Los linchamientos


En dos dí­as consecutivos los guatemaltecos volvimos a conocer de linchamientos perpetrados por turbas de vecinos de comunidades que, ante la acción delictiva de algunas personas, reaccionaron violentamente para aplicarles castigos que no pueden sino considerarse inhumanos. Mucha gente piensa que esas acciones constituyen la búsqueda de justicia por propia mano, pero la verdad es que no se puede llamar justicia ni siquiera por asociación de ideas ese comportamiento colectivo que termina con el asesinato de quienes son acusados de cometer delitos.


Cierto es que nuestro ordenamiento legal es inútil para garantizar a los ciudadanos la vida y la pací­fica posesión de sus bienes; la impunidad actual patrocinada por el inoperante sistema que descansa en un Ministerio Público que no tiene capacidad para llevar a juicio y lograr el castigo legal de los delincuentes, alienta a los ciudadanos para pensar que la única forma de protegerse es actuando por su cuenta para propinar castigos ejemplares a los criminales. Y sin querer queriendo, como decí­a un famoso cómico mexicano, el pueblo termina usando violencia desmedida y se prostituye al tomar medidas que los convierten en criminales de igual o peor catadura que aquellos a los que pretende castigar.

El ejemplo que esas acciones brinda a nuestros jóvenes es terrible, porque el mensaje es que aquí­ todo se resuelve a la fuerza, con violencia y matando al que actúa en contra nuestra. Entre el robo de unos pantalones y el asesinato tumultuario del ladrón hay una enorme diferencia. Cierto es que esos ladrones han hecho del robo su medio de vida y que cotidianamente están despojando a gente honrada de sus haberes, pero en un sistema respetuoso del estado de derecho esos delincuentes tendrí­an que ser capturados, sometidos a la justicia y condenados a purgar penas de cárcel. Ni siquiera en los paí­ses más bárbaros se contempla un castigo consistente en quemar vivo a alguien mientras el pueblo, niños incluidos, observan la dantesca escena en la que el acusado pega de gritos clamando por ayuda para salvar su vida.

Las fotografí­as del linchamiento de ayer en Sololá eran una patética expresión de la brutalidad y barbarie. El linchado vivo aún, despedí­a humo de su piel en llamas y la gente observaba a distancia su agoní­a impidiendo a los bomberos prestarle auxilio y a la Policí­a proceder a su captura legal. ¿Cómo habrán dormido los participantes del linchamiento y cuál habrá sido su nivel de remordimiento al recordar la terrible escena? Peor aún, ¿qué pasarí­a por la cabeza de los niños que fueron testigos?

Preguntas que hacen ver cuán bajo estamos cayendo como sociedad al hacernos criminales para defendernos del crimen.