro de una corriente conservadora y progresista. Los Conjurados pertenecí­an a familias de clase media alta, jóvenes idealistas sin más compromisos que los propios de su espí­ritu patriótico. Enrique ívila Echeverrí­a, abogado, y su hermano Jorge, médico, Julio Valdez Blanco también médico y Baltasar Rodil, ingeniero. Igualmente participaban Juan y Adolfo Viteri, Francisco Valladares, Felipe y Rafael Prado Romaña y Rafael Madriñan.

Una bomba fue escogida como el medio más seguro para acabar con Estrada Cabrera, luego de conseguida la dinamita se prepararon tres, de las cuales al final sólo se utilizó una. El responsable de su manufactura fue Baltasar Rodil un ingeniero electricista. El grupo de apoyo actuarí­a para asegurar de cualquier forma la muerte del Dictador, disparando sobre él. Esperando el trayecto de la Carroza Presidencial desde su salida de La Palma residencia de Estrada Cabrera se marcó con una señal el lugar donde a su paso se harí­a detonar la bomba colocada a no más de tres metros del coche. El cochero participaba en el atentado y se detendrí­a un momento en el lugar señalado. Los otros tres implicados estarí­an enfrente de la calle en espera del resultado.

Ese 20 de abril Estrada Cabrera salió como de costumbre de La Palma antes de las nueve de la mañana (quedaba entre la zona 1 y zona 5 cercano al conocido Barranco de La Palmita). Acompañando al séquito iban miembros de la Seguridad y del Estado Mayor. El carruaje avanzó por la 7ª. avenida hací­a el sur hasta el sitio escogido entre la 16 y 17 calle. Un hecho inesperado cambió las cosas cuando el General José Marí­a Orellana, Jefe de Estado Mayor, subió a la acera su caballo a la vista de unos borrachos que escandalizaban. Este hecho parece ser provocó que el cochero no se detuviera en el lugar preciso y al detonar la bomba destruyó más la parte de enfrente del Carruaje, mató a un caballo y al cochero provocando heridas menores en otros, entre estos Orellana Estrada Cabrera aturdido salió del coche y fue alejado del lugar cubierto de polvo y restos de materiales inflamables. El grupo de contingencia previsto para rematar al Dictador, si sobreviví­a, no actúo, se dice que fue por algunas desavenencias y falta de información surgidas y aunque armados ninguno de los conjurados trató de ultimar al mandatario.

Poco es lo que se puede decir del odio que el hecho produjo en Estrada Cabrera, valiéndose de delaciones y amenazas Juan y Adolfo Viteri y Francisco Valladares fueron capturados en Guastatoya cuando huí­an. Los hermanos Felipe y Rafael Prado Romaña buscaron la frontera de El Salvador caminando de noche, pero al final fueron denunciados por un finquero y llevados a la mazmorras de la Policí­a hasta su muerte después de ser torturados.

Los cuatro conspiradores que hací­an cabeza, los hermanos ívila Echeverrí­a, Rodil y Valdez Blanco se refugiaron un corto tiempo con la familia Prado Romaña y luego en la Embajada de España de donde caminando se dirigieron a otra casa en vecindad del Cerrito del Carmen, en el llamado Callejón del Judí­o. La Policí­a peinaba la ciudad y el dueño de la casa les iba a ayudar. Fueron delatados por una doméstica y a las pocas horas estaban sitiados. Los sitiadores, soldados y policí­as sumaban cientos y el primero en morir cuando entraron fue un coronel de nombre Urbano Moreno y tras horas de resistencia mataron a varios de los atacantes. Al terminarse la munición y de acuerdo a un pacto establecido, aquellos valientes se suicidaron uno frente a otro de un disparo en la sien, fue el 20 de mayo, justo un mes después del atentado. Dí­as atrás habí­an enviado con el Plenipotenciario de México sus objetos personales y algunos mechones de cabello pidiéndole a sus madres y esposas que rezaran por ellos.

Los cadáveres fueron enterrados en secreto en el lugar conocido como La Isla para así­ impedir que el entierro provocara reacciones. A petición de las madres de los muertos el Plenipotenciario de Francia M. D» Arlot consiguió de Estrada Cabrera, después de muchos ruegos, autorización para velarlos y enterrarlos en privado. Las madres y hermanas acompañaron a los sepultureros a la medianoche a desenterrar y reconocer a sus seres queridos. La cantidad de inocentes detenidos fue enorme y solamente uno de los conjurados, Rafael Madriñán, logró escapar a El Salvador vestido de mujer. La tiraní­a sangrienta de Estrada Cabrera se prolongarí­a hasta 1920, cuando el Movimiento Unionista, la primera y única revolución conservadora de Guatemala derrotó a la tiraní­a.